Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Del Bien Particular al General
Eduardo García Gaspar
24 agosto 2010
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Hay ideas que se quedan en la cabeza a pesar de haber sido leídas hace años. Pocos son los que las producen. Uno de esos fue Tocqueville (1805-1859), el escritor de La Democracia en América. Muy al principio de ese libro, habla de la democracia comparándola con la aristocracia.

Dice que si una democracia “será menos brillante que una aristocracia, también habrá en ella menos miserias. Los goces serán menos extremados y el bienestar más general; las ciencias serán menos magníficas y la ignorancia más rara; los sentimientos menos enérgicos, y los hábitos más moderados. Habrá menos vicios y menos crímenes”.

Y añade algo que sorprende, dice que “como [en una democracia] cada hombre será igualmente débil, sentirá necesidad de sus semejantes, y al saber que no podrá conseguir apoyo sino con la condición de prestar ayuda, descubrirá fácilmente que para él el interés privado coincide con el interés público”.

Estas ideas me entusiasman y desearía que fuesen más leídas de lo que son. Pero estos son los tiempos de la televisión, de lo políticamente correcto y de hábitos que atrofian la razón. Tocqueville pone en tela de juicio uno de los clisés más populares de nuestros tiempos, el de la oposición de intereses dentro de una sociedad. El de la creencia en la existencia de intereses irreconciliables entre grupos de personas.

Estamos tan acostumbrados a escuchar que existe oposición entre el interés privado y el interés público que aceptamos eso sin siquiera pensarlo. ¿Qué pasa si en realidad los intereses personales no son contrarios a los públicos? ¿Qué pasa si lejos de eso, los intereses privados coinciden con los públicos?

Las preguntas son tan extremas que, primero, en ciertas mentes causarán la misma impresión de imaginar un mundo sin gravedad, en la que los objetos floten. Tan atrevidas que son puestas de lado, ignoradas, para seguir viviendo en un mundo basado en lo contrario. Segundo, de ser cierto que no existe tal oposición de intereses, caerían por tierra una buena cantidad de opiniones políticas.

Tocqueville no alaba a la democracia incondicionalmente como suele hacerse en nuestros días, muchas veces por parte de quienes menos democráticos son. Simplemente la describe y al hacerlo, la descubre de tal manera que a nuestros ojos modernos parece algo totalmente nuevo. Y esto nuevo reta ideas establecidas, como la de oposición de intereses.

Piense usted en esto, sobre la idea de que los intereses particulares son contrarios a los intereses particulares se han construido teorías políticas enteras y se han erigido autoridades con planes de gobierno para remediar un problema que quizá no exista, o que es mucho menor a lo imaginado.

No hace muchos días en la radio se escuchó de nuevo. Un gobernante insistió en decir que su gobierno “ponía a los intereses sociales por encima de los particulares, a los de las mayorías por encima de los de las minorías”. Si esa oposición no existe, su gobierno dejaría de tener justificación.

Lo que Tocqueville dice es que el ciudadano “al saber que no podrá conseguir apoyo sino con la condición de prestar ayuda, descubrirá fácilmente que para él el interés privado coincide con el interés público”. Si esto es cierto, el marxismo pasa a ser una nota académica y la experiencia de la URSS, China, Cuba, Venezuela se prueba como una tragedia de proporciones pandémicas.

Basta pensarlo siquiera un poco. ¿Qué es el interés público? No puede ser nada más que la suma de intereses personales, pues es imposible que exista algo público que no tenga componentes personales. La única manera de encontrar oposición entre intereses, no hay otra, es dividir a la gente en grupos con intereses predefinidos como opuestos, es decir, los intereses se colectivizan.

Ya no hay personas, sino sectores, como entendió al mundo Lázaro Cárdenas en México, dejando una herencia de consecuencias terribles. Pero si efectivamente existen personas, lo que es innegable, pueden ellas por sí mismas tener ese hallazgo sorprendente para tantos: el mismo interés privado coincide con el interés público, el general. Y si eso se cree, la vida cambia.

De la lucha y el conflicto, todo prefabricado, se pasa a la coordinación y la cooperación mutua. No será un mundo ideal, no uno carente de roces y desavenencias, pero existirá la idea de que hay una manera de armonizar las cosas, de coincidir en intereses.

Post Scriptum

Por supuesto, existen roces y conflictos de intereses entre personas dentro de toda sociedad, pero ellos son personales e individuales, no colectivos ni de grupo. Saberlo ya es un adelanto que evita la erección de gobiernos sustentados en la creencia falsa de que su tarea es conciliar intereses sectoriales irremediablemente opuestos y que deben terminar con la victoria de un grupo sobre otro, que es la mentalidad estándar del gobernante.

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