Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Creadores de Excusas
Eduardo García Gaspar
13 mayo 2010
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Todos hemos pasado por situaciones similares. Entra usted al supermercado, compra varias cosas, entre ella una botella de Chivas Regal. Paga en la caja. Llega a su casa. Desempaca y guarda las cosas. Por causalidad se da cuenta de que el whisky costó una tercera parte de su precio.

No tiene usted dudas de que se trata de un error y eso le presenta un dilema moral: puede usted ir a la tienda e investigar lo sucedido, sabiendo que quizá tenga que pagar la diferencia… o bien, puede de inmediato ir a la tienda y comprar cuatro botellas más, aprovechando el error del sistema de lectura de barras… o no hacer nada.

¿Qué hacer? La alternativa de ir a comprar más con la intención de aprovechar el error es diferente y clara. En ella hay una intención de engaño, o de aprovechamiento desleal de una situación. Lo sucedido fue algo involuntario, pero esta opción no lo es, al contrario. Es moralmente reprobable.

La posible acción de no hacer nada, será quizá la más común. Usted se sonríe y está satisfecho: ha pagado mucho menos por esa bebida y eso le da un beneficio. Por supuesto, ese beneficio es un daño claro para el supermercado. Esta opción, que parece tan simple, sin embargo, tiene su sutileza, pues dependerá de quién es el dañado.

Si el perjuicio lo sufre una gran cadena de supermercados, es muy posible que usted se sienta con escasa obligación de ir a avisarles del error y pagar la diferencia. Pero si ese error fue cometido por una pequeña tienda, de la que es dueño un amigo, es mucho más probable que acuda usted a avisarle y pagar lo que debe.

Los dos son daños de igual monto, pero nos causa menos sentido de culpa la gran cadena de supermercados que la pequeña tienda propiedad de alguien que conocemos. Sin duda, ésta es la opción meritoria, la que debemos realizar, no importa quién sea el dañado. Lo que importa es que se tiene la obligación de avisar a quien sufre el daño.

Podemos racionalizar lo que queramos, pero la verdad se mantiene. Es la misma situación que se presenta cuando en un cajero automático se nos da más dinero del que recibimos y eso no se refleja en nuestros estados de cuenta. Debe devolverse el dinero, así sea un daño pequeño a un banco enorme, o un gran daño para un amigo.

Hay una opción media, que no es la ideal: la de hacer nada. No se repara el daño, pero tampoco se causa otro intencional. Uno puede racionalizar esta posibilidad: regresar al supermercado, gastar tiempo en la corrección y devolución. Quizá no valga la pena hacerlo, por el costo del tiempo propio.

Situaciones como ésta, de todos los días, tienen una gran utilidad personal para mostrar dos aspectos que debemos aprender a diferenciar.

Uno de ellos es el más sencillo de explicar: de entre las posible conductas que podemos tener, hay algunas que son claramente indebidas y otras que son las mejores. Debemos seleccionar, si queremos ser ejemplares, la que consideremos la mejor y que suele ser la que quisiéramos que otros siguieran en caso de nosotros ser los dañados.

Es este caso, del whisky, no hay duda. Si nosotros estuviésemos en el otro lado, habríamos querido que se nos avisara del error y se nos compensara por la pérdida. Es ponernos en los zapatos de los demás.

El otro aspecto es menos claro: es el de la enorme riqueza que tenemos los humanos para encontrar razones por las que no aceptamos la responsabilidad de actuar dentro del más alto estándar moral. Racionalizamos excusas ricas en creatividad y que nos sirven de justificaciones bajo las que cobijamos explicando lo debido que ha sido hacer lo que no debimos hacer.

Todo esto bien vale una segunda opinión para que en la siguiente ocasión que algo así suceda a nosotros o a otros, tengamos una oportunidad de ejercicio mental de un par de movimientos. El primero de ellos es el de determinar la conducta más elevada, la que hubiera realizado un santo, por ejemplo, reconociendo que es lo que deberíamos hacer.

El segundo movimiento es aún más interesante y se trata de darnos cuenta de lo creativos que somos para inventar razones por las que no hacemos lo que consideramos ejemplar. Realmente todos somos grandes creadores de excusas: buenas, atractivas, maravillosas.

Haciendo esos ejercicios, poco a poco, crearemos mejores hábitos y, lo mejor, podremos ayudar a otros a ejercitarse.


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