Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Cardenal y Sus Críticos
Eduardo García Gaspar
12 agosto 2010
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Es una buena historia para explicar una de las falacias más comunes. Comienza con la noticia de hace días: el cardenal Norberto Rivera declaró algo. Dijo,

“Ante el aberrante juicio de constitucionalidad que avala la inmoral reforma de ley que permite las uniones entre personas del mismo sexo, abusivamente llamadas matrimonio, por parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la Iglesia no puede dejar de llamar el mal al mal”.

Pocas dudas quedan del significado de esas palabras.

Sigue otro suceso, el de la reacción ante esa declaración por parte de quienes sí apoyan los matrimonios de personas del mismo sexo. Es mi impresión que la principal argumentación en contra del cardenal utilizó razones de un tipo.

Del tipo que señala que es la Iglesia Católica la que ha cometido actos aberrantes, refiriéndose a esos escándalos de pederastia y abusos sexuales. Y, en algunos casos, he escuchado el argumento de que los “aberrantes” son los sacerdotes que han abusado de menores.

En total, tenemos un caso muy claro de un tipo de falacia, la de argumentar en contra de la opinión de alguien atacando a su persona o su institución, no examinando sus argumentos. Es la misma situación que se tiene cuando la persona A acusa a la persona B de corrupción y la persona B se defiende diciendo que la persona A también es corrupta.

En este caso, el cardenal Rivera hizo una aseveración muy clara, que expresa su opinión de manera inequívoca. Quizá de lo que se le puede acusar es de un vicio verbal, el de usar demasiados adjetivos muy fuertes, lo que suele debilitar las discusiones. Pero sin duda, el significado es diáfano: la iglesia del cardenal reprueba los matrimonios de personas del mismo sexo y por tanto, está en contra de lo dispuesto por la corte mexicana que los aprueba.

Se esté o no de acuerdo con el cardenal, no importa, para aceptar que su posición puede ser entendida por todos. Vayamos ahora con la argumentación de quienes están en contra de lo dicho por el cardenal, concretamente a los que expresaron su desacuerdo apuntando los escándalos sexuales dentro de esa iglesia.

¿Es válido hacer eso? Claramente no, si lo que se persigue es rechazar la opinión del cardenal. Con escándalos sexuales o sin ellos, el cardenal puede haber dicho una verdad… o no, sin importar que haya habido o no esas conductas reprobables por parte de algunos sacerdotes católicos.

Este es el punto a comprender. La persona puede tener una opinión mejor que la de su opositor con independencia de lo que ella sea o haya hecho. Un ladrón puede opinar que el robar es aberrante e inmoral, que eso no deja de ser cierto a pesar de ser un ladrón. En el caso del cardenal sucede algo parecido.

La Iglesia Católica, a la que pertenece el cardenal, ha encontrado a algunos de sus ministros culpables de faltas sexuales severas e incluso de intentos de ocultarlos. Eso es una conducta reprobable a todas luces, pero de esto no depende la veracidad de otras opiniones y creencias católicas.

Es decir, tratar de negar la validez de lo que dijo el cardenal usando el método de acusar de escándalos sexuales a su iglesia es irrelevante. Tanto que se trata de una falacia, quizá la más famosa de todas, conocida como ad hominem: tratar de ganar una discusión insultando al opositor.

Total, estamos frente a otro caso de una mala discusión pública que tiene efectos indeseables en quien la presencia. Es posible que muchos lectores de esas noticias concluyan aceptando que el cardenal está equivocado por causa de los escándalos dentro de su iglesia. Es erróneo pensar así, igual que si a usted le dijeran que sus opiniones son falsas porque en algunas ocasiones ha bebido de más.

Examinando con siquiera un poco más de profundidad el caso, se encuentra congruencia en lo que dice el cardenal: obviamente su iglesia considera reprobable el ejercicio irresponsable de la sexualidad humana convertido en placer solamente. Pensando así, es natural que reprueben la conducta de sus propios sacerdotes abusando de menores, pero también la de quienes no son sacerdotes y desean un sexo sin fines reproductivos.

Al final, se queda uno con un mal sabor de boca. Una discusión productiva posible, que eduque a muchos, es echada a perder por un modo aberrante de razonar.

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