Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tu Reputación no es Tuya
Eduardo García Gaspar
21 abril 2009
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Una de las más pintorescas regulaciones del gobierno mexicano es su prohibición de campañas electorales que ataquen a los opositores. El candidato A no puede atacar al candidato B ni a su partido. La idea detrás de esto es el lograr tener campañas electorales constructivas.

La disposición legal, por supuesto, no ha impedido que se tengan esas campañas sucias, pero sí ha logrado que los candidatos acudan a quejarse continuamente de ataques reales o inventados. Total, en el efecto neto, más trabajo improductivo logrado por una ley absurda.

Hay una manera diferente de ver esto y que no ha sido difundida como debiera. Si se acepta que cada persona es dueña de sí misma y que no puede tener otros dueños, con facilidad se entiende la prohibición de la esclavitud. Ni usted ni yo podemos ser dueños de otras personas. No creo que nadie esté en desacuerdo con eso.

Pero eso tiene otras consecuencias muy lógicas también. Por ejemplo, usted no puede ser dueño de mis opiniones, ni yo de las suyas. Las opiniones pueden ser buenas, o malas, pero no son sujeto de dominio por parte de terceros. Por eso se tienen cosas como la libertad de expresión. No creo que tampoco esto pueda ser sujeto de desacuerdos.

Lo fascinante surge cuando se añade que las personas no pueden ser dueñas de la reputación que tienen. No pueden serlo porque la reputación es el conjunto de ideas que otros tienen de mí. Si yo quiero dominar mi reputación, sólo podría hacerlo adueñándome de las ideas que son de otros, no mías.

Esto se vive a diario. Expresamos opiniones sobre otros todos los días y tratar de eliminarlas es equivalente a apropiarse de otra persona, lo que es indebido. Lo que la gente piensa del candidato A, en otras palabras, está fuera de su control. La misma palabra “reputación” implica la opinión que otros tienen de alguien y la falta de dominio sobre esas ideas. El prohibir expresar esas ideas es una violación de las libertades.

La noción de evitar difamación es, por esa razón, absurda. Implicaría que una persona tuviera dominio sobre las opiniones del resto y eso es imposible e ilegítimo. La única manera de evitar ser difamado es tener a los demás como propiedad personal: una especie de esclavitud.

En otras palabras, usted no puede ser dueño de su reputación y fama porque ellas son propiedad de terceros. Es la opinión que ellos tienen de usted. Podrá ser buena o mala, correcta o inexacta, pero no es sino una propiedad que usted no domina. Yo no puedo dominarlo a usted para que tenga una opinión favorable sobre mí.

Esta tesis sobre la propiedad de opiniones va en contra de la disposición mexicana que prohibe campañas electorales negativas. Impide que las personas expresen sus propias opiniones sobre terceros y logra que esos terceros dominen al resto. Si el candidato A no puede decir lo que piensa del candidato B, eso quiere decir que B tiene un dominio indebido sobre A.

El lector perspicaz de seguro hará una observación lógica. Mencionará el caso de una mentira intencional sobre alguien a quien se desea atacar. Digamos que el candidato A intencionalmente dice una mentira sobre el candidato B con el objetivo de que las personas tengan una mala opinión de él y así pierda en las elecciones. Buen caso, pero no basta para prohibir el expresar opiniones sobre reputaciones ajenas.

Incluso en contra mía, con opiniones inexactas o mentirosas, yo no puedo andar persiguiendo legalmente a todo el que tiene una opinión mala de mí. La razón es obvia: yo no puedo ser propietario de lo que otros piensan y expresan en público o en privado. Todo lo que puedo hacer es expresar mi opinión sobre esas opiniones y dejar que el resto de la gente llegue a sus propias conclusiones (lo que no puedo alterar).

Mi punto ha sido sencillo. Una ley como la mexicana que prohibe que las personas expresen opiniones sobre terceros es una disposición que viola libertades personales. Que su meta sea deseable no justifica esa violación. La reputación personal es lo que otros piensan de mí y de esas opiniones sólo puedo ser propietario si esas personas fueran esclavas mías.

Solamente justificando la esclavitud podría aprobarse una ley que prohiba a las personas tener opiniones sobre otras.

Post Scriptum

La idea sobre la reputación como propiedad ajena es de Rothbard. Véase por ejemplo, Rothbard, Murray Newton. Man, Economy, and State; a Treatise on Economic Principles. Los Angeles: Nash Pub, 1971, p. 157.

Por supuesto el tema no termina con lo dicho, pero ello sí plantea el corazón del problema: ninguna persona puede ser dueña de lo que otros piensan, lo que incluye a las reputaciones. Bajo este principio, el concepto de difamación se diluye notablemente quizá hasta hacerlo desaparecer, o bien limitándolo a casos en verdad excepcionales.


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