Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
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Eduardo García Gaspar
7 octubre 2010
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Es una de las cualidades mayores que pueden adornar a una persona. La hacen valiosa y admirable. Me refiero a la de hablar claro, sin tapujos. No implica descortesía ni tosquedad, sino respeto por el otro y valoración de su inteligencia.

Encontré un caso raro de esta cualidad no hace mucho.

Se hablaba de impuestos y algunos recientes cambios en las leyes que los decretan. Una de las personas dijo que los impuestos eran necesarios para mantener a los gobiernos y pagar los servicios que prestan.

Muy bien, no hay problema, siempre que se haga de manera eficiente. Pero lo fascinante sucedió después.

Otro de los presentes añadió que los impuestos deben también ser usados como una herramienta de distribución de la riqueza. No es él único que piensa así. En México, por ejemplo, se lo he escuchado decir a miembros de todo gobierno, de manera clara a veces, de manera oculta, muchas.

Otra de las personas, a la que considero del tipo ése, del que tiene la cualidad de hablar claro y sin tapujos, expresó una opinión opuesta a la de usar a los impuestos como herramienta redistributiva. Lo que sigue es un resumen de lo que dijo. Y lo que dijo, bien vale esta segunda opinión.

La redistribución de recursos, propiedades, bienes, o dinero que realiza un gobierno se percibe a primera vista como un acto de compasión. Se le entiende como una acción caritativa, humana, generosa, que es necesaria para remediar la terrible situación en la que tantos viven.

Eso es lo que se suele ver en una primera impresión, un acto de compasión. La realidad es que los impuestos que se usan para propósitos de redistribución del ingreso no son realmente un acto misericordioso, ni lo podrán ser. Los impuestos usados para la redistribución de la riqueza son un robo.

El robo tiene un autor, el gobierno. El robo no se castiga porque es el mismo gobierno el que lo realiza. El robo se fomenta porque muchos creen en los impuestos redistributivos como un acto de generosidad, cuando en realidad son un acto de injusticia.

Ya supondrá usted lo que esas palabras produjeron en muchos de los presentes en esa discusión. Tacharon a quien las dijo de extremista, de radical, de muchas otras cosas más. Es ése el peligro de la claridad. Y esa cualidad es muy atractiva, especialmente cuando va acompañada de una explicación, que fue la que sigue.

Independientemente de sus efectos económicos que son malos, y conocidos, los impuestos que persiguen la redistribución del ingreso o la riqueza tienen un defecto mayor, uno de inmoralidad y de injusticia. Esos impuestos quitan a sus propietarios legítimos los frutos tangibles de su trabajo.

Por eso son un robo, porque quitan propiedades válidas, es decir, ganadas por medio del trabajo honesto personal. Un gobierno no puede retirar del bolsillo del ciudadano nada más allá del monto necesario para cubrir los servicios gubernamentales esenciales, como impartición de justicia y similares.

Si retira más de eso, se está cometiendo un robo, un acto inmoral y una injusticia. Los ingresos provenientes del trabajo honesto de la gente son su propiedad y no pueden ser robados. Si esos ingresos fueron obtenidos por medios deshonestos, no se trata de propiedades legítimas y están sujetas a castigos legales, pero no a impuestos redistributivos (que dejarían en manos del ladrón una parte del botín).

No sé qué piensa usted. Por mi parte, este argumento me parece irrebatible. Lo único que puede razonar aquel que se opone a creer que los impuestos deben redistribuir la riqueza o los ingresos es afirmar que la pobreza de muchos requiere atención urgente. Es cierto, pero eso no puede justificar un acto inmoral.

Los fines no pueden justificar a los medios. Usted no puede asaltar a su vecino justificado con la idea de que el dinero robado lo va a donar a la Cruz Roja, o a algún hospicio. Tampoco puede decirse que su vecino estaría haciendo caridad, porque lo que ha hecho lo ha hecho forzado. Tampoco usted ha hecho caridad, porque no ha usado sus propiedades, sino las de otro.

La persona terminó con un reto. Nos retó a todos a encontrar una falla en su justificación de que los impuestos redistributivos son inmorales. Nadie le contestó, aunque muchos casi se rasgaron las vestiduras. Por mi parte, salí de allí con un tema para mi columna.

Post Scriptum

La comparación con el robo al vecino es muy ilustrativa. Es obvio que si yo robo a un vecino su cartera y con ese dinero hago una obra de caridad, no haya mérito moral en ninguna de las partes. Ni en mí, ni en mi vecino. Cierto, quien recibe ese dinero se beneficia, pero su beneficio proviene de una injusticia.

Si yo hago eso, cometo un delito y no se entiende que eso mismo pueda hacer un gobierno sin que también constituya un acto inmoral. Inmoral a pesar de que exista un beneficiado.

Lo más atrayente de esta idea, sin embargo, es otro aspecto. Me explico. Los impuestos con fines redistributivos suelen ser atacados con razonamientos económicos sólidos que demuestran sus efectos indeseables, como el crear incentivos negativos a la creación de capital y el fomento a la dependencia del gobierno.

Son ciertas esas críticas, pero aún así, los proponentes de impuestos redistributivos alegan la necesidad moral de atender problemas de pobreza y defienden a esos impuestos como moralmente superiores. No son realmente morales. Son profundamente inmorales. Y ésta es una crítica más fuerte aún que la económica.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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