Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Civilización Cobarde
Leonardo Girondella Mora
10 junio 2010
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Dentro de los temas considerados civilizados existe una regla muchas veces no escrita —la de no hablar de religión. Se dice que hay temas que no deben ser tratados en conversaciones educadas, como la política también, pero sobre todo, asuntos morales y religiosos.

La regla ha sido respetada hasta la obsesión y, muchas veces, justificada por hechos —como cuando una conversación sobre la moral se vuelve acalorada e irracional, una escena terrible de gritos e insultos, incluso de enemistades duraderas.

De lo anterior puede concluirse algo irrebatible: el tema religioso y moral es uno sensible en la mayoría de las personas. Claramente tienen ellas convicciones fuertes, sea a favor o en contra, pero las tienen y no están dispuestas a verlas siquiera cuestionadas. Sin embargo, existe otra conclusión no vista con tanta facilidad.

También puede concluirse que las personas no poseen en cantidad necesaria la habilidad para discutir un tema y razonarlo con tranquilidad, tolerando la posibilidad de puntos de vista opuestos.

La mixtura, formada por un tema muy sensible y la falta de habilidad para razonar, es un compuesto peligroso por explosivo —esta es la razón por la que en conversaciones llamadas civilizadas se rehuye el tema religioso. Una conversación civilizada, se cree, no trata temas controvertidos como el religioso.

Mientras que existe algo de razón en lo anterior, no puede dejarse de ver una secuela muy indeseable de la prohibición de temas como el político, el moral, o el religioso —la de hacer de lado e ignorar un tema básico y esencial. Si dentro de una conversación acalorada se trata algún tema de esos, al menos en ella existirá un tema importante a tratar.

Pero si en aras de tener una conversación que no hiera sensibilidades, se opta por sacrificar temas vitales, se termina por tener conversaciones irrelevantes y sin consecuencia, que no presentan oportunidades de aprendizaje personal. Mi tesis es que por lograr conversaciones educadas, las hemos convertido en conversaciones insípidas y desabridas —cosas insulsas y sin mérito.

El tener miedo a conversaciones acaloradas y fuertes, es lo que llama la atención: los temas de esas conversaciones suelen ser lo más importante y de mayores consecuencias. Es una actitud cobarde y medrosa, que rehuye lo que es vital, sea la religión, la política o cualquier otro tópico vital.

En mucho, por esta razón, los tiempos que se viven son ligeros y mediocres, llenos de irrelevancia —en los que es preferible hablar de los pintorescos sucesos de alguna celebridad del cine o del deporte, que de ideas y sus secuelas. No es que se exprese una opinión en contra de tratar el tema religioso, por ejemplo, sino que simplemente se ignora.

Un creyente convencido de su religión y un ateo feroz opositor de la creencia en Dios tienen más en común de lo que se piensa —ambos toman en serio en tema y están dispuestos a defender sus posiciones. No quieren abandonarlo, al contrario, desean que se analice y examine.

Ni para el ateo ni para el creyente existe la opción de dejar de tratar el tema por el temor de que alguien los considere incivilizados —que es lo que desean quienes se ven a sí mismos como civilizados y educados, una actitud sustentada en el abandono de los temas y las ideas realmente importantes. Es una nueva definición de “civilización”: preocuparse por los temas de menores consecuencias y más triviales para evitar discusiones.

Un síndrome actual demuestra esa mentalidad de abandono de lo vital —esa costumbre de llamar fundamentalista a todo el que posee creencias que desea defender. El calificativo funciona con efectividad automática: la persona “civilizada” de estos tiempos descarta a quien considera que tiene ideas claras, es decir, por consecuencia inevitable, defiende a la indeterminación y la vaguedad.

Mi intención ha sido mostrar una faceta de los tiempos actuales —la consecuencia de considerar civilizado a todo lo que evita tratar temas que son vitales y que es crear una mentalidad sustentada en lo trivial y baladí. Es natural que el vacío que deja el abandono de los grandes temas en las conversaciones, sea llenado con cualquier otra cosa. No sorprende, por tanto, que los temas tratados sean vulgares, prosaicos, ordinarios y ramplones.

Addendum

Un ejemplo real puede añadir mayor significado a lo que he escrito. En una conversación entre varios matrimonios se habló primero del calentamiento global —ante lo que una pareja se sintió herida cuando ese fenómeno fue puesto en duda por otros. Luego, la conversación se trasladó al aborto, y tres parejas se enfrascaron en una discusión fuerte e interesante, que fue suspendida por los anfitriones que obviamente no deseaban esa escena. Se terminó hablando de futbol buena parte del tiempo.


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