Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Campo Mexicano: Otra Estrategia
Santos Mercado Reyes
12 marzo 2010
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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Una de las víctimas más sufridas de la Revolución Mexicana es precisamente el sector rural con sus millones de campesinos, agricultores y jornaleros. Como si hubiera pasado Atila por las tierras nacionales el movimiento revolucionario se dedicó a desmantelar y destruir la estructura productiva que había creado Porfirio Díaz.

Los ranchos, las haciendas y las grandes extensiones agrícolas que surgieron bajo el impulso del liberalismo de Díaz y que llegaron a producir para el mercado internacional recibieron el feroz ataque de las ideas socialistas de principios del siglo XX.

Las fuerzas revolucionarias (todas de izquierda) se encargaron de estigmatizar a los hombres más productivos de México, acusándolos de explotadores, violadores, ricos,  abusadores, déspotas y ladrones. La población, irreflexivamente hizo eco, sin saber que estaban destruyendo su futuro y muchos se sumaron a la bola con la esperanza de  quedarse con parte del botín.

Los nuevos generales revolucionarios, verdaderos déspotas, se transformaron en los nuevos ricos,  sin haber sembrado ni arriesgado capital.

Para consolidar el  nuevo sistema político, el gobierno despojó de la tierra a los agricultores medios y grandes para asignarle pedacitos a manera de ejidos, a la gente que servirían como base social de la revolución mexicana.

No entregaron la tierra bajo el esquema de propiedad privada pues el ejido les facilitaba el control político de esas masas que sin ser dueños, podían usufructuar la tierra siempre y cuando apoyaran incondicionalmente a la clase gobernante y al Partido Nacional Revolucionario. Sin quererlo, se transformaron en las nuevas masas de hambrientos.

Los ejidatarios, sin poder vender ni comprar tierras, sin poder usar la parcela a manera de garantía, para obtener un crédito tenían que estar subordinados a la voluntad de las autoridades. Éstas podían regalar semillas, fertilizantes y dinero a los dóciles campesinos y comprar la cosecha mediante instituciones del mismo gobierno.

Los que verdaderamente se beneficiaron fueron los funcionarios del Estado que manipulaban esas instituciones.

Así pues, la destrucción de la propiedad privada en el campo, los ejidos (propiedad gubernamental) y la  propiedad comunal fueron los primeros causantes de la miseria en el campo mexicano en el siglo pasado. La pobreza fue un resultado natural, no podía ser de otra manera.

Para remediar los males creados por la acción gubernamental, se crearon instituciones estatales que dieron por resultado más y más pobreza: la Secretaría de la Reforma Agraria para seguir despojando a unos  y repartiendo ejidos a otros, el Banco Rural (Financiera Rural) para destinar recursos del erario que terminaron en los bolsillos de los funcionarios gubernamentales, PROCAMPO para institucionalizar la pobreza, entre otras.

Invariablemente todos los programas e instituciones gubernamentales han terminado por hundir al campo mexicano. Hoy mismo se destinan enormes recursos para garantizar ingresos seguros a la gente del sector rural, parece algo bueno, no lo es. Largas filas desde antes que amanezca se ven en los pueblos, es el día en que llega el reparto del dinero. La gente se preocupa más por esperar su cheque, que de sembrar la tierra.

En fin, podemos resumir dos grandes factores que mantienen al campo mexicano en una pobreza insultante:

1. La presencia del gobierno junto con sus programas, reglamentaciones y  ejército de funcionarios asfixia al campo mexicano.

El gobierno está naturalmente incapacitado para resolver la crisis rural. El gobierno debe retirarse del sector rural: no más subsidios al campo, no más instituciones, ni secretarias, ni programas rurales.

La acción del Estado, para que sea benéfica, debe reducirse a garantizar los derechos individuales  de  propiedad privada de la tierra; garantizar que funcione bien el mercado de la tierra, que la gente pueda comprar y vender sus parcelas libremente, sin más restricción que el acuerdo libre y soberano entre comprador y vendedor, y castigar a quien  cometa fraudes.

El Estado no debe asumir la responsabilidad de eliminar la pobreza pues esa se resuelve con el libre funcionamiento del mercado. El gobierno haría un gran papel en el campo mexicano si difunde la noticia de que cualquier empresa, nacional o extranjera, chica o grande que se asiente en el sector rural estará exenta de pagar impuestos; ayudaría si difunde que no se necesita pedir permiso ni hacer trámites ante las oficinas burocráticas del gobierno  para fundar una empresa en el campo, basta que el empresario avise cuándo inicia o termina operaciones, para efectos estadísticos, si acaso.

2. El campo necesita disfrutar de libertad económica.

Control estatal y libertad económica son exhaustivas y  antagónicas. Tener libertad en el campo significa que puedas comprar o vender tierras, sin más restricción que el libre acuerdo entre las partes, sin que intervenga el gobierno, el comisario, o la asamblea de ejidatarios; que puedas sembrar lo que quieras y vender tu producción donde te convenga, sea en las ciudades o en el extranjero.

Libertad económica significa que  puedas ofrecer, a manera de garantía ilimitada, la parcela que tienes a fin de obtener el crédito que necesitas; que puedas fundar un banco o una simple caja de ahorro y préstamos sin que el gobierno te controle o acuse de usura; que cualquier extranjero tenga los mismos derechos y deberes como cualquier mexicano.

El secreto para que el campo mexicano se levante y prospere radica en aplicar estas dos ideas de manera rigurosa y creativa. Esta es la estrategia neoliberal que México necesita.

Nota del Editor

La idea básica detrás de lo propuesto por Santos Mercado es de mero sentido común: el campo es un sector económico como cualquier otro y cada propiedad de tierra es un medio de producción no diferente a una planta que produce computadoras en el sector electrónico.

Fragmentar la tierra agrícola en porciones que no son propiedad real, tiene tanto sentido como dividir la propiedad de las fábricas de alimentos enlatados. Es un absurdo gigantesco.

Mises tiene comentarios valiosos al respecto.


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