Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Déjame Los Míos
Eduardo García Gaspar
7 enero 2010
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es el tiempo de los compromisos de año nuevo. Esa lista de cosas que las personas comprendemos que debemos hacer y que son buenas. Es la serie de propósitos para el año que comienza. Unos quieren hacer ejercicio, otros ponerse a dieta. Quizá alguno quiera iniciarse en la lectura.

Dejar de ver tanta televisión, ahorrar para el retiro, dar más tiempo a los hijos. Los más ambiciosos se plantearán todo un cambio de vida, un gran proyecto personal, como iniciar una carrera, comenzar una familia. Todos tienen un gran común denominador, el mejorar la vida personal.

No está nada mal. Es una muestra de que los humanos sabemos que hay cosas mejores que otras. Tenemos un sentido de la superioridad de ciertas cosas y de la bajeza de otras. No todo nos da lo mismo. Y eso es bueno, muy bueno. Pero lo es con una condición, que se refiera a nosotros mismos y no a otros.

Imagine usted a su mejor amigo que tiene algunos propósitos de año nuevo, como dejar de fumar, o comer menos alimentos chatarra., o ahorrar más, o hacer obras de caridad Pero su amigo quiere que usted los realice, no él. Es decir, él es el que quiere que usted comience a hacer todas esas cosas, como además hacer ejercicio diario a las seis de la mañana, no comer picantes y no beber tequila. Usted se reiría de su amigo.

O piense usted en sus propios propósitos de año nuevo, pero que ellos incluyan al resto de sus vecinos, a quienes usted obligará a ahorrar para su retiro, a hacer un chequeo médico anual, a manejarles el dinero de jubilación y ver menos televisión. No tiene sentido. Los propósitos de mejora son personales. No pueden implantarse en la vida de otros.

Por sanos, convenientes y positivos que sean sus propósitos personales, usted no puede imponerlos en los demás. A lo más que puede llegarse es a intentar persuadir a otros de que hagan ejercicio al menos cuatro veces a la semana, o a que dejen de fumar. Pero los propósitos de año nuevo son personales y nada más.

Sin embargo, en estos tiempos de una televisión que mata neuronas, demasiados están dispuestos a que los buenos propósitos de otros se impongan en nuestras vidas. Me refiero a los buenos propósitos que tienen los gobernantes en el poder. Ellos forman largas listas de buenos propósitos de lo que creen que es bueno y buscan imponer esas listas en la vida del resto.

Es como si el vecino llegara a su casa a principios de año y le dijera usted, “a partir de hoy vas a ahorrar el diez por ciento de tus ingresos, me vas a dar treinta para obras de caridad y mi sueldo, vas a dejar de fumar y ya no tomarás alimentos grasosos, además vas a dar dinero al médico que yo te diga para que te dé consulta”.

Si eso nos dice el vecino, lo sacaríamos a patadas de la casa. Lo acusariamos de loco.

Pero eso mismo es lo que nos dicen los gobernantes y, curioso en verdad, no los sacamos a patadas de sus puestos. No entiendo por qué, pero sucede. Los gobernantes suelen caer presas de una tentación muy difícil de resistir: sienten ser poseedores del secreto de una sociedad perfecta que de implantarse haría posible la felicidad universal.

La lista de propósitos de año nuevo que tenemos las personas comunes como usted y yo, se llaman proyectos de nación en el lenguaje del gobernante. Son una lista de propósitos de una persona que quiere obligar al resto a cumplirla. Más aún, en la mente del gobernante, todo se justifica para lograrlo: violencia, engaño, mentiras, todo. Convierten a su proyecto en una religión incuestionable.

La religión creada supone que si se cumple la lista de deseos y propósitos del gobernante será posible alcanzar una sociedad paradisíaca en esta vida. Todo lo que se necesita es permitir que el gobernante haga su voluntad sin frenos molestos como la división de poderes. Un clásico estado de bienestar sustentado en el sueño febril de un desquiciado.

Lo fascinante del tema es ver cómo ha sido posible que una lista de deseos personales propios del gobernante puede ser convertida en una serie de disposiciones obligatorias para millones. La lista de propósitos de Lenin, por ejemplo, fue aplicada realmente en la vida de millones. Igual hizo Pol Pot. Y que eso sea considerado positivo es algo que desafía cualquier análisis lógico.

Si ni usted ni yo podemos imponer a otros nuestra lista de propósitos de año nuevo, no veo la razón por la que sí puede ser impuesta la lista de deseos de Chávez, Correa, Ortega, Kirchner y muchos otros más. Todo lo que un gobierno podría hacer es facilitar las condiciones para que cada quien cumpla con su propia lista.


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