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Una persona cualquiera compra un bien —un automóvil en la agencia de autos de ¿Se calculan esas transacciones en la balanza comercial del país? No —todas las operaciones de compra y venta se realizan dentro de México. A nadie se le ocurre decir que Monterrey le vendió a Guadalajara, ni que Guadalajara le compró a Puebla. Sin embargo, las cosas cambian cuando la misma persona compra otros bienes. Un par de días después, esa misma persona acude a otra tienda —compra en esta ocasión un par de botellas de vino de la Rioja, español y varias latas de mariscos chilenos. Entonces, todo cambia, por alguna extraña razón esas compra-ventas dan pie para que alguien diga que Chile le vendió a México, o bien México le compró a España: las transacciones entran como por arte de magia a la balanza comercial del país. En el fondo, todo se debe a que unos productos pasan por una línea imaginaria y otros no —la línea imaginaria se llama frontera nacional y el mero hecho de atravesarla hace que entre en funcionamiento un sistema de contabilidad nacional que presupone que un país es una persona que compra y vende. Lo mismo podría hacerse, por ejemplo, entre dos estados dentro de México —Puebla podría llevar sus cuentas de balanza comercial con el resto de los estados y entonces se hablaría de que Puebla tiene un superávit con Yucatán. La acción puede llevarse a un nivel inferior, el de ciudad y entonces decir que Guadalajara le compró a Zapopan —y que Zapopan tiene un déficit con Guadalajara, todo dentro de un estado, Jalisco. No sólo eso, podría reducirse a barrios o colonias de la ciudad. En ese caso, por ejemplo, podría decirse que la colonia del Topo Chico le compró a la colonia del Mirador y registra un déficit con ese barrio. En todos esos casos lo que ha sucedido es que las mercancías cruzan líneas imaginarias de fronteras estatales, de ciudades, de colonias —nada real en verdad, todo es como una ficción. Pero, la reducción al absurdo de la balanza comercial no puede ir más allá de la persona, el comprador o vendedor. Allí se detiene —y también, aunque sea ridículo, podría calcularse la balanza comercial de cada hogar. Podría decirse que los Hernández le compraron a Coca-Cola, o que Pizza Hut le vendió a los González. No se puede reducir a una unidad más pequeña que esto las transacciones. La reducción al absurdo de la balanza comercial de un país, hace patente que en el comercio internacional lo que en realidad sucede es muy sencillo —un mexicano que vive en Querétaro compra una cerveza a la gente de Guiness que está en alguna ciudad de Irlanda. Eso es todo y resulta igual que comprar otra cerveza que se hace en Monterrey o en Dinamarca. Cada una de esas compras y ventas se hace de manera voluntaria y es, por tanto, de beneficio mutuo a ambas partes —una cuestión que no tiene discusión posible cuando se hace dentro de las fronteras de un país. Pero todo se revuelve cuando las mercancías cruzan fronteras. Esa revoltura sin sentido la produce la contabilidad de la balanza comercial porque ella calcula las cosas de manera equivocada y da resultados absurdos —como el juzgar positivos los superávits y reprobar los déficits comerciales. Para apreciar lo ilógico de esto debe verse el mismo panorama de la persona individual. Si cada persona examina su balanza comercial encontrará déficits muy consistentes siempre —con el supermercado, con el dentista, con todos aquellos a quienes compra pero no vende. Encontrará superávits con aquellos a los que vende, como la empresa para la que trabaja. ¿Hay algo malo en esto? Por supuesto, nada. Al contrario, las personas vivirán satisfechas con esa situación de déficits y superávits —sin que les quite el sueño. ¿Importa donde viven esas personas? No, para nada. Una puede estar en Santiago de Chile y la otra en San Francisco. Jamás se les ocurrirá a ellas calcular una balanza comercial propia. Tampoco se le ocurrirá pensar en calcular esa balanza a un barrio, ni a una ciudad, ni a un estado —sería absurdo. Pero sí se hace a nivel de país y eso es realmente curioso porque no tiene sentido y, lo peor, da entrada a la acción gubernamental que se preocupa por los déficits nacionales y se alegra de los superávits, produciendo un daño al bienestar de todos los que venden y compran por voluntad propia en todas partes. Es en verdad una distorsión contable de la realidad —motiva al burócrata a evitar déficits prohibiendo o dificultando compras con la nación con la que se tiene un déficit: sería igual que el gobierno se metiera a poner obstáculos en la transacción que una persona tiene con su dentista porque siempre es deficitaria; o que Saltillo prohibiera comprar cerveza de Monterrey. Es un artificio contable que reditúa al burócrata que así acumula más poder dando permisos y cobrando impuestos. La definición más o menos estándar de la balanza comercial dice que es la parte de la balanza de pagos que registra el equilibrio o desequilibrio de compras y ventas con el exterior y se expresan como déficit o superávit. Un déficit, cuando son mayores las importaciones, y un superávit, cuando son mayores las exportaciones entre personas de diversos países. La clave está en que sólo se contabiliza si sucede entre personas que habitan en distintas naciones —no en distintos estados, o ciudades, o colonias. Espero haber demostrado lo corto y anómalo de la balanza comercial y sus consecuencias en la expansión del poder de un gobierno. La demostración, que creo es irrefutable, se mantiene con vida, sin embargo, debido a que es una creencia arraigada en la mente de muchos ciudadanos comunes —lo que es una demostración a su vez de la escasa educación económica que se padece y que es otra causa del expansionismo estatal basada en un mito. Post Scriptum Ixe Banco, en México, reportó los datos siguientes (25 febrero 2010):
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Volkswagen que está en Guadalajara, México. Al día siguiente, la misma persona entra a un supermercado y compra un paquete de seis botellas de Bohemia. El auto está manufacturado en Puebla y las cervezas en Monterrey.








