Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Dos Problemas Liberales
Leonardo Girondella Mora
24 marzo 2010
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Análisis
Catalogado en:


La defensa de la libertad contiene dos problemas y no uno como suele suponerse —siendo el más obvio el de esa defensa frente a los embestidas que sufre por parte de quienes la combaten, los socialistas.

La lucha entre liberales y socialistas ocupa los esfuerzos de ambos grupos, dejando sin atención al otro problema oculto de los liberales. Lo que quiero explorar es ese segundo problema —pero antes, conviene tener una perspectiva del tema.

La conflagración entre liberales y socialistas en realidad se reduce en buena medida —no toda— al papel del gobierno en la sociedad. Las tesis socialistas, una vez desprovistas de sus ropajes, enfatizan un papel creciente del poder gubernamental. Por su parte, en esta lucha, el liberalismo y sus ideas combaten la expansión del poder estatal.

Por ejemplo, un hecho reciente: la reforma al sistema de salud en los EEUU, el ObamaCare, es una medida socialista porque amplia el nivel de intervención gubernamental y lo hace mayor —algo a lo que se opondría un liberal.

La pugna se desarrolla en dos niveles, el filosófico y el pragmático. En este último se muestran resultados reales de la aplicación de las ideas liberales y socialistas —donde el liberalismo sale muy bien librado. En el plano filosófico se discuten temas no sujetos a comprobación pragmática y, por eso mismo, no existen visos de solución.

Mi tesis es una franca: los liberales deben librar esa defensa de sus ideas. No pueden escapar a ella —pero también deben atender a un problema que los socialistas no tienen. Las propuestas socialistas, al combatir a las libertades humanas, se han deshecho del problema que permanece en el liberalismo.

Ese problema es el de qué hacer con la libertad —los socialistas no lo tienen pues para ellos la libertad debe ser anulada, o al menos muy limitada por el gobierno, como el ObamaCare obligando a comprar seguros a toda la población so pena de pagar impuestos adicionales. Pero cuando alguien defiende a la libertad, no sólo debe encontrar argumentos para tal apología, también debe responder qué hacer con esa libertad.

Ese “qué hacer con la libertad” puede ser respondido mediante la decisión personal de cada persona —las elecciones individuales que van desde la libertad para fundar una empresa hasta la de votar por un gobernante, pasando por la elección de cónyuges, lecturas, compras, viajes, estudios y muchas otras.

Esas libertades suelen ser agrupadas en tres categorías: libertades políticas, económicas y culturales —siempre considerándose que la libertad es al final de cuentas una sola y que si se separan en grupos, es sólo para propósitos analíticos o didácticos.

Ese segundo problema se revela al entender que la libertad necesariamente implica decisiones de selección entre alternativas de acción humana —es decir, por necesidad los defensores de la libertad necesitan exponer criterios de decisión que distingan entre decisiones buenas y malas. No hay manera de escapar a esta necesidad de valorar a las decisiones.

El socialista carece de este problema, ya que al favorecer la expansión del poder gubernamental —lo quiera o no lo quiera—, establecerá al criterio gubernamental como el que dictará la diferencia entre las decisiones buenas o malas. No necesita el socialista tener un criterio guía para la persona libre, pues bajo su sistema, el ciudadano no es libre.

¿Para qué tener un criterio de guía para la libertad si la persona no es libre dentro del socialismo? En este sistema la opinión que vale es la del gobernante, quien sustituye al ciudadano tomando por él las decisiones.

Pero el liberalismo sí lo necesita y debe ser un criterio de decisión externo al gobierno, que sea superior a la autoridad y que ésta se someta a él. ¿De dónde sacar ese criterio que guíe a la libertad y que pueda distinguir entre decisiones personales buenas y malas? La única respuesta posible es tener un código moral o ético.

Visto de manera franca: para el socialismo el problema de la necesidad de un código moral se reduce a la voluntad gubernamental, como se ha hecho en México en los libros de texto que promueven la promiscuidad entre jóvenes de secundaria —lo que digan las leyes de un gobierno de poder expandido es lo que debe hacerse sin apelación a nada más que la voluntad de los gobernantes que así ordenan a los ciudadanos. En este caso ya no son los padres quienes deciden la educación de los hijos, ha sido un burócrata quien lo ha hecho.

Para el liberalismo, en cambio, existe la necesidad de un código moral por encima del gobierno y al que éste debe someterse, que sirva de guía al uso de la libertad de cada persona. El liberalismo, en palabras directas, no puede sobrevivir sin tener un código moral que parta de la base de la justificación de la libertad y de allí derive consecuencias lógicas de la naturaleza humana.

Ése es el punto al que deseaba llegar, el del segundo problema del liberalismo: su necesidad de una serie de principios que la persona libre use como una guía que le lleve a distinguir entre decisiones buenas y malas. Es una necesidad que el socialismo no tiene, pues bajo su régimen el ciudadano sólo debe seguir la voluntad gubernamental.

Nota del Editor

Quizá sea deseable añadir otra óptica sobre el tema. La tesis de Girondella es en extremo cruda: el socialismo ha resuelto el problema ético por la vía rápida, pues no tiene necesidad de principios éticos sino de decisiones de gobierno. Lo bueno para el socialismo es lo que manda el gobierno. Lo malo es lo que prohibe o limita. Véase Intervencionismo Moral.

En Rice, C. E. (1999). 50 Questions on the Natural Law: What It Is and Why We Need It. Ignatius Press, p. 239, se señala un punto digno de mencionar.

“La jurisprudencia secular no funciona”, es decir, los dictados u órdenes gubernamentales no sirven frente a la necesidad humana de aceptar una autoridad última. “Toda sociedad, como todo hombre, debe tener un dios” que es ésa autoridad suprema. Se trata de una especie de origen último de la guía de la libertad.

Esa autoridad última, para muchos es Dios y de él obtienen sus principios morales. Si no es Dios, de cualquier manera se necesita la autoridad última y ella, sin remedio, tendrá que ser encontrada o inventada por el hombre. El dios del socialista es la voluntad del gobernante que es guía coercitiva del resto.

Los “dioses” inventados por el hombre y tomados como última autoridad, pueden ser los consensos, las opiniones mayoritarias, los tribunales supremos, o cualquier otro. Pero hay otra salida, el uso de la razón humana, lo que apunta a la solución del Derecho Natural que así se convierte en una herramienta que evita la expansión gubernamental.

Desde luego, aunque la razón puede encontrar los principios del Derecho Natural, éste tiene un buen componente religioso.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.


No hay comentarios en “Dos Problemas Liberales”
  1. Corina Dijo:

    Parecia que la fascinacion por el comunismo habia terminado con la caida del Muro de Berlin, pero no fue asi pues ha renacido con tal fuerza, aun en los Estados Unidos ahora con Obama, y el triunfo que ha tenido en pasar su Obama Care, por medio de corromper el Sistema democratico de Estados Unidos, pues no voto un solo Republicano para ello, solo los Democratas lo hicieron por medio de convencerlos corrompinedolos, pero ahora el heroe es Obama, pero a costa de acabar con la Democracia en este Pais, pues bien se ve que en adelante solo la corrupcion es la que va a mandar entre el Partido Democrata





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