Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Votar Sin Pensar
Eduardo García Gaspar
30 junio 2009
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Seamos realistas. Las épocas electorales son realmente importantes, pero son también una de las partes más descuidadas de nuestra vida. En ellas se eligen gobernantes, en un cambio pacífico de gobierno, que tendrá una influencia colosal en nuestro bienestar… pero no sabemos cómo manejarlas.

El común de los ciudadanos, debemos aceptar, no dedica tiempo a estudiar las propuestas de los candidatos, menos aún, a calcular las consecuencias de esas propuestas. Los ciudadanos en su gran mayoría tienen que recurrir a otros medios de evaluación de los candidatos confiando mucho en sus apariencias.

De allí que los candidatos y quien hace su marketing, usen estrategias como frases memorables, vestimentas que los identifiquen con la gente, maquillaje, movimientos de manos y cuerpo. Por supuesto usan también estrategias de alta exposición en medios y ataques a sus enemigos. Poco o nada de eso se refiere a sus propuestas de campaña.

Y cuando hacen propuestas, ellas son las más simples, primitivas y de atractivo inmediato. Son cosas como las promesas de bajar los precios de la electricidad, o de dar transporte gratuito, o de otorgar becas. Todo inocente e ingenuo. Incluso hacen fiestas y presentan espectáculos con artistas. Sobre eso se vota: el candidato que se ve guapo, el que invitó a una fiesta, el que bailó con la comadre, el que prometió crear empleos, o dar pensiones a todos.

La realidad es que una buena cantidad de votantes no tienen las herramientas para distinguir entre promesas buenas y promesas malas. Lo que sí pueden distinguir es entre las maneras de cada candidato y la personalidad que tiene. Muy poco más allá de eso se usa para decidir un voto.

Y si acaso distinguen entre propuestas, una buena parte del electorado se limita a ver cada promesa electoral en sus efectos de corto plazo. Si el candidato promete, por ejemplo, un seguro de desempleo, como se ha hecho repetidamente en México, lo más que suele verse es la bondad inmediata de tal seguro. Nada más allá. No se ven consecuencias, ni formas de financiamiento, ni costos de oportunidad.

Si el candidato promete duplicar el presupuesto de gobierno, para reanimar a la economía, la reacción inmediata de muchos será positiva. Ellos no tienen el conocimiento para hacerse otras preguntas, como el impacto inflacionario, o la elevación de impuestos que seguirá. Lo que falta en buena parte de electorado es tener una mente más refinada, que le haga pensar en las consecuencias siguientes de las promesas electorales.

Por esto es posible que en una democracia no lleguen al poder quienes tienen las mejores ideas de gobierno, sino quienes las saben vender mejor: simplistas, ingenuas, alocadas, concretas, de corto plazo, imprudentes. Cuando tiempo después esas promesas implantadas tengan efectos, como una crisis o inflación, el desfase de tiempo no hará clara la relación causa y efecto.

Los gobernantes con malas ideas implantadas y ya sufriendo sus consecuencias, culparán a otros entre los sospechosos usuales: los comerciantes codiciosos, los financieros especuladores, la intromisión extranjera. Y, lo peor, mucho del electorado les creerá, sin entender que ellos eligieron al culpable mismo de la crisis.

El tema bien vale una segunda opinión para entender a la democracia con realismo. No es un mecanismo mágico, ni perfecto. Está lleno de defectos. Aceptarlos ya es ganancia para poder usar a la democracia sin expectativas irreales.

De lo anterior, se deriva una consecuencia que es sorprendente para muchos: la voluntad de la mayoría en la elección de gobernantes no es garantía de que suban al poder los que tienen mejores ideas. Seguramente serán elegidos quienes vendan mejor sus ideas, sean ellas buenas o malas.

Buena parte del electorado no examina las propuestas de los candidatos, ni sus consecuencias, pero los votos todos valen lo mismo. Creer que el voto mayoritario permite elegir a los mejores es una locura, una de las más grandes de todos los tiempos. Creer que de la elección de un gobernante depende la salvación de un país, es otro disparate.

La democracia hace otras cosas mucho más importantes, pero que no se ven con facilidad. Ella no elige a los mejores. Con frecuencia elige a los peores. Pero lo que ella sí hace es dividir el poder y evitar que si llega un loco, éste haga su voluntad sin limitaciones.

Post Scriptum

Ls idea de Popper al respecto y las reflexiones de Rothbard son básicas para entender esto.


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