Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Gallo Muy Educado
Eduardo García Gaspar
25 septiembre 2009
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es, entre algunas personas, una costumbre establecida cuando ellas escuchan opiniones con las que están en desacuerdo: responden con bocas llenas de insultos, a veces realmente soeces y que no merece quien sólo expresó una opinión.

La costumbre están tan establecida que desde hace mucho tiempo ha recibido un nombre en latín, el de la falacia ad hominem. Consiste en algo muy simple: en lugar de responder a una opinión con otra ofreciendo argumentos en favor de la propia, quien responde insulta a quien emitió la opinión con la que no concuerda.

Recuerda de cierta manera una de las fábulas de Esopo, en la que se cuenta lo sucedido una ocasión entre un gato y un gallo. Era una agradable tarde de verano, en una granja, en la que habitaba un gato que en ese momento tenía mucha hambre.

No encontrando qué comer, decide ir al gallinero para devorar alguna gallina. Pero encuentra las puertas cerradas y le es imposible entrar. Dando vueltas por la granja en busca de cualquier alimento, encuentra a un gallo que solitario pasea. De inmediato se pone el gato al acecho del gallo y en un descuido de éste, lo atrapa.

El gallo, que es muy leído e instruido, comprende que ha llegado el fin de sus días. Pero, antes de ser devorado, pide al gato una oportunidad de expresar una opinión. Muy a regañadientes, el gato le concede esa oportunidad.

Dice el gallo, “Señor gato, antes de morir y servirle de alimento, quiero expresar una opinión. Creo que no le conviene matarme, pues yo realizo tareas fundamentales en la granja. Por las mañanas, mi canto despierta a los granjeros y ellos con su trabajo atienden al resto de los animales, incluyéndolo a usted. Más aún, gracias a mí, pueden existir más pollos que dan ingresos a la granja y con ese dinero, se pagan las comidas de todos. También las suyas”.

Así habló el gallo, con calma y educación durante varios minutos. Cuentan las leyendas que el gallo pudo enumerar más de cien razones por las que el mismo gato saldría lastimado en caso de devorarlo. “Y es, por todas estas razones, que en mi opinión no es conveniente ni fructífero que usted me coma”, terminó el gallo.

Inmediatamente después de decirlo, el gato espetó, “Maldito gallo, idiota animal, ningún plumífero imbécil es capaz de pensar, eres un maldito, un pobre animalucho sin valor que no me hará quedarme sin cena esta tarde”. Cuenta también la leyenda que el gato usó un lenguaje tan vulgar que no puede repetirse aquí. Y a continuación, devoró al gallo.

La situación, que he modificado con respecto al original, para hacer más claro mi punto, es en esencia igual a la que usted y yo hemos enfrentado no pocas veces en nuestras vidas. Puede verse de manera esquemática muy fácilmente.

Una persona expresa una opinión, la que sea, por ejemplo dice que el relativismo moral es falso y dañino. Y a continuación explica por qué dice eso, mostrando argumentos y razones. La otra persona lo escucha, pero opina que el relativismo es bueno y positivo. Hasta aquí tenemos una situación no infrecuente de opiniones contrarias.

En lo que sigue está la diferencia. La segunda persona tiene frente a sí opciones diversas. Y si decide mostrar su diferencia de opinión, tiene dos vías a seguir. Una es la de examinar los argumentos de la otra persona y tratar de anularlos uno por uno, con pruebas y evidencias. Pero puede optar por una segunda vía.

Puede decidir hacer de lado los argumentos que la primera persona ofreció y manifestar su desacuerdo usando otra herramienta: la de descalificar a la primera persona usando insultos y ataques personales. Haciendo esto, muchos creen que han ganado cuando en realidad han perdido la discusión al no probar la falsedad de la primera opinión.

Dije que la costumbre está muy establecida. Ejemplos de ella pueden verse en muchos de los comentarios que alguna gente escribe en Internet: para expresar su desacuerdo con alguna opinión, responden usando un lenguaje en verdad procaz y vil. Tan bajo es su lenguaje, que ha sido nombrado ya como una posible patología, llamada coprolalia. E incluso expresada en la Ley de Godwin.

Usted y yo vemos casi todos los días esta costumbre en los círculos gubernamentales. Los gobernantes se lanzan insultos unos a otros de manera continua para defender sus opiniones. Y con ello acostumbran al resto de la población a fomentar la idea de que para ganar una discusión, lo que más sirve es conocer los mejores insultos.


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