Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Efectos de un Olvido
Leonardo Girondella Mora
2 marzo 2010
Sección: RELIGION, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Existen dos manera básicas de reaccionar un problema, no importa cuál sea —una de ellas es aceptar su existencia, y seguir los pasos lógicos siguientes: comprenderlo, estudiarlo, buscar soluciones y sus efectos, para después actuar. La otra manera es ignorarlo.

Tomo un problema, quizá el más esencial que enfrenta una persona, el de la existencia de Dios. Un creyente toma el problema seriamente, y lo mismo hace otra persona, el ateo. Entre ellos han argumentado seriamente, dando razones en pro y en contra en una discusión que me imagino nunca terminará.

Para ellos es importante el tema —no sólo importante, sino de tales consecuencias que es el tema de mayor relevancia que puede tenerse en todos los tiempos. El tema, debo señalarlo, es importante para ambos, incluso para el ateo que combate con ardor la idea de que Dios exista.

Mas aún, dentro del campo religioso, existen diversas opiniones sobre Dios que tampoco son tomadas a la ligera, todo lo contrario. Señalo esto con énfasis porque quiero anticipar la reacción segura de algunos lectores que han llegado hasta este párrafo pensando en dejar de leerlo creyendo que aquí se trata otra vez un tema sin importancia en el mundo moderno. No pretendo persuadir a ese lector moderno para que acepte la existencia de Dios —pero sí pretendo explorar las consecuencias de dejar el tema de lado.

Pero lidiar con el asunto de la existencia de Dios ha merecido ese otro tratamiento, el de ser colocado fuera de la discusión —ponerlo de lado, ignorarlo, dejarlo de considerar. La imagen del avestruz es el ícono más ilustrativo de esta actitud y merece ser examinada con más profundidad de la usual.

Ignorar la discusión sobre la existencia de Dios es, en sí misma, una posición errónea —los problemas no desaparecen por el mero hecho de ignorarlos. La realidad existe a pesar de la voluntad y es independiente de los deseos humanos. Esto es sencillo de demostrar viendo lo que sucedería si esa misma actitud se aplicara a otros problemas.

Si acaso se tiene un problema como el del terrorismo, cualquier mente razonable apuntará la conveniencia de aceptar su existencia y de allí partir hacia medidas de solución. Quien dentro de una habitación encuentra un león hambriento tendría una actitud muy curiosa si reaccionara diciendo que ignorará el problema.

Los problemas no desaparecen por medio la voluntad de ignorarlo —pero, además, los problemas pueden categorizarse en jerarquías de importancia: cuanto más severas las consecuencias del problema, mayor importancia del problema y de la atención que a él se dedique.

Lo anterior lleva a calcular las consecuencias de creer o no en la existencia de Dios —no creo que haya problema de mayores consecuencias en los humanos que esto. El mundo en el que se vive sería de muy diversa naturaleza dependiendo de si se lograse tener certeza sobre una de las dos posibilidades. Demostrar con certeza que Dios existe daría como resultado un mundo muy diferente al de la opción contraria.

Por supuesto, nunca en esta vida se tendrá la certeza absoluta de la existencia de Dios en todos lograda por medios irrebatibles —como tampoco se tendrá esa misma certeza de que no existe. Esta incertidumbre complica las cosas notablemente, pues se tiene el problema de mayores consecuencias en la vida.

No sorprende pues que tal tamaño de problema quiera ser puesto de lado —sus dificultades son tremendas y sus consecuencias mayúsculas. Ignorarlo resulta cómodo, pero también tiene consecuencias, que es lo que ahora examino.

Cuando un problema se ignora, el que sea, la conducta que le sigue a esa acción es natural —se actúa como si no existiera el problema: en este caso olvidar el problema de la existencia de Dios equivale en la práctica a actuar como si Dios no existiera. La decisión de ignorar el tema es en sí misma una decisión también, la de una conducta que se sustenta en la hipótesis de que Dios no existe.

Es el desenlace natural de ignorar el tema —un agnóstico que piensa que no puede conocerse a Dios se comporta de igual manera que un ateo porque piensa que no es posible conocer siquiera si Dios existe. No es un ateo, el que está convencido de que Dios no existe, sino uno que es escéptico al respecto y, como consecuencia, olvida el asunto.

Arribo entonces a la conclusión que quise demostrar —el relegar el tema de la existencia de Dios es igual en su consecuencia a aceptar la opinión de que no existe y eso, a su vez, trae como consecuencia la formación de un mundo humano sustentado en la noción de que Dios no existe. No es una noción explícita, sino subyacente: estaría implícita en la vida de hombres y mujeres de esa sociedad.

Es decir, el tema de la existencia de Dios que puede ser tratado con discusiones abiertas entre creyentes y ateos ha recibido una “solución” involuntaria a ser puesto de lado: se actúa bajo la hipótesis oculta de que no existe —y por definición se tiene un mundo muy diferente al que se tendría al aceptar la discusión abierta y clara sobre si Dios existe.

Addendum

Me parece conveniente adicionar un comentario: la hipótesis de que Dios no existe y actuar en consecuencia contiene un elemento de comodidad. Pensar que Dios no existe, necesariamente acarrea el abandono de la idea de un juicio personal ante Dios del que dependerían las condiciones de la vida eterna. Sin esa última rendición de cuentas, la flexibilidad moral sería notablemente ampliada y posible de modificar a voluntad —el mundo sería uno en el que la idea de una moral absoluta es absurda.


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