Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Un Olvido Central
Leonardo Girondella Mora
6 agosto 2009
Sección: LIBERTAD CULTURAL, RELIGION, Sección: Análisis
Catalogado en:


Me sucede casi siempre que enfrento a un cierto tipo de persona: cuando digo que soy católico practicante o alguna otra cosa similar, esa persona tiene una reacción inmediata, no diferente a la del perro de Pavlov —como si fuese un reflejo condicionado pronuncia una palabra. Dice “inquisición”.

Y con eso piensa que ha anulado mi fe, lo suficiente como para volverme ateo y salir corriendo a la calle gritando obscenidades contra mi iglesia. Es por estas ocasiones que a continuación cito in extenso, una columna que fue escrita por alguien que ha pasado por esa misma situación y a lo que añado, al final, una observación que es vital y muy pocas veces considerada en este tema.

En Yoinfluyo.com, el 11 de enero de 2009, Tomás Alfaro Drake publicó una serie de precisiones que cito:

Cuando se habla de las ejecuciones de la Inquisición hay que distinguir dos áreas completamente diferentes: las brujas y los herejes. Empecemos por las primeras.

En la Europa de los siglos XIV al XVIII, una mujer con un comportamiento algo extraño, que chocase a sus paisanos, era inmediatamente tachada de bruja. A partir de ese momento no había desgracia que ocurriese en el pueblo que no se le imputase a ella. La cosa solía acabar en linchamiento.

No hay manera de saber cuántas pobres mujeres acabaron su vida así. Pero si hablamos de condenas por brujería llevadas a cabo por tribunales sí hay estimaciones.

Se cree que en todo el mundo, desde Rusia hasta América, desde Escandinavia hasta España, desde 1325, fecha en que un tribunal condenó a muerte por primera vez a una bruja en Irlanda, hasta 1782 en Suiza, última condena a una bruja, se mataron a unas 60 mil.

Detengo aquí la cita para una llamada de atención —se trata de una cifra calculada que puede tener errores y que, lo más importante, involucra no sólo a naciones católicas. Sigue el autor con un dato importante, de esas condenas el 12% fueron realizadas por la Inquisición, de los que existen registros fiables:

En estas condenas entran tribunales eclesiásticos, católicos y protestantes, civiles reales o locales, etcétera. Pues bien, de estas muertes “sólo” unas siete mil 500 lo fueron por la Inquisición.

También hay que reseñar que en algún momento entre 1605 y 1621, que fue el periodo del pontificado de Paulo V, este Papa prohibió la pena de muerte para las brujas. Es decir, la Iglesia Católica suspendió esta barbarie más de 160 años antes de la última ejecución “legal” de una bruja en el mundo.

Por otro lado, la inmensa mayoría de los juicios a brujas llevados a cabo por la Inquisición acababan en absolución y, con toda seguridad, una persona que era acusada de brujería por el vulgo, si era juzgada por la Inquisición y declarada inocente, se salvaba del linchamiento porque a partir de ese momento estaba protegida por el tribunal que la había absuelto.

Se puede afirmar, sin lugar a dudas, que la Inquisición salvó muchas más vidas de supuestas brujas que aquellas a las que condenó. La cifra de 60 mil ejecutadas en ese tiempo es estimativa. No así la de las juzgadas y ejecutadas por la Inquisición, puesto que todos y cada uno de sus procesos están debidamente documentados, cosa que no ocurría con el resto de los tribunales.

Bien, de las brujas ahora se pasa a los herejes —los acusados de creencias que estaban en contra de las de la religión:

Si hablamos del caso de herejes, las cifras son muchísimo más bajas, aunque también mucho más injustas, puesto que hablamos de condenar y matar a alguien por sus ideas y creencias. Sin embargo, todo hereje se podía salvar de la muerte abjurando de sus ideas.

Cierto que esto es una afrenta a la dignidad, pero en cualquier caso no es lo mismo que matar. Sin la menor duda, la Inquisición vino a hacer que las condenas por herejía, que existían antes que ella, fuesen menores al ofrecer muchas más garantías procesales que cualquier otro tribunal. Desde luego que esto no elimina la responsabilidad de la Iglesia.

Es verdad que el método de ejecutar las penas, la hoguera, era brutal. Pero conviene recordar que era un método civil, previo a que existiese la Inquisición. En el año 1220, 12 antes de que se fundara la Inquisición en 1232, Federico II Hoffestaufen, emperador de Alemania, poco amigo del Papa, excomulgado por él, hizo extensiva a los herejes la muerte en la hoguera que era un método de ejecución civil corriente.

Me detengo de nuevo para expresar una idea: si la fuente de información del que exclama “¡Inquisición!” y con ello cree haber ganado una discusión, es algún best-seller o la repetición de otra repetición de un clisé, le aconsejo que acuda a fuentes históricas y entienda esos tiempos. El autor da alguna pieza útil para entender esos tiempos:

Sabemos, por ejemplo, que Dante, tras ser expulsado de Florencia por las rivalidades políticas entre las facciones de los “Bianchi” y los “Neri”, fue condenado a morir en la hoguera si volvía a su ciudad natal.

También hay que decir que en casi todos los casos de la Inquisición se mataba a los condenados en la picota, antes de prender la hoguera, evitándoles el horrible sufrimiento.
 
Había muchos tipos de cuestiones, además de la brujería y la herejía, por los que una persona podía ser juzgada por la Inquisición o por otro tribunal.

La seguridad jurídica y procesal que ofrecían los tribunales de la Inquisición era mucho mayor que la de otro. Por eso, cualquiera que pudiese elegir ser juzgado por un tribunal de la Inquisición o por otro, prefería el primero.

Y sí, había tortura —no eran los tiempos civilizados de los que ahora se presume sin gran base. Lo que me parece vil es esa posición soberbia que pretende juzgar todo tiempo pasado bajo criterios de fariseos (la lectura de las ideas de Beccaria son ilustrativas).

Debo hablar aquí de la tortura. La tortura era, en esas épocas, un medio procesal tan corriente como brutal. Pero, una vez más y sin que esto sirva de excusa, porque su uso debió ser nulo, la Inquisición la utilizaba de manera menos frecuente que otros tribunales. Era el único que distinguía entre “territio realis” y “territio verbalis”.

Al acusado se le mostraban primero los instrumentos de tortura –que también habían sido “diseñados” por los poderes civiles– y se le daba un tiempo para reflexionar. Esto era la “territio verbalis”. Sólo después de un tiempo, si el reo persistía, se le aplicaba la “territio realis”, que era la aplicación real de la tortura.

Ningún otro tribunal daba esta oportunidad y, en cualquier caso, para llegar a la “territio verbalis” la Inquisición era mucho más escrupulosa que cualquier tribunal para aplicar la “realis”.

Casi para terminar el autor comenta que:

Repito, y lo haré hasta la saciedad, que esto no es de ningún modo, una excusa. La tortura debería haber sido un método procesal totalmente prohibido por la Iglesia. Por eso, una vez más, la petición de perdón. Pero estimo imprescindible evitar el error de óptica histórica de juzgar una época con los raseros de otra.

La defensa con la que termina el autor es la natural —hablar de otras cosas positivas que la Iglesia Católica ha realizado:

En otro orden de cosas, no deja de sorprenderme que los que atacan a la Iglesia por la Inquisición no tengan ojos para verla desde otra perspectiva. Durante siglos, la Iglesia ha sido la educación pública, la sanidad pública y la prestación social pública a los desvalidos.

Pero creo que el autor olvida la defensa central que se tiene ante la crítica que con la Inquisición quiere demostrar la ilegitimidad católica. Lo que él ha hecho es una buena defensa, sustentada en datos e información, pero hay otra cosa más que añadir y que suelo encontrar difícil de explicar.

Espero ser claro —es posible reprobar a la Inquisición bajo los mismos preceptos, creencias y valores que la Iglesia Católica sostiene como absolutos en todos los tiempos. Es decir, los valores que ella sostiene y en los que cree sirven para condenar lo que ella realizó hace unos siglos. No hace falta acudir a otras fuentes morales o éticas para emitir una sentencia condenatoria.

Esto establece una gran diferencia contra otras doctrinas, denominaciones y creencias que no contienen en su propio cuerpo la condena de lo malo que ellas realizan. Un ejemplo puede ayudar a aclarar esto: si acaso una denominación religiosa sostuviera que es legítimo matar o torturar a quienes no la aceptan, ella misma aprueba en sus creencias más básicas un acto indebido.

No sucede eso con el catolicismo —sus más básicos principios pueden usarse para reprobar la conducta que ella tuvo en algún tiempo, sea pasado o actual o futuro. ¿Qué sucedió? La información anterior da alguna explicación, que en resumen indica que la misma iglesia actuó en contra de sus creencias. En ella misma está la regla que la juzga y condena.

En otras palabras, bajo los mismos mandamientos que sostiene, ella puede ser considerada culpable de faltas serias —ha cometido pecados serios según sus propias reglas.

Juzgar a la Inquisición bajo una perspectiva histórica que aligera la falta, la pone en perspectiva, la hace menor en comparación con otras, como hizo el autor y suelen hacer muchos otros, es una argumentación que no acude al sustento mayor: bajo sus propias reglas y creencias, muchos de sus miembros más prominentes en esos tiempos hicieron cosas reprobables.

Addendum

Quizá el lector este interesado en un tema afín, las Guerras Religiosas.


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