Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Diálogos: un Error
Eduardo García Gaspar
31 marzo 2010
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: , , ,


La persona fue enfática. Aseveró que la caída del PIB en México durante 2009 se debió en su totalidad al descenso de las exportaciones. Otra persona le mostró evidencia contraria: países con un descenso similar en exportaciones, de alrededor del 20 por ciento, no habían tenido caídas tan bruscas en el PIB como México, y que algunas incluso habían crecido un poco.

La persona no cambió de opinión. Por la razón que sea, pero no lo hizo. Al contrario, adoptó una terquedad monumental. El caso es común y se trata de una especie de síndrome de terquedad irracional. El tema bien vale una segunda opinión porque continuamente se habla de las virtudes del diálogo y quien más lo alaba suele ser el menos capaz de cambiar de opinión.

El típico diálogo político que conozco es en realidad una colección de largos monólogos, aburridos y llenos de emoción, que no llevan a meta alguna. Una prueba de esto fue el pasado diálogo sobre la reforma energética en México: muchas palabras, gran cobertura de medios, cero resultados.

Para simplificar las cosas, supongamos una situación de diálogo entre dos personas.

Cada una de ellas tiene una opinión sobre un tema cualquiera y esas dos opiniones son contrarias. El tema puede ser el aborto, la caída del PIB en México, lo que usted quiera. Las dos personas se han comprometido a un “diálogo productivo”, como suele decirse.

Cada una de ellas explica su posición y la justifica con razones y pruebas. Ese es el primer paso. En el siguiente hay un intercambio o discusión de pruebas y razonamientos. Supongamos que una de esas personas presenta argumentos que son sólidos y probados, ajustados a la realidad y con demostraciones contundentes. Claramente demuestra tener la razón.

¿Qué hará la otra persona? Lo lógico es que acepte que la razón pertenece a la otra persona y que reconozca estar equivocada. Pero eso no sucede siempre. Es muy probable que la otra persona no cambie de opinión y se mantenga en su posición original: continuará en el error que ahora es voluntario e intencional. Las evidencias en contra de su opinión no han servido de nada a pesar de ser contundentes.

El diálogo no ha servido de nada, al contrario, ha empeorado la situación. De un error causado por desconocimiento se ha pasado a un error voluntario. El problema es aún más grave. La razón ha sido suprimida, sacada del diálogo. Ya no hay posibilidad de dialogar con una promesa de acuerdos. Una de las personas se ha colocado más allá de toda posibilidad de discusión en un nivel de auto-engaño que no tiene remedio.

El fenómeno al que me refiero es común, muy común, en terrenos económicos, políticos, culturales, religiosos, morales. Por ejemplo, cuando se habla de las bodas de personas del mismo sexo, o del aborto, este síndrome del auto-engaño es algo que sufren ambas partes. No sólo usan argumentos débiles e insultos impropios, también se alejan del pensar y razonar. No quieren la verdad, lo que quieren es dejar de pensar y así ganar la discusión por otros medios… el favorito es el de la negociación y que por definición es erróneo.

La verdad no puede ser negociada, porque termina en mentira. Y las evidencia, pruebas y razonamientos no pueden ser ignorados sin sufrir consecuencias negativas.

Al final de cuentas la discusión entre dos personas que opinan diferente en un asunto puede ser ganada con argumentos sólidos e irrefutables, o por otro medio también: la fuerza. Con una pistola apuntada a su nariz, cualquier persona estará dispuesta a aceptar que la luna está hecha de queso. Esto es común de ver en las marchas callejeras.

Hay otra salida posible (y cobardemente cómoda), la de suspender el diálogo y decir “cada quien tiene su verdad”. Ridículo, pero muy usado. Es la salida placentera del relativista, un ser que ha renunciado a pensar y que curiosamente se encuentra en muchas escuelas y universidades.

En las profundidades de esta mala situación está la pésima educación que se da en las escuelas: no se enseña allí la pasión por la búsqueda de la verdad, ni se admiten ideas originales, ni se enseña a razonar con lógica. Menos aún se muestra la humildad que se necesita para aceptar que otros tienen razón. En realidad, lo que se les enseña es a negociar posiciones personales, una buena manera de destruir conciencias.

Las cosas se complican porque en todos los terrenos tenemos conocimientos tentativos y que admiten futuros adelantos. Algunas demostraciones son irrefutables, pero otras muchas son razonables, muy razonables, pero no muestran total certidumbre. Aún así, es posible usar a los diálogos como una forma de avance al discutir puntos divergentes.

Pero los diálogos pueden ser lo opuesto y convertirse en una forma de retraso intelectual, cuando las personas dejan de usar su habilidad para razonar. Y este es el miedo que tengo, muy bien ejemplificado en el manejo de los resultados de proyecciones climáticas, las que han dejado de buscar la verdad.

Post Scriptum

Para esta columna usé ideas de Budziszewski, J. (2009). The Line Through the Heart: Natural Law as Fact, Theory, and Sign of Contradiction. Intercollegiate Studies Institute, páginas 18-19.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





esp
Búsqueda
Tema
Fecha
Newsletter
RSS Facebook
Extras