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Hasta convertirse en un clisé, ha sido repetida. Hablo de esa idea de que la palabra crisis en chino o algún otro Y quien eso dice, acaba sintiéndose como alguien que ha formulado algo único, capaz de ser inmortalizado en algún libro para toda la humanidad. Como si los buenos tiempos no fueran también tiempos de oportunidad. Todos lo son. Y desaprovecharlas es siempre un error. Un novelista inglés, Charles Dickens (1812-1870) ha expresado con mucha mayor riqueza la complejidad de los tiempos. El primer párrafo de Una Historia de Dos Ciudades (1859) se expresa esa dificultad de comprensión de los sucesos diarios en una etapa histórica turbulenta, la de la Revolución Francesa.
No es una cuestión de crisis que pueden entenderse como oportunidades, ni de oportunidades comprendidas como crisis. Es más complejo, mucho más. Todos nuestros tiempos son complejos, aún las épocas de bienestar y florecimiento, que nos parecen simples y fáciles. Lo que nos sucede es que en los malos tiempos hacemos lo que olvidamos en los malos: tratamos de explicarnos las razones del mal que sufrimos, pero no las causas del bien que gozamos, al que nos sentimos con derecho. Si los tiempos actuales son de oscuridad y desesperanza, también son de luz e ilusión. Si los tiempos pasados fueron de gozo y bienestar, nos olvidamos que también eran de pesar y desazón. El mismo error se comete en los buenos y en los malos tiempos. Es el error que produce el olvido de lo que debemos hacer. Los buenos tiempos nos ablandan e impiden pensar. Los malos tiempos, con su desesperanza, también frenan el pensamiento. Los tiempos actuales llaman a realizar cambios sustanciales, eso que muchos han llamado reformas estructurales y que otros denominan modernización. Deben hacerse con urgencia, la misma que se tenía en los buenos tiempos anteriores. La urgente necesidad de hacerlos no ha cambiado, es la misma, sin importar las épocas, ni los momentos. Si no se hicieron reformas en los buenos tiempos se ha perdido una oportunidad, la misma que se pierde si es que esos cambios no se hacen ahora en los malos momentos. La espera del momento adecuado para realizar reformas es una conducta necia que lleva a la pérdida sistemática de oportunidades. Pero no es sólo hacer cambios en aras de ellos mismos. Un cambio, en sí mismo, puede mantener la dirección opuesta a la deseada. Cambio, en su sentido estricto, debe ser comprendido como una dirección justificada y prometedora. Llamar cambio a, por ejemplo, elevar el gasto gubernamental para reanimar a la economía, es hacer más de lo mismo que ya se ha hecho sin resultados sólidos. El real cambio y toda reforma que sea parte de él, debe ir en dirección opuesta a la actual. Debe tomar a la persona como eje de su pensamiento y entender que su naturaleza la llama a un régimen de libertades, un sistema de libertad responsable. Ya no un eje sustentado en la supuesta superioridad de un grupo de burócratas. Es un absurdo colosal creer que viviremos mejor si dejamos que nuestras decisiones sean tomadas por gobernantes que creen que pueden traernos la felicidad. No es que éste sea el tiempo para realizar esos cambios, es que todos los momentos lo son. Todos. Hacer buenos cambios no es más propicio en una crisis en que una época de bonanza. Siempre, un buen cambio debe hacerse. No importa el momento que se viva.
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