Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
2+2=4, Intolerable
Leonardo Girondella Mora
7 septiembre 2010
Sección: FALSEDADES, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Si alguien dice que dos más dos es cinco —la reacción será rápida: eso es falso, dos y dos son cuatro y eso es demostrable. Si un infante rompe el florero favorito de su madre y cuando se le pregunta si él es el culpable, responde que no, él sabe que se trata de una mentira.

Muchas veces se ha escrito que la existencia de la verdad puede ser demostrada usando la noción que los humanos tienen de lo falso: lo falso es lo que no es verdad —y, por lo tanto, existe una noción de la verdad. Es el ajuste entre lo que se conoce y la realidad.

Es sabido que la Tierra tiene una órbita alrededor del sol —decir que es el sol el que gira y no la Tierra es falso y lo era aún en los tiempos en lo que eso se creía. Será muy arduo encontrar a alguien que afirme que decir que la Tierra gira alrededor del sol es un caso de fundamentalismo intolerante.

Llevo el caso a un extremo: un coche choca contra otro y de inmediato se reúnen una buena cantidad de curiosos —uno de ellos interroga a otro, preguntando qué sucedió, a lo que le responde “dos coches chocaron de frente”. El que pregunta no podrá decir que esa respuesta es intolerante. Simplemente establece una realidad que puede probarse viendo la escena.

La idea de verdad no está asociada a la intolerancia, ni al fundamentalismo —es fácilmente reconocida e incluso bienvenida: es bueno saber la verdad. Y, sin embargo, en ocasiones la bondad de la verdad es rechazada alegando quien la defiende es un fundamentalista intolerante. Esta es la idea que deseo explorar.

En algunos terrenos, como los casos citados del accidente, la suma de dos números y el florero roto, la verdad se reconoce sin alegatos ni calificativos. Pero en otros terrenos, la verdad y su defensa se considera como una posición negativa, antidemocrática, intransigente, reprobable.

En los campos en los que las pruebas son tangibles, parece no haber problemas —nadie osaría desechar las verdades científicas, como la de un análisis de sangre que indica que el paciente tiene un colesterol elevado. A lo más que se llega es a repetir la prueba para confirmarla. Nadie acusaría al médico de intransigente por decir que el paciente padece colesterol excesivo.

Pero en otros campos, la verdad ha dejado de tener vigencia —y se piensa que es un concepto inaplicable, sin utilidad. No es que no exista la verdad en estos terrenos, es que ha sido abandonada y sustituida por otra idea, la de que lo mejor es que cada quien piense lo que quiera, o sea, no hay una verdad, sino opiniones que son todas verdad.

Es una de las consecuencias de una mal entendida democracia: sus discusiones son solucionadas por un medio artificial que evita buscar la verdad, la flexibilidad tolerante: todos tienen su verdad y eso es un valor a respetar sin límite.

Explico esto con un diálogo esquemático que lo ilustra en el caso del aborto:

Persona A: Opino que el aborto debe ser legalizado.

Persona B: Opino lo opuesto, no debe ser legalizado.

Persona A: Debe ser legalizado porque el embrión aún no es una persona.

Persona B: No debe ser legalizado porque el embrión ya es una persona viva.

Persona A: Eres un fundamentalista intolerante que no respeta la opinión ajena.

Diálogos como ése son frecuentes y poseen faltas notables —la primera de ellas y más transparente es la pérdida del sentido de buscar la verdad sobre si el embrión es una persona viva o no. Si la discusión fuera sobre si tres y tres son o no nueve, no se tendría esa pérdida: ambas partes explicarían razonablemente su posición.

Otra falta apreciable es la solución del problema: una de las partes acusa a la otra de intolerante tratando de defenderse sin razonamientos. Es muy curioso que la otra parte no use ese mismo adjetivo de intolerante. No hay razón por la que no pueda hacerlo: sería lógicamente igual de intolerante el que cree que el aborto debe ser legalizado.

Cada persona expresa una opinión distinta, pero sólo una recibe el calificativo de intolerante, la que se opone al aborto. ¿Por qué?

Creo que la explicación es la siguiente. Primero, insisto, ambas partes podrían lanzarse mutuamente el calificativo de fundamentalista —no hay razón por la que ese adjetivo no sea aplicable a quien opina que el aborto sea legalizado y, sin embargo, la realidad es que se le aplica a quien se opone.

Creo que eso puede explicarse con la idea de mínimas reglas —aquel que opina que existen reglas o mandatos morales es el acusado de fundamentalista. En cambio el que propone que no existen esos mandatos se libra de esa acusación. El problema no se ha resuelto con la verdad, se ha solucionado artificialmente por medio del uso de adjetivos.

Termino enfatizando mi tesis: existen terrenos en los que sin causa ni motivo se ha renunciado a la búsqueda de la verdad —y ella ha sido sustituida por la aprobación de la opinión no demostrable de quien usa un lenguaje más efectivo.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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