Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un León Como Gobierno
Eduardo García Gaspar
30 noviembre 2009
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
Catalogado en: ,


Los presupuestos de gasto público, así sean los de EEUU, de México, o de cualquier otro país, recuerdan una de las fábulas de Esopo, la del asno salvaje y el león. La recuerdan porque en esencia, esos presupuestos son juegos entre partes que no tienen el mismo poder.

Técnicamente se les podría llamar relaciones asimétricas, una expresión muy elegante que es mejor comprendida con la alianza que se dio hace mucho tiempo entre esos dos animales. Pues bien, en un cierto lugar en el que la caza no era abundante, dos carnívoros padecían sus efectos, hasta que un cierto día por la tarde se encontraron cara a cara.

El león vio al asno salvaje y de inmediato pensó que podría estar frente a un suculento platillo. Pero no hizo nada, ya que sabía de la velocidad que esos animales poseen: sería en vano tratar de alcanzarlo. El asno, por su parte, no se movió. Al contrario, siendo un animal con muchas ideas alocadas, de las que los demás animales se burlaban, se dirigió al león.

Una vez ya muy cerca de él, le habló: “Señor león, rey de estos contornos y alrededores, loada sea su alteza, la que espero tenga oídos para la idea que he tenido”. Y así comenzó la propuesta del asno. Con su velocidad, el asno salvaje podía alcanzar a otras de las bestias, conducirlas hasta el paraje en el que el león estuviera escondido y así, permitir que el león las matara.

Con mucha parsimonia, el león escuchó la propuesta, juzgándola adecuada. Era una idea que aprovechaba las mejores facultades de cada uno de ellos. El asno salvaje era veloz, rápido, ágil, de reacciones inmediatas. Y el león, por su parte, aunque de menos velocidad y reflejos más lentos, tenía una fuerza poderosa y una mandíbula mortal.

El león aceptó la propuesta y ambos acordaron que al día siguiente se encontrarían muy temprano al lado del río para de allí emprender la caza. Eso hicieron precisamente. Acudieron a una zona en la que eran menos escasos los animales, y comenzaron su tarea. El león se escondió en un paraje no muy lejano y el asno hizo lo suyo.

Fue en busca de otros animales a los que asustó con sus brincos descomunales y llevó hasta el escondite del león. Hizo lo mismo tres veces y las tres el león pudo matar a las presas. Cansados ambos con el calor del mediodía decidieron suspender sus trabajos y repartirse los tres animales cazados.

El león comenzó a hablar: “Señor asno, he aquí el fruto de nuestros esfuerzos. Tomaré a las presas y las dividiré en tres partes, que son cada uno de estos ciervos que hemos cazado. El primero de ellos me corresponde a mí como parte de los honores que se me deben por ser el rey de la selva”.

El asno, aún con esas palabras, brincaba de gusto. El león siguió hablando: “La segunda parte, es decir, este otro ciervo, es mío y me es de justicia tomarlo como retribución a mis esfuerzos durante nuestra cacería”.

El asno, viendo al tercer ciervo, babeaba con anticipación, pero el león siguió hablando: “Veamos ahora esta tercera parte de nuestra cacería y que se ve muy apetitosa en verdad. Os digo ahora, y haréis bien en creerme, que esa parte os puede ser de gran daño si decidís comerla, a menos, claro, que por vuestra propia voluntad la cedáis al rey de la selva que se sentirá muy honrado con vuestro obsequio”.

La fábula termina con esas palabras del león y Esopo habla de una moraleja: la fuerza hace al derecho. No puede argumentarse nada razonable contra quien posee una mayor fuerza que la propia. Argumente usted en contra del presupuesto de un gobierno, usando las más razonables de las premisas y las más sólidas de las conclusiones… enfrentará un problema serio. La razón de nada vale contra la fuerza.

La fábula, si se examina, contiene un absurdo, el de un asno salvaje que es carnívoro. Pero la probabilidad de encontrar ese animal es mayor que la de encontrar a un gobierno que al final de cuentas no use su fuerza para hacer que el ciudadano pague impuestos que se usarán para los más descabellados planes.

Esopo y Montesquieu, de diferentes maneras, trataron el mismo problema: el del abuso del poder gubernamental. En tiempos anteriores, eran las monarquías el enemigo que debía ser limitado en sus poderes. Ahora, en nuestros tiempos, los enemigos tienen otro nombre, se llaman Estados de Bienestar.


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