Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Avatares del Mercado
Eduardo García Gaspar
20 enero 2010
Sección: ARTE, ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
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La cinta se llama Avatar, su estreno es reciente, la dirigió y escribió J. Cameron. Hay otras películas que han tenido el mismo título. La palabra “avatar” en español significa algo como vicisitudes, pero en términos religiosos está asociada con transformación y reencarnación.

En inglés es como la manifestación de un alma en un cuerpo terrestre. Ese significado es aplicable a esa película que cuenta una historia vista mil veces, con diálogos comunes e insípidos dichos por personajes planos en moldes de clisés insoportables. Lo maravilloso de la cinta es su tecnología, explotada hasta la saturación durante casi tres horas.

La cinta me fue recomendada con entusiasmo por muchos. A mí me fastidió, como a otros también. Y eso, que sucede a diario con las películas y otros productos, muestra una lección económica de consideración, no resuelta hasta hace pocas décadas: el valor de los bienes está en la mente de los consumidores.

A casi todos eso nos parecerá obvio en estos días, pero no lo fue para muchos. No lo fue para Adam Smith, ni para Karl Marx: ellos creyeron en algo diferente, que el valor de los productos estaba contenido en el trabajo que requirió producir esos bienes. Por ejemplo, si esa película costó 500 millones de dólares (la cifra exacta es poco clara), se esperaría que se vendiera en esa cantidad.

Pero, todos sabemos, no es cierto. El costo de hacer la cinta de la Bruja de Blair fue de 35 mil dólares y recaudó unos 250 millones de dólares (6.5 millones fueron de publicidad). Del otro lado, otra película, Ishtar, costó 55 millones y recaudó menos de 13 en los EEUU. Algo similar, le sucedió a la cinta Cleopatra en 1964.

La evidencia es abrumadora. No importa lo que un producto haya costado producir que al final de cuentas es la evaluación del comprador lo que determina su precio. Una película, que es un bien final de consumo, sigue esa regla: los productores y emprendedores reúnen y manejan recursos para producir algo que ellos piensan será valorado por el comprador en más de lo que costó producir.

En otras palabras, los productos y las cosas valen lo que alguien piensa que valen y está dispuesto a dar dinero a cambio. La cinta de J. Cameron, para mí, valió menos que el boleto que pagué por verla. Según yo, ver efectos especiales maravillosos dentro de una historia llena de clisés y un guión pobre, fue pagar de más. Pero, lo maravilloso es que para otros, fue distinto.

Para ellos, la cinta valió la pena. ¿Cómo se sabe? Por dos sucesos. Primero, valoraron menos su dinero que el boleto para verla. Segundo, consideraron que la película era muy buena. No se equivocaron como yo. Es decir, nuestras compras están sujetas a errores propios.

Y, por si fuera poco, muchos críticos están en total desacuerdo con mi opinión. CNN reportó:

“James Cameron carried home two Golden Globes… for his 3-D blockbuster, “Avatar.”… which has sold $1.6 billion in tickets worldwide in just a month, was chosen best movie drama, while Cameron won for best movie director”.

Como las películas, el resto de los bienes tienen precios (expresados no sólo en dinero). Ni Marx, ni Smith, ni otros tuvieron razón al decir que el valor de un bien depende de, por ejemplo, el trabajo que se empleó para producirlo. El valor y el precio dependen de lo que el comprador crea. Esta es la razón por la que los precios no son posibles de fijar por nadie más que el comprador y el vendedor.

Cuando algún burócrata quiere fijar precios, de gasolina por ejemplo, se enfrenta a un problema insoluble: tener la información de un universo de compradores y vendedores sobre sus gustos, cálculos y expectativas para terminar con un precio igual al que ellos hubieran fijado. Si pone un precio superior, daña al comprador y beneficia al vendedor… y viceversa.

Es esa característica de beneficiar al productor lo que hace que la fijación de precios sea intentada por quienes lograrán ingresos adicionales. Por ejemplo, el precio de la gasolina en México es artificial, decidido por el gobierno y por eso, beneficia al gobierno mismo, que es el propietario del monopolio petrolero.

Imagine usted a J. Cameron acudiendo al gobierno y diciendo que se gastó 500 millones en la película y que, por eso, ella vale esa cantidad precisamente. Lo veríamos como un loco porque entendemos que la película vale lo que la gente diga, en este caso más de lo que costó hacerla y entonces, puede decirse que esos recursos fueron usados productivamente.

Post Scriptum

La cinta Avatar es en verdad una proeza de efectos especiales. La vi en 3D y resulta en más de dos y media horas de acción que demuestra lo mucho que ha avanzado la tecnología. La película se queda allí, en eso. El resto de los componentes de una cinta, la historia y los personajes, no están a la altura de la tecnología; la historia es una repetición poco original de fuerzas del mal (lo civilizado) y  y del bien (lo natural), en una dicotomía primitiva.

El militar villano y el empresario malévolo son dos personajes que están entre los peores “malos” de película que he visto. El héroe es simplista. La científica es insípida. Pero la imaginación que creó el mundo de Pandora es rica y sutil.

La comparación contra 2001: Odisea del Espacio es interesante. Según datos reportados, su producción costó 10 millones en 1968 y en cines recaudó en todo el mundo 69 millones: siete veces más. Si Avatar costó 500 millones para igualar a 2001 debería recolectar en teatros 3,500 millones. 2001 no sólo tenía efectos maravillosos sino una historia genial en la que hasta una computadora tenía una personalidad que aún se recuerda.

En resumen, una crítica de Avatar:

¿Un rato divertido? Más bien unas largas horas de acción y efectos especiales, muy espectaculares en verdad. Una cinta ideal para la mentalidad actual que ve en los efectos especiales una sustitución de historias y personajes.

¿Debe verse? Sólo por no sentirse parte de los que no la vieron y seguir la corriente de las mayorías y los críticos.


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