Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
10 Domingo Ordinario C (2010)
Textos de un Laico
4 junio 2010
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• La primera lectura (Reyes 17, 17-24) narra un episodio de Elías. La dueña de la casa en la que el profeta se hospeda sufre la muerte de su hijo y reclama a Elías esa muerte. Le dice la mujer, “¿Qué te he hecho yo, hombre de Dios? ¿Has venido a mi casa para que recuerde yo mis pecados y se muera mi hijo?”

Elías pide a la mujer el cuerpo de su hijo y sube con él a una habitación y clama a Dios, “Señor y Dios mío, ¿es posible que también con esta viuda que me hospeda te hayas irritado, haciendo morir a su hijo?” y pidió a Dios volverle a la vida.

“El Señor escuchó la súplica de Elías y el niño volvió a la vida”. Elías presenta al hijo a la viuda y ella al verlo vivo exclama, “Ahora sé que eres un hombre de Dios y que tus palabras vienen del Señor”.

• El evangelio de hoy (Lucas, 7. 11-17) narra una historia similar. Jesús está en una ciudad, en cuya entrada encuentra un cortejo fúnebre. Ha muerto el hijo de una viuda. Jesús se compadece y dice a la viuda, “no llores”. Va hacia el ataúd y habla al joven muerto, “Joven, yo te lo mando, levántate”.

Eso hizo el muerto. “Jesús se lo entregó a su madre… todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios”.

• Las dos son historias de resurrección y por medio de ella, de reconocimiento de Dios. En la segunda lectura (Gálatas 1, 11-19), San Pablo habla de otra resurrección, la suya, es decir, su cambio.

“… me han oído hablar de mi conducta anterior… cuando yo perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios, tratando de destruirla. Pero Dios me había elegido desde el seno de mi madre, y por su gracia me llamó…” No es diferente esto a las palabras de Jesucristo al joven, “yo te lo mando, levántate”.

Las tres lecturas tomadas en conjunto nos dan un mensaje de esperanza y gozo. Todos somos llamados a Dios. Todos recibimos ese mensaje de “yo te lo mando, levántate”. Todos podemos revivir de nuestra existencia terrenal a la celestial. Después de nuestra muerte física nos espera la vida eterna junto a Dios, pero también durante nuestra vida terrenal podemos tener otra resurrección, como la de Pablo. Una conversión.

Es una resurrección a Dios en esta vida. Un cambio total. Tan grande conversión como la del apóstol. Si él que fue perseguidor sangriento de cristianos pudo levantarse y seguir a Dios, cuanto más lo podemos hacer nosotros. Basta con hacer lo de Elías, orar pidiendo a Nuestro Señor que nos dé vida real en esta existencia terrenal.

Es lo que nos dice el salmo, “Te alabaré, Señor, eternamente… me salvaste de la muerte y a punto de morir me reviviste… ven en mi ayuda”.


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SALMO 138

Señor, tú me sondeas y me conoces;

me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.





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