Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Somos de Lento Desarrollo
Leonardo Girondella Mora
25 marzo 2009
Sección: Sección: Análisis, SOCIEDAD
Catalogado en:


Lo que sigue es un ensayo —con ideas especulativas en defensa de la familia tradicional, sustentado en una base que combina la defensa de las libertades humanas con el respeto a la tradición histórica y que tiene como punto de partida el innegable lento desarrollo del ser humano.

Lo que intento es dar una respuesta lógica a la pregunta de qué institución sería la mejor para atender ese lento desarrollo de los niños. Mi respuesta es directa: sólo la familia tradicional puede atender adecuadamente ese desarrollo.

Muchos han crecido dentro de una educación que enfatiza a la familia como el núcleo de la sociedad —una frase que es demasiado metafórica para ser clara, pero que señala una verdad: sin familia no hay sociedad, al menos como se conoce en la actualidad.

No sé cómo sería una sociedad organizada de otra manera, no por familias —sin duda habría agrupaciones formadas bajo algún criterio, pero es difícil imaginar cuál que no sea el de los hijos.

Por una razón central de la naturaleza humana: seres que tienen un desarrollo extraordinariamente lento. Los animales en cuestiones de días, o semanas o meses pasan de ser incapaces crías a adultos habilitados.

El ser humano requiere años, muchos, para ser maduro —una definición que puede ser criticada por vaga, pero que se sostiene en su esencia: es posible que un infante de 10 años pueda valerse por sí mismo, pero siempre se verá como deseable darle más tiempo de preparación para la vida.

La consecuencia de ese largo tiempo de educación a los humanos es una muy práctica —se hace necesaria una institución que se haga responsable de ello, ya que de no hacerse, los infantes morirían o perderían su potencial.

De cuidar a los infantes podría encargarse un instituto central en el que son recolectados los niños y se les educa —como en la propuesta de Platón: los hijos son llevados de sus padres a esa institución y allí permanecen hasta que son considerados adultos capaces. Si acaso el número de infantes es muy grande, o está muy disperso en una región, podría ser que existieran varios de esos centros centralizados de educación.

Ya que los hijos podrían ser reclamados por sus padres, tendría que existir una autoridad con fuerza capaz para retirar a los hijos de quienes los concibieron —o bien podría el gobierno dar la libertad para que el que lo desee envíe a sus hijos a la institución central o mantenerlos en casa.

Se haga lo que se haga, no hay duda de que se trata de un largo tiempo de educación y desarrollo con años de duración.

¿Qué sistema es mejor, el de la institución gubernamental, el de los padres, o algún otro? La única manera de determinarlo es definiendo qué se busca —obviamente es tener nuevos adultos mejor preparados incluso que los adultos viejos, pero eso tampoco dice nada.

La institución gubernamental en malas manos podría justificar como mejor sistema el de retirar a los hijos de sus padres para volverlos ciudadanos obedientes y mejor aún, al sistema en el que ni siquiera es necesario el coito para la concepción. Otras formas de pensar llegarán a diferentes conclusiones, eligiendo al sistema que produce mejores adultos nuevos.

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El asunto que he planteado tiene dos partes. Una es la realidad de un hecho innegable, que es el de un desarrollo extraordinariamente lento del ser humano, entre que nace y se le considera un ser capaz.

La otra parte es la existencia de más de una posibilidad de atender esa necesidad de largo tiempo de desarrollo —mencioné dos de ellas, el extremo de retirar a los hijos de sus padres para llevarlos a una institución central en la que viven y se educan; y el otro extremo, de dejar a los hijos con sus padres durante ese tiempo de desarrollo.

Sin otro criterio que el de seleccionar un sistema, el que sea, de logro de resultados, es decir, de nuevos adultos bien preparados, la discusión será colocada en un plano de discusión muy simple e incompleto.

Podría dilucidarse una solución experimentando con diversos sistemas y seleccionando el que mejores resultados dé —sería una solución tardada pero sencilla, excepto por lo que apunté antes: debe definirse qué se entiende por nuevos adultos mejor preparados.

Y la discusión al respecto será realmente escabrosa. Dentro de un sistema totalitario no hay duda de que el mejor adulto nuevo será el que acepte a la autoridad y tenga esa creencia como la más alta y digna —la educación en las dictaduras es un ejemplo de esta posibilidad. Lo opuesto será cierto dentro de un sistema liberal, el que defenderán las libertades de quienes han procreado a los hijos.

Consecuentemente, el plantear cuál es el mejor sistema para tener adultos nuevos mejor preparados lleva a un campo de análisis que debe ser examinado —el de las decisiones acerca de los hijos y quién debe tomarlas. Es obvio que los niños no pueden tomar esas decisiones pues son demasiado pequeños, lo que hace necesario que alguien más las tome por ellos.

De nuevo surge la dualidad.

En un sistema de creencias que valora las libertades de las personas, no podrá existir una acción coercitiva de la autoridad para retirar a los hijos de sus padres y ya que los hijos son producto (en la inmensa mayoría de las ocasiones) de la acción voluntaria de una mujer y un hombre, el resultado de esa acción es responsabilidad de ambos.

Solamente donde no exista esa libertad podrá justificarse la acción de retiro forzado de los hijos por parte de la autoridad.

Ya que no pienso razonable que alguien en estos tiempos defienda la anulación de la libertad humana, lo que sigue está basado en la idea del resultado de esa libertad: los hijos permanecen junto a quienes los procrearon al menos durante el tiempo en el que son educados y preparados para la vida y son considerados adultos. A este arreglo espontáneo de libertad se le conoce como familia.

Aún no se explora si es mejor que el que quita a los hijos y los lleva al gobierno, pero al menos tiene hasta ahora una gran ventaja —respeta a las libertades de las personas y eso es un gran logro. Defender al sistema que por la fuerza retira a los hijos de sus padres, sería apoyar la violación de derechos y libertades.

Y también sería ir en contra de la tradición histórica que desarrolló y sostiene a la familia como un arreglo humano conveniente.

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La educación de los hijos, dentro de la familia, es una tarea de largo plazo —son años que pasan antes de que el adulto nuevo sea considerado capaz por sí mismo, lo que hace que la familia también deba ser de una duración mínima similar bajo el supuesto de que la estabilidad del niño en estos años es muy necesaria. Esta característica tienen amplias repercusiones.

Si la preparación de los hijos es de largo plazo, eso significa que razonablemente podemos suponer que comprende muy diversos y diferentes campos, mucho más amplios que los de su educación escolar: convivir, comportamiento, urbanidad, razonamiento, higiene, sexualidad, habilidades corporales, capacidades mentales, juegos, ambientes, tecnología, medios, información y un sin fin más allá de la escuela.

Son años de aprendizaje que seguramente jamás se suspende, pero que llega a un nivel en el que se juzga que es suficiente como para ser autónomo en cierto grado. El proceso es largo, complejo, caro y lleno de situaciones serias, algunas indeseables, lo que plantea una interrogante vital: ¿quién podrá realizarlo con buenos resultados?

Sólo aquél que tiene un interés enorme en lograrlo y no creo que exista nadie más que consistentemente posean los incentivos para lograrlo que los padres del infante.

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De lo anterior, que han sido especulaciones que no son comunes al respecto, saco en conclusión la conveniencia de la familia, como una unidad indispensable para el desarrollo completo de la niñez hasta que llegan a ser adultos.

Las alteraciones que sufra la familia como se conoce tendrá resultados de muy largo plazo en los adultos que la modificación produzca y que son difíciles de prever.

Esa familia no es producto de un diseño intencional creado por una persona o varias que examinaron diversas posibilidades de desarrollo de los hijos. Es una institución espontánea y que se ha mantenido en el tiempo sin un plan formal controlado por alguien.

Mi punto final, en estas especulaciones, es que realizar cambios planeados intencionales en la estructura familiar tiene sin remedio consecuencias que son imposibles de prever y no necesariamente las buscadas por los cambios que a la familia quieran hacerse.

Expreso una posición precautoria, que señala que, por ejemplo, altas tasas de divorcio, familias de un sólo padre, familias con padres del mismo sexo, y otras alteraciones a la familia cambian el largo proceso de educación del ser humano de maneras que es imposible de prever.

Por buenas intenciones que las alteraciones tengan, mi posición al respecto es combinación de liberalismo y conservadurismo, muy inclinada a respetar el resultado de la espontaneidad libre de las personas que es muy superior al conocimiento que tiene una elite intelectual —lo que he tratado de hacer usando la realidad de un muy lento desarrollo humano.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.



1 comentario en “Somos de Lento Desarrollo”
  1. Adriana Dijo:

    No había visto este punto de vista que mezcla de manera curiosa al conservadurismo con el liberalismo. Resultó original hacerlo y hacer entender que el liberalismo, del que soy partidaria, no es la bestia salvaje que muchos piensan.El real salvajismo está en un gobierno sin límites de poder.





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