Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
¿Cuánto Para el Lápiz?
Eduardo García Gaspar
16 febrero 2010
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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El problema ha ocupado a algunas de las más grandes mentes del mundo. No es nuevo, ha sido tratado durante siglos. La gran sorpresa es que ahora mismo, ese mismo problema ha sido ya solucionado por una celebridad política, alguien a quien no hubiéramos imaginado que lo haría.

Ni tampoco que se elevara a las alturas de las soluciones de Santo Tomás de Aquino y el resto de los Escolásticos, por no mencionar a Cantillon, Smith, Bastiat y demás. Fue Hugo Chávez el que lo ha hecho, estableciendo “precios justos” en su país. Su receta para lograr esos precios es directa, como una receta sencilla.

Toma usted a una cadena de supermercados, por ejemplo, la llamada Éxito en Venezuela. La expropia usando la fuerza, tomando sus instalaciones con gente del gobierno. Una vez hecho eso, cambia usted el nombre de la tienda y la bautiza con algo patriótico, como Hipermercado Bicentenario. Después de eso, usted hace declaraciones:

“Ya todo esto no es propiedad privada, es propiedad de todos, es propiedad social, el Estado social administra la propiedad social… [se tendrán] precios justos, eliminando la plusvalía capitalista… 40 por ciento por debajo [de lo que hacían los anteriores dueños]”.

Y agregue a su gusto en el discurso menciones de los enemigos, los especuladores, los extranjeros codiciosos, los explotadores. Con una mezcla de adulación personal, como menciones de preocupación social, bienestar colectivo… y ya, ha quedado solucionado el problema de los precios justos. No olvide agregar a discreción el calificativo de social y hágalo con abundancia.

Es decir, los precios justos son los que determina el gobierno, en este caso, Hugo Chávez. La solución es universal e inmediata. Los precios justos en Argentina serán los que determinen los Kirchner. En Bolivia los que fije Evo Morales. En países menos personalistas, serán los que fije el congreso… y así sucesivamente.

Es la gran solución del socialismo del siglo 21: lo justo es lo que decrete el gobernante. “El precio justo soy yo”, podría parafrasearse.

Con la ventaja de que ya nada tenemos que decidir los compradores ni los vendedores. Si usted fabrica, digamos lápices, sólo tiene que ir con el presidente de su país o los legisladores, y preguntarles cuál es el precio justo de ese bien. O el de un Audi, o el de una lata de mejillones. O el del nitrato de sodio, o el ácido cítrico.

Por supuesto, no va a funcionar, pero la ilusión producida es fantástica, la de un mundo cuyas leyes son creadas por la autoridad y que, en el siguiente paso lógico, tendrá sus propias leyes físicas. Si al presidente no le agrada la tercera ley de la termodinámica, no hay problema, la puede cambiar por decreto y afirmar que el cero absoluto se puede alcanzar nacionalizando laboratorios.

El problema de fondo es la creación de lo que podemos llamar gobiernos de quimeras y funcionan más o menos así: el gobernante encuentra que alguna realidad le es inconveniente por la razón que sea, y decide atacarla negando su existencia y tratar de hacer realidad lo que a él sí le conviene. ¿No le gusta que suba el precio de la cebolla? No importa, él determina su precio y ese precio será por definición justo.

En la realidad los precios se determinan por decisiones de compra y de venta de consumidores y productores de acuerdo con percepciones subjetivas del valor de los bienes. Esta es la realidad y no puede cambiarse. Pero si esto es contrario a los intereses del gobernante, creyendo que puede cambiar la realidad a su antojo, dirá que ahora los precios los fija él y dirá así que, por ejemplo, el precio del litro de la gasolina es un bolívar, o medio, o tres… cualquiera será el justo.

Es igual a querer cambiar la ley de la gravedad y poner a Chávez al mismo nivel que Newton: ahora Chávez inventa su propia fórmula de atracción entre los cuerpos. Será fantástico que por decreto gubernamental los cuerpos caigan a una menor velocidad porque es de bienestar social el salvar las vidas de la gente que se cae de un décimo piso.

No funcionará, pero el gobernante podrá hablar diciendo que él ha cambiado a la realidad en beneficio del pueblo. En el caso de las leyes físicas, el fracaso se conocerá de inmediato, cuando alguien se tire de un edificio creyendo que el gobierno ha cambiado a la realidad. En el caso de las leyes económicas, el fracaso no se conocerá de inmediato.

Y, porque no se conocerá de inmediato, el ciudadano sufrirá las consecuencias tiempo después, lo que contrariará al gobernante sin darse cuenta del error original y motivándolo a nuevos intentos de cambiar la realidad: más expropiaciones, más leyes, más controles… hasta que sólo pueda mantenerse en el poder por medio del uso de la fuerza en contra de los ciudadanos.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.




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