Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
2 Domingo de Pascua C (2010)
Textos de un Laico
9 abril 2010
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• En el Evangelio de hoy (san Juan 20, 29) se narran dos apariciones de Jesús resucitado. En la segunda de ellas está Tomás, pero no en la primera. La conducta de Tomás nos revela una faceta muy humana.

Los apóstoles le hablan de la aparición de Jesús pero él no la cree e incluso exige pruebas, “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Es la actitud esperada, la reacción tradicional que los humanos tendríamos ante ese increíble suceso.

Y la tendrían, además, no sólo Tomás, sino incluso también muchos otros de los apóstoles si es que no hubieran estado en la primera de las apariciones narradas.

• Por su parte, la primera lectura (Ac 5, 12-16) nos presenta a los apóstoles ya en acción, realizando “señales milagrosas y prodigios…”, como curaciones a enfermos.

Lo podían hacer por una sencilla razón, habían creído en Jesús y habían sido encargados con una misión, la que cuenta Juan en el evangelio, les dijo Jesús, “… Como el padre me ha enviado, así también yo os envío… Reciban el Espíritu Santo…” Las personas necesitaban esas pruebas y así el número de fieles iba creciendo.

• En la segunda lectura (Ap 1, 9-11, 12-13, 17-19) se narra otra aparición, “… un hombre vestido de larga túnica, ceñida a la altura del pecho, con una franja de oro. Al contemplarlo caí a sus pies… me dijo, ‘No temas… estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo… Escribe lo que has visto…’” Y Juan, desde luego, lo obedece. No necesita pruebas.

Sin duda, estas lecturas nos proveen con una visión de la naturaleza humana, un tanto escéptica y dada a no creer las cosas que los sentidos no perciben. Lo primero que debemos reconocer es que eso es normal, pues hasta uno de los apóstoles pasó por esa experiencia. Simplemente no pudo creer en la resurrección hasta que sus sentidos se lo demostraran.

Lo que nos pide Jesús está muy relacionado con eso. Como el mismo Evangelio anota las palabras de Jesús, “… dichosos los que creen sin haber visto.” Eso es lo que nos pide, tener una fe tan grande que podamos creer sin que de por medio exista una demostración que pase por los sentidos. Entonces, seremos dichosos, como Jesús lo prometió.

Es como una promesa de amor absoluto. Es pedir ser creído sin que se exijan pruebas. Y el amor verdadero se corresponde así, creyendo, sin condiciones. Es una consecuencia lógica del amor. Quienes se aman, no necesitan más. No piden demostraciones, no piden pruebas, no exigen testimonios. Por eso, San Juan en la segunda lectura, no tiene la menor duda ante esa aparición de Jesús. Juan lo ama y eso basta. No necesita más.

Pero si acaso en un momento de duda pedimos testimonios y pruebas, ellas nos rodean si es que las queremos ver. Están en las “señales milagrosas y prodigios” que llenan a nuestra iglesia en todo lugar y en todo tiempo. Están en los milagros comprobados, en las vidas de los santos… pero también están aquí, en el templo en el que oímos esta misa. Están esas pruebas en la devoción que tienen los que ahora estamos presentes. Las mismas personas que estamos aquí son esas pruebas que buscamos.

Las pruebas, si las pedimos, sobran y abundan. Basta sólo el tener ojos para verlas. Y las estamos viendo en esta misma misa, si volteamos a nuestro alrededor. Más aún, las estamos viendo, con las palabras que la primera lectura de hoy dice, “El número de hombres y mujeres que creían en el Señor iba creciendo día a día…”

Las pruebas, si es que las queremos, están en nosotros mismos. Nuestra presencia aquí ahora es una de esas pruebas. Por eso cuando salgamos del templo, entendamos claro que cada uno de nosotros es una demostración de Dios ante los demás y que debemos comportarnos como una prueba de que Dios existe… una prueba vital cuando otros las necesiten y volteen a ver nuestro ejemplo diario.

Por eso podemos comprender las palabras del salmo de este domingo: “Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, él nos ilumina. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

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SALMO 138

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

me agarrará tu derecha.

Si digo: “que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí”,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día.





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