Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Conclusiones Desconocidas
Eduardo García Gaspar
5 mayo 2010
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La comparación se hace con frecuencia y no está del todo desencaminada. Tiene su razón de ser e ilustra bien un punto. Es la historia que todos hemos escuchado y que contrasta a dos personas muy distintas.

La primera de ellas es, generalmente, un ateo. Es alguien que abiertamente afirma y jamás oculta que no cree en Dios. Dice que no tiene religión alguna y a todas ellas critica. Pero a esta persona se le conoce una conducta intachable. Es una buena persona, compasiva, dispuesta a ayudar. No miente. Es un padre de familia cuidadoso y preocupado.

La otra persona es alguien que se sabe es religioso, o al menos se le ve en misa. Habla de la religión, de que cree en Dios. Se compadece de los que no creen en Dios y, sin embargo, lo que se sabe de ella deja mucho que desear. Miente, trata mal al resto, es un padre descuidado, no es precisamente honesto y otras cosas parecidas.

    La lección que se pretende mostrar cuando se hacer la comparación entre esos dos personajes, suele ser la de que no hace falta la religión para ser una buena persona. Un ateo puede ser una gran persona llena de buenas virtudes y un religioso puede ser una mala persona, llena de vicios.

    Es cierto, pero hay más en esta historia de lo que suele reconocerse… que es lo que convierte a esa comparación en un clisé imposible de resistir analizar.

    Primero y lo más importante, es que reconocemos que hay virtudes y hay vicios, es decir, conductas buenas y conductas malas. Y que ellas son universales, aplicables a todos. Esto es admirable y va en contra del relativismo moral.

    Es una manera de mostrar que existen principios absolutos, aplicables a todos en todo momento. Es una manifestación de que en nuestra naturaleza existe una idea de lo bueno y lo malo, a lo que se añade un segundo aspecto que es poco mencionado cuando se hace la comparación entre ambas personas.

    La comparación nos llama la atención porque partimos de una premisa que está oculta en la historia.

    Suponemos que quien es religioso debería tener una conducta buena y lo que nos llama la atención es que no la tenga. Por eso resulta llamativo el contraste, porque también suponemos que el ateo no sentiría la necesidad de actuar de acuerdo con principios morales que asociamos con la religión.

    Esto es muy notable y ponemos escasa atención en esa premisa. Claramente asociamos a la religión con conductas que siguen mandatos morales buenos y que coinciden con nuestras conciencias, lo que es el tercer aspecto a considerar: esa sincronía entre nuestra conciencia que sabe distinguir lo bueno de lo malo, y los mandatos de la religión.

    Por eso nos extraña que un ateo tenga una conducta que coincide con los mandatos religiosos, al menos muchos de ellos, y los siga por decisión libre. Nos admira que quien no pertenece a una iglesia siga sus mandatos sin realmente saberlo. Es una sorpresa justificable.

    Igual que nos resulta sorprendente que quien se dice religioso no siga esos mandatos que su religión prescribe. A este personaje lo vemos con desprecio, pero al otro con entusiasmo mostrando una conducta que resultaría ejemplar para quien es religioso.

    Nuestra vida, estoy seguro, contiene a diario oportunidades de pensamiento como la de esta historia, que solemos oír con cierta frecuencia. Examinarla es un buen ejercicio mental en sí mismo, pero en general muestra también las oportunidades que perdemos cuando nos quedamos en la orilla y no damos el siguiente paso.

    La conclusión de la historia se queda en la idea de que no es necesaria la religión para ser una buena persona. Es cierto en parte, pero hay mucho más en ella que esa sola conclusión que la comparación entre esos dos casos nos deja. He mencionado tres aspectos adicionales que de ella derivan.

    Hay un cuarto aspecto, que es conclusión necesaria: si el ateo de buena conducta nos parece admirable y el religioso de mal proceder y reprobable, entonces deberemos concluir que la mejor combinación es el religioso de buena conducta. Es la persona en la que se conjugan los dos elementos positivos, religión y acciones buenas.

    Ese es el ideal al que admiraríamos más que a las dos personas comparadas. Lo que me lleva al quinto aspecto: creo que en nuestra naturaleza tenemos arraigada una conciencia de lo bueno y de lo malo, pero también una idea de la existencia de un Ser Superior.


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