Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Mismo Error
Eduardo García Gaspar
8 septiembre 2009
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
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Imagine usted que mañana los medios reportan que tres profesores de matemáticas en escuelas secundarias han sido acusados de abuso sexual y violaciones. Otro caso, imagine también que cinco pilotos de avión han sido encontrados padres ilegítimos de varios hijos.

La primera reacción frente a esos dos sucesos ficticios, sería la indignación y, por supuesto, sería de inmediato aplicable la ley con todos sus procesos y detalles. Allí se detendría el asunto. A nadie en su sano juicio se le ocurriría criticar a las escuelas secundarias en general y solicitar que sean cerradas. Sería ridículo pedir que se dejase de enseñar matemáticas, o que cerraran los aeropuertos.

En esos casos, es fácil distinguir la conducta individual de unos, de la conducta general del resto de los grupos a los que los individuos pertenecen. Si un barrendero de calles mata a su mujer, no creo que nadie solicite cancelar el servicio de limpia. Todo, porque es posible distinguir entre la conducta de una persona y la del resto.

Lo anterior, que suena tan lógico, es ignorado por algunos en una instancia particular. Acudo al ejemplo de una persona, un caso real, que no hace mucho sacó el tema de los escándalos de la vida del padre M. Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo. Hasta donde he visto reportes, este hombre llevó una vida oculta muy sórdida.

Tomemos como ciertas esas acusaciones contra Maciel y hagamos un planteamiento. ¿Es su conducta una base suficiente como para convertirla en un ataque general a su iglesia y que la descalifique totalmente? Si Maciel hubiera sido uno de esos profesores de matemáticas en secundaria, nadie pensaría en lanzar una acusación genérica contra ese tipo de escuelas, ni contra las matemáticas en general.

Pero eso es lo que hizo la persona que menciono: desde la base de la conducta de uno de los miembros célebres de esa iglesia, llegó a la conclusión de que esa iglesia, toda ella, no tenía sentido, ni mérito, ni justificación de ser. Lo que quiero hacer aquí no es una defensa del Catolicismo, ni mucho menos una defensa de Maciel. Lo que quiero hacer es una defensa de la verdad.

El ataque de esa persona, usando la vida de Maciel, a la que añadió los escándalos de pederastia de no hace mucho, sostuvo que el Vaticano, por completo, no tenía ningún sentido y que el Catolicismo aún menos. Pero está persona olvidó otros hechos anteriores.

Olvidó mencionar que el primer Papa renegó de Jesucristo más de una vez. Olvidó decir que uno de los más grandes apóstoles antes de serlo asesinó con celo a seguidores de Cristo. Que uno de sus seguidores más cercanos lo entregó a sus enemigos. Dejó de lado la vida sórdida de San Agustín y, por supuesto, a algunos Papas que no eran precisamente ejemplares.

Esa persona, no muy ilustrada por lo que pude ver, vivía no más allá de la noticia del día. ¿Quiere alguien atacar al Catolicismo usando como prueba la conducta de sus miembros? La lista de pruebas sería enorme. Muchas de las cartas de San Pablo contienen pruebas de malas conductas entre los primeros seguidores y exhortaciones a una mejor vida .

Lo llamativo es que esa misma conducta reprobable se da en el resto de las organizaciones. Muchos de sus miembros están lejos de ser ejemplares. Vea usted a los gobiernos y el desempeño de los políticos. A muy pocos se les ocurriría pedir que los gobiernos desaparecieran por esa causa.

Todo lo que quiero hacer es señalar un error serio de razonamiento. Si alguien quiere hacer desaparecer a alguna iglesia o a alguna otra institución, más le conviene recopilar otras pruebas más sólidas que las conductas personales de algunos de sus miembros. Y sin embargo, es penoso que esas conductas sean usadas como demostraciones válidas.

Una de las cartas de san Pablo, en la que llama la atención a quienes escribe, dice que “Cuando uno dice ‘yo soy de Pablo’, ‘yo soy de Apolo’, ¿No proceden ustedes de un modo meramente humano?” Es comprensible, por ser humanos, admirar a ciertos personajes de la propia iglesia, pero ellos jamás son la base. Son simples humanos.

Quien basó su fe católica exclusivamente en Juan Pablo II, por ejemplo, erró su meta y el mismo Papa lo hubiera reprendido. Y quien ataca a esta iglesia por la conducta de algunos de sus ministros, también comete el mismo error. Y ése es mi punto: detectar y señalar la debilidad de “pruebas” que demuestran “culpabilidad total”, en este caso o en cualquier otro.


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