Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Vida “a Saltos”
Selección de ContraPeso.info
18 noviembre 2009
Sección: Sección: Análisis, SEXUALIDAD
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ContraPeso.info presenta una idea de Teófilo González Vila catedrático de Filosofía y escritor. Agradecemos a Análisis Digital el amable permiso de publicación. La idea central del escrito publicado el 15 de abril de 2009 es argumentar racionalmente sobre el aborto.

¿Cuánto vale usted como persona?

En este momento millones de personas son utilizadas por otras como meros instrumentos, sometidas a las más variadas formas de esclavitud, convertidas en material de experimentación o de “repuestos” (en cualquier fase de su existencia, desde la prenatal hasta la terminal) y sacrificadas en aras del “bienestar” de otras.

A estos seres humanos, absolutamente indefensos y desprotegidos, cuya existencia queda a disposición de los poderosos, se empieza por negarles la condición misma de personas. Así lo han hecho siempre y lo hacen hoy los que se disponen a usar y abusar de ellos como de cosas y encima quieren acallar remordimientos de conciencia.

Ésta es la ley del más fuerte —la de la selva— y se aplica hoy en los más civilizados países, en los más sofisticados laboratorios, en los más asépticos quirófanos. No se ofenda si le pregunto: ¿A usted que le parece esto? ¿usted cree que hay personas que valen más que otras y que éstas pueden disponer de las que valen menos o simplemente eliminarlas si les estorban?

A esta pregunta hay muchos que responden de modo explícito, descaradamente, que sí; y lo mismo responden muchísimos otros con su conducta, con su silencio ante la violación de la dignidad de la persona en este y en aquel caso.

¿Hay personas de distinto valor como personas? Piense en serio cuál es su respuesta. Y para ser plenamente sincero consigo mismo pregúntese por su postura ante la eliminación de seres humanos embrionarios utilizados como material de experimentación, de selección.

¿Le parecería bien que se utilizara a un ser humano, una persona, hasta eliminarlo, hasta matarlo, si es preciso, para curarle a usted o a un hijo suyo? ¿O sólo le parecería eso bien o se atrevería a decirlo si se tratara de un ser humano pequeñín al que la ley no presta protección alguna y con el que nadie parece mantener vínculo afectivo alguno?

Desde el momento en que alguien acepta que unas personas valen más y otras menos, tendrá que decirnos cuáles son los rasgos, las características que determinan lo que cada persona vale como persona: ¿el tamaño? ¿la edad? ¿la fuerza física? ¿la belleza? ¿la lucidez mental? ¿la pertenencia a un determinado grupo étnico, lingüístico, religioso, económico…? ¿Y pasará a valer menos o dejará sin más de ser persona —p.e., usted mismo— el día que pierda esas cualidades?

Le doy otra oportunidad. Dígase a sí mismo si está o no de acuerdo con las siguientes afirmaciones.

• Toda persona lo es desde el momento en que fue concebida y es desde ese momento un valor absoluto, esto es, con independencia de cuáles sean las condiciones de su existencia en cada momento a lo largo de toda su vida.

• Todas las personas, en cuanto personas, gozan de igual dignidad y son merecedoras de igual consideración y respeto.

Estar o no estar de acuerdo con las anteriores afirmaciones supone situarse a uno u otro lado de la más profunda divisoria ética, antropológica, metafísica: la que separa a quienes afirman o niegan la realidad. Y la realidad destruye a quien la niega.

¿Está usted de acuerdo en que debemos no matarnos los unos a otros? ¿O eso es cuestión de religión?

Todo esto de la dignidad humana —dicen, preguntan algunos— ¿no es una cuestión religiosa? Verá usted: sin duda quien cree que cada persona es imagen y semejanza de Dios, alguien a quien Dios ha creado y rescatado con la sangre de su Hijo, alguien a quien Dios ha quiere desde y para la eternidad, tiene en esa fe el más sólido fundamento y la más intensa luz para percibir el valor absoluto de cada persona.

Pero ese valor absoluto es también objeto de intuición ética para muchos que no creen ni sabrían esbozar una fundamentación filosófica de la dignidad absoluta de la persona. Afortunadamente es así. Y en esto de la dignidad absoluta de cada persona tocamos fondo, el fondo de la posibilidad misma de la existencia, que es convivencia, humana. Vamos a ver.

Supongamos que usted no cree en Dios ni acepta que haya ley natural ni exigencia moral objetiva alguna. Aun así, en este caso, la exigencia de respeto absoluto a toda persona humana se impone en cuanto condición de posibilidad de pervivencia de una comunidad humana.

Hay cosas que se debe no hacer no ya porque sean moralmente malas, sino porque, con independencia de que lo sean o no (para usted, suponemos ahora, eso de la moral no tiene sentido), si se hacen, se hunde y le aplasta —sí a usted también— el edificio entero de la convivencia humana.

Una de esas cosas que se debe no hacer en absoluto es establecer que en determinados supuestos determinadas personas tienen, sin más, derecho a eliminar a otras ¿No cree usted que una condición de posibilidad de la existencia misma de una comunidad humana y de su concreta existencia sin más, la de cada uno de sus componentes, es precisamente la de que no nos matemos los unos a los otros?

Dicho de otro modo, es no ya una exigencia moral, sino condición misma de posibilidad de la comunidad humana la de que nos prohibamos de modo absoluto utilizar mutuamente nuestras personas (la propia y las de los demás) como meros instrumentos hasta el extremo de consumirnos, liquidarnos, matarnos, unos a otros.

O, en términos positivos, es una exigencia absoluta el que nos guardemos un mutuo respeto absoluto a nuestro valor absoluto como personas. De eso se trata.

Hítler: ¿pesadilla del pasado o precursor?

Aceptar que, como en el proyecto abortista que prepara el gobierno [español], algunas personas tienen derecho a eliminar a otras dentro de un determinado plazo supone de hecho, objetivamente, sin entrar en la conciencia de quienes lo propugnan, retroceder inhumanamente hasta una situación pre-humana porque una situación humana es aquella en la que, aunque Caín ande suelto y prosiga de hecho su actividad homicida, no se acepta que haya casos en que alguien tenga si más el derecho de matar a Abel.

Si a determinadas personas se les reconoce en determinados casos el “derecho” a eliminar a otras, ¿qué razón habrá para negar ese derecho en otros casos? Si al poderoso en un determinado caso se le reconoce ese derecho ¿en virtud de qué se le negará a otro poderoso frente a otro débil en otros casos?

Esos otros casos terminarán pudiendo ser todos y no hay nadie a quien en alguno de esos casos posibles no le toque el papel de débil eliminable. ¿Ha pensado usted que el poderoso en un caso —por ejemplo, usted— puede ser el débil en otro?

Pero ¡qué exagerado soy! ¿verdad? ¿Exagerado? Recuerde que, no muy lejos de aquí y hace poco tiempo, en esta Europa tan progresista, quienes un día tomaban juntos y como iguales una cerveza pasaron, en el corto plazo de unas semanas, a sentirse legitimados para eliminarse el uno al otro en aras de alguna “limpieza étnica”.

Quienes se arrogan hoy la competencia para determinar quiénes son dignos de vivir y quiénes no, quiénes pueden nacer y quiénes deben ya dejar de vivir actúan, objetivamente, de acuerdo con, exactamente, la misma mentalidad según la cual los nazi determinaban quiénes eran dignos de vivir y quiénes no, quiénes habían de ser objeto de una eliminación total a través de una máquina de exterminio científicamente diseñada.

Por ahí anda en las librerías un libro de Carl Amery con un significativo título: Auschwitz ¿comienzo del siglo XXI? Hítler como precursor.

La vida a saltos o el hombre por generación espontánea

Bien, dirán muchos, de acuerdo: respetemos como un valor absoluto a cada persona y protejamos su vida con los medios precisos aun penales necesarios para ello; pero, qué es una persona, cuándo estamos ante una persona.

Esta pregunta la hacen algunos en referencia tanto a quienes están en los momentos iniciales de su existencia como a quienes se encuentran en los últimos. Determinados proyectos gubernamentales la hacen recaer en estos momentos de modo especial amenazante sobre los seres humanos en la fase prenatal de su existencia.

Un numeroso grupo de científicos nos recuerdan, en el llamado Manifiesto de Madrid, que un ser humano lo es desde el primer momento en el que, con la fecundación, se inicia el proceso continuo de desarrollo en que consiste su vida.

En ese primer momento existe ya ese nuevo ser, con el ADN que le identifica como absolutamente otro, distinto de sus progenitores, distinto del cuerpo de su madre, aunque esté albergado y desarrolle la primera fase de su existencia en el seno de ésta. El cuerpo de su hijo y el de la mujer que dice “mi cuerpo es mío” no son el mismo cuerpo. Pero en un, puede decirse, contra-manifiesto, otro grupo, ciertamente reducido, de científicos, afirman:

“El momento en que puede considerarse humano un ser no puede establecerse mediante criterios científicos; el conocimiento científico puede clarificar características funcionales determinadas, pero no puede afirmar o negar si esas características confieren al embrión la condición de ser humano, tal y como se aplica a los individuos desarrollados de la especie humana”(1) .

Para esto no parece que esa necesario acudir a la ciencia ni hablar investidos de la condición de científicos. Es evidente que un embrión es un ser humano que no tiene las características observables a simple vista en un ser humano adulto. Tampoco un niño recién nacido las tiene, ni ningún otro ser humano que no pueda ser considerado (de acuerdo con qué criterios) un “individuo desarrollado de la especie humana”.

Situados en este discurso se puede terminar exigiendo la capacidad de otorgar testamento para reconocerle a alguien la condición humana. La cuestión no está en si un embrión es un ser humano tal como lo es un adulto sino la de si, en ese estado embrionario, es un ser humano.

Y lo científico para responder a tal cuestión es mirar al ADN y no remitirse a la inspección ocular vulgar de los rasgos externos de un individuo desarrollado (hasta qué grado) de la especie humana.

En el contra-manifiesto antes citado, sus autores vienen a dar por supuesto que en el proceso de desarrollo en que consiste la vida de un determinado ser hay una fase en que no se sabe si es ya lo que, con sólo que no se interrumpa ese proceso continuo, manifestará ser sin lugar a duda alguna.

Esto, a su vez, es dar por supuesto que en ese proceso se producen “saltos” cualitativos y que en uno de esos saltos se nos presenta ya como ser humano el que un instante antes no lo era (Estaríamos ante el que podríamos llamar misterioso “salto antropogénico”).

Esto de los “saltos —¿qué cosas! ¿verdad?— lo encontramos expresamente afirmado en el dictamen que una Comisión llamada de Personas Expertas ha elaborado para el Ministerio llamado de Igualdad (y que algunos denominarían Ministerio del Aborto) (2).

Resultaría así que por no afirmar más de lo que, según ellos, la ciencia avala, terminan por afirmar, oh paradoja, la saltarina “generación espontánea” del ser humano. ¿Y cuándo tiene lugar ese creador salto? ¿Cómo sabremos que se ha producido? Porque ya –nos dicen— se nos presenta “viable” Y eso, perdone ustedes la molestia ¿qué quiere decir?: ¿acaso que ya puede vivir “por su cuenta”? Un ser humano tarde bastante tiempo después de su nacimiento en poder vivir “por su cuenta” y algunos no lo consiguen nunca y desarrollan una vida de gran calidad como personas gracias al cuidado de otras.

Esa teoría de la vida a saltos no permite, por lo que se ve, determinar con rigor científico en qué momento “salta” y se nos presenta ya un ser humano, ni por tanto, permite fijar con ese rigor el plazo inmediatamente anterior durante el cual se puede poner fin al proceso sin por eso ponérselo a un ser humano.

En distintos países ese momento del salto y la extensión del plazo se fijan de distinto modo, no precisamente, por lo que se ve, al amparo de rigurosos criterios científicos, sino sencillamente “a ojo de buen cubero” ideológico y de acuerdo con intereses políticos y/o económicos.

Frente a esa espantosa frivolidad, lo científico será afirmar que a lo largo de todo ese proceso, que se inicia con la concepción y que, si no se produce su interrupción por violencia externa, termina en la muerte natural, estamos ante un mismo ser, cualitativa, substancialmente, el mismo, en diversos condiciones y fases de existencia, siempre el mismo por más que no siempre vaya vestido con lo mismo, con el mismo traje de sus cambiantes, accidentales, apariencias…

En caso de duda ¡no disparar!

Se puede, pues, en efecto, asegurar, de acuerdo con la evidencia científica, que un ser humano lo es desde el primer momento de la correspondiente concepción. Pero supongamos que el contra-manifiesto al que antes nos referíamos o lo dictaminado por tal comisión o comité, según los cuales no puede afirmarse científicamente cuándo estamos ante un ser humano, hiciera mella en algunas personas y les sembrara la duda.

En tal caso —y de esto no cabe duda— sigue en pie la exigencia absoluta de no interrumpir en ningún momento el desarrollo de esa vida (porque no negarán que se trata de vida ¿verdad?). Imagínese que está de cacería. Desde su puesto ve a lo lejos un arbusto movido no por el viento (que está en plena calma), sino, ésa es su duda, por un animal (¿un jabalí? ¿un ciervo?) o por una persona.

Pues bien en tal caso, de lo que no cabe duda es de que, con esa duda, usted no puede considerar moralmente lícito disparar contra “lo que” mueve al arbusto, exponiéndose a matar a un hombre. Si dispara y mata un hombre, nadie le aceptará ni siquiera como circunstancia atenuante de su culpabilidad el que usted diga que “no estaba claro que fuera un hombre”. Nadie le aceptará esa “dis-culpa”, ¿verdad?

Porque, en ese caso, no basta con no estar seguro de que sea un hombre el objetivo sobre el que dispara, sino que tiene que estar seguro de que no lo es. La ciencia nos asegura, como hemos dicho, que hay un ser humano desde el primer momento de la concepción. Pero bastaría la duda de que la hay desde ese mismo inicial instante para que hayamos de considerar absolutamente ilícito el aborto en cualquier momento, dentro de cualquier plazo.

Para dar vía libre a la eliminación de ese ser vivo en algún momento de la fase prenatal de su existencia no basta con que unos profesores e investigadores digan que no saben si ese ser es un ser humano. Tendrían que probar de modo incontrovertible que no lo es. Y eso no podrán hacerlo. Podrán sembrar dudas en algunos. Pero, ¡en caso de duda, no disparar! Está claro ¿no?

Notas al pie:

1. “Esto –añaden— entra en el ámbito de las creencias personales, ideológicas o religiosas”.

2. “La vida –dicen esas Personas— es un fenómeno en constante evolución caracterizada [caracterizado, se supone que quieren decir] por mutaciones y saltos cualitativos, propios de todo proceso biológico [lo cual, a sensu contrario, quiere decir que no hay ningún proceso biológico continuo]. Es por ello [sic], por lo que puede considerarse al nasciturus un ser vivo [es decir que el nasciturus puede considerarse un ser vivo porque la vida es un proceso a saltos: esto sí que es un salto lógico de grandeza cósmica]. Quienes piensen que no es posible que las afirmaciones transcritas se encuentren en un dictamen de Expertas Personas, acuda al texto ofrecido desde páginas web oficiales.


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