Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Burlas y Complacencias
Eduardo García Gaspar
28 julio 2010
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
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La historia comienza con un padre y su hijo, fabricantes de telas ambos y dueños de un burro que les servía como bestia de carga. Un cierto día, cuando se realizaba el mercado del pueblo, como siempre, los dos cargaron al burro con las telas que pensaban vender.

Muy temprano, por la mañana, iniciaron su marcha. Iba el burro en medio, con una buena cantidad de telas cargadas. A un costado caminaba el hijo. Del otro lado, el padre. Contentos iban hasta que encontraron a las mujeres que lavaban en el río. Su burlaron ellas de ambos, diciendo que eran tontos si alguno de ellos no montaba también el burro.

Las escuchó el padre y, para evitar las burlas que eran muy ruidosas, frente a las mujeres pidió al hijo que también montara al burro. Acabaron así las burlas de las mujeres y continuaron su camino. Poco después encontraron a un grupo de cazadores que se dirigía al bosque, los que al verlos comenzaron a protestar.

Gritaban que no era justo que el hijo montara el burro, demostrando falta de respeto a su padre, que el padre era quien debía montarlo y el hijo caminar, puesto que era más fuerte y joven. Los escuchó el padre, quien de inmediato pido al hijo desmontar al burro y se apresuró a montarlo, lo que acalló las protestas de los cazadores.

Siguieron en camino hacía el pueblo, con el padre montando al burro y el hijo caminando a su lado. Encontraron en su camino a otro grupo de personas, las que también se dirigían al pueblo a vender sus mercancías. Estas personas comenzaron a burlarse de ellos, diciéndoles que era tonto lo que hacían, pues sea quien sea el que caminara se cansaría mucho pudiendo evitarlo montando ambos en el burro.

Los oyó el padre y para acallar las burlas y desprecios de los que era objeto él y su hijo, pidió a su hijo que también montara, cosa que hizo y acalló así las risas de las que habían sido objeto. Continuaron el camino y ya casi en sus puertas, encontraron a un viejo que les hizo una pregunta.

“¿Es ese burro propiedad de ustedes?”. Respondieron que sí, a lo que el viejo les dijo que trataban al burro como si fuese de otro, que llevaba demasiada carga con las telas y ellos dos a lomo, que debían bajarse y cargar ellos mismos las telas para conservar al burro muchos años más. Y no sólo eso.

Les dijo también que para compensar el cansancio del burro debían ellos cargarlo en el resto del trayecto, que era corto. Sólo les faltaba cruzar el puente y estarían a unos metros del pueblo. Lo oyó el padre y creyendo que podía acallar al viejo, hizo que entre él y su hijo cargaran las telas. Al burro le amarró las patas y con un palo largo lo colgó, un extremo en su hombro y el otro en el de su hijo.

Curioso espectáculo ofrecieron al cruzar el estrecho puente de madera. Mucha gente acudió a verlos cargando al burro como si fuera una presa grande de caza. Tantas risas hubo, tan sonoras, que el burro se asustó y moviéndose con violencia les hizo perder el equilibrio. Cayeron todos al río. El burro se ahogó y las telas se mancharon.

Una vez en la orilla, el padre y el hijo miraron con desconsuelo sus pérdidas. Emprendieron el camino de regreso. Vejado y apenado, el padre dijo a su hijo, “Hemos perdido al burro y hemos echado a perder nuestras telas, pero la vida nos ha enseñado algo: tratando de complacer a todos, haciendo lo que nos pedían para evitar sus burlas, hemos complacido a nadie en verdad y sufrido un gran daño”.

La fábula es de Esopo y la moraleja que quiere dar la pone en labios del padre. Es parte del saber popular, algo ante lo que todos nos rendiremos. Sí, es cierto, tratando de complacer a todos, se complacerá a nadie. Me recuerda lo que sucede en las campañas electorales, en esas que son concursos de popularidad.

En ellas los candidatos escuchan a todos, no importa lo que digan y pidan, así sea la mayor de las tonterías. Los candidatos dicen que sí a lo que escuchan a otros decir. Y así van por su camino, diciendo que sí a quienes piden más gasto público y que sí también a los que piden menos impuestos… hasta que la realidad los alcanza y comprenden que es imposible complacer a todos.

El padre de la historia complacía a quienes se encontraba. Lo hacía para acallar sus protestas. El gobernante hace lo mismo y con eso crea una ciudadanía acostumbrada a no hacer nada más que pedir favores.

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