verdad

El riesgo y peligro de la mente abierta. La mentalidad que basa su superioridad en aceptar todo y examinar nada. Una que termina por poner atención en lo que poco importa, o relegar lo que sí importa.

Introducción

Chesterton cree que la filosofía, que la teoría, son despreciadas por el hombre moderno que presume de ser práctico. Al contrario, quienes se precian de ser prácticos y dicen tener la mente abierta son lo menos práctico que existe y lo más inclinado al peligro. 

El gran mérito del autor es poner en perspectiva algunas de las creencias actuales para verlas en sus dimensiones reales y consecuencias prácticas. La idea de este resumen fue encontrada en Chesterton, G. K (2007). Herejes, Barcelona, El Cobre, pp 11-21. 

Punto de arranque

El inicio del autor es una exposición de las ideas de ortodoxia y herejía.

En otros tiempos, dice, las personas sentían orgullo de ser ortodoxas, de estar en lo cierto. Rechazaban el ser consideradas herejes. Había orgullo en admirar la ortodoxia, pero las cosas han cambiado y la herejía ya no significa estar equivocado.

Ahora es equivalente de una postura, la de tener la mente abierta, con todo y el peligro que eso acarrea. Este cambio de significado es importante.

Locura y herejía

Significa solo una cosa, que la razón filosófica ya nada importa a las personas. Si antes era preferible declararse loco antes que hereje, eso es distinto ahora.

Antes, tontamente, podía quemarse a una persona en la hoguera por su filosofía, pero ahora hay algo aún más tonto, el hábito de creer con seguridad que la filosofía no importa. Es un olvido de las generalizaciones, del todo.

Hasta el mismo ateísmo, dice, es rechazado por vérsele demasiado teológico. Importan las opiniones del detalle, pero no del todo. «Todo importa, menos el todo».

Importan los detalles sobre un pintor o sobre un tranvía, pero nada sobre el universo. No importan las ideas ni el modo de pensar de las personas.

Un ejemplo

Se escucha, por ejemplo, decir a alguien que la vida no merece ser vivida, y esa afirmación pasa sin ser examinada. Es ignorada como la de decir que hace un buen día. No se piensa en las consecuencias de decir tal cosa. El peligro de la mente abierta que nada examina.

Si fuese cierto que la vida no merece ser vivida, dice Chesterton, el mundo entero estaría al revés. Los asesinos, lejos de ser apresados, recibirían medallas del gobierno. Ya no habría medicinas, sino venenos; la caridad estaría prohibida.

Es una prueba de que ya no importan las teorías. La filosofía está por demás en estos tiempos.

En resumen, la primera idea del autor es apuntar un cambio sufrido. De las preocupaciones por las ideas, la filosofía, la teoría, se ha pasado a un tiempo en el que todo eso ya no importa.

Es lo de menos si alguien es materialista o idealista o cartesiano. Da lo mismo todo lo que sea general o filosófico.

Una intención no lograda

A esa idea, ahora añade otra. Dice que esa transformación no era la que buscaron quienes nos heredaron las libertades de las que gozamos.

Los liberales viejos pensaron que al dejar de reprimir a las herejías, seríamos capaces de producir grandes cosas y tener grandes descubrimientos.

Para esos liberales importaba la verdad, y la libertad era un instrumento para que todos aportaran a descubrirla, con ideas religiosas, filosóficas, teorías.

Pero lo que ha sucedido no fue lo que ellos pensaron. En estos tiempos, la verdad no importa. El todo es irrelevante.

Y más aún, si antes la ortodoxia imponía que solo los conocedores podían abordar un tema como la religión, ahora la libertad ha hecho posible que nadie pueda hablar de religión.

La idea del buen gusto (quizá posible de entender ahora como corrección política) ha podido acallar lo que nadie pudo hacer antes.

Es de mero mal gusto ser un cristiano declarado, pero también un ateo declarado (véase, por ejemplo, Chesterton, G. K [2005]. La Esfera y la Cruz. Madrid. Valdemar).

La opinión de los otros

Pero existen otros que no piensan así, que creen que lo más práctico que existe es la comprensión del universo, del todo. Esos que reconocen el peligro de la mente abierta que termina por cerrarse a lo que importa.

Chesterton declara ser una de estas personas para quienes lo más importante es la filosofía, la teoría y que creen que ellas son lo más práctico que existe.

Si la propietaria de una casa de alquiler acepta a un nuevo inquilino, le interesará saber sus ingresos, pero sobre todo su manera de pensar. A un militar le interesa saber la filosofía de su enemigo.

La religión, la teoría, la filosofía han sido expulsadas de dos de los campos en los que se ocupaban. De la literatura en el reclamo de «el arte por el arte» y de la política en aras de la eficiencia y «la política por la política».

Las nociones de libertad y de orden han disminuido, lo mismo que el ansia de ser ingeniosos y elocuentes. La literatura es menos política y la política menos literaria, dice Chesterton. El resultado es el empeoramiento de las cosas.

Cuando las personas se tornan débiles e ineficaces, inicia el tema de la eficiencia. Es lo mismo que le acontece a alguien que está enfermo y entonces habla de salud. Quien goza de vigor y fuerza, habla de ideales y metas, no de eficiencia ni de procesos.

El más claro signo de salud es la ambición por tener ideales alocados.

Los grandes personajes no habrían hablado de esforzarse por la eficiencia, pero sí habrían hablado de luchar por la igualdad y la libertad. Se pensaba en metas, no en medios. Tenían una visión del todo, sin sucumbir a la debilidad.

Reducción de estaturas

Para bien o para mal, esos trataban los asuntos con grandeza de miras. Ahora, son personas de escasa estatura las que tratan los asuntos políticos y literarios.

Ellos tienen ahora la libertad que pidieron y pueden hacer todo lo que deseen, sin limitaciones.

Antes no se tenía esa libertad, de, por ejemplo, escribir de nuevo El Paraíso Perdido, y hacer que el demonio venza a Dios, o que en una nueva Divina Comedia el infierno se encuentre en la parte superior.

Nada digno han hecho. El desprecio por las teorías y la filosofía ha dado resultados fracasados. Se puede ser blasfemo solo cuando hay filosofía.

El ideal moderno de ser un tipo práctico, el peligro de la mente abierta, es algo descabellado y engañoso. En teoría se es un hombre práctico, pero en la práctica se es menos práctico que un teórico.

Nada hay que fracase tanto como él éxito, dice Chesterton, de quien nada más piensa en la victoria inmediata. Es el oportunismo el que falla por evitar los grandes temas y las visiones totales.

Por eso hay más sentido en quienes se mataron por alguna discusión sobre temas de ortodoxia que quienes discuten temas como una ley de libertad religiosa.

Los cristianos de antes tenían un ideal, el establecimiento de un reino de santos y para ello debían definir cosas, como la santidad. Pero los gobernantes de ahora, por ejemplo intentan decretar la libertad religiosa sin saber qué es libertad ni qué es religión. Es ir tras una idea sin conocerla.

De regreso a lo básico

Estas y otras razones más, dice Chesterton, lo llevan a proponer un regreso a los fundamental, quizá como hoy se dice, un regreso a lo básico. Y, recurre el autor a una historia que bien le caracteriza.

En una calle cualquiera, un cierto día, se registra una conmoción provocada por un farol. Muchas de las personas allí reunidas desean acabar con el farol.

En medio de la conmoción, un monje, queriendo regresar a lo básico, comienza su exposición sobre la luz y su significado.

La gente se aleja de esa explicación que consideran poco práctica y derriban el farol, unos por destruirlo en sí mismo, otros porque querían cambiarlo por algo más nuevo, otros por algo más viejo; algunos porque prefieren la penumbra.

Las discusiones alimentadas por esos y muchos otros motivos se convierten en una guerra en la que no se sabe por qué se lucha. La mente corre el peligro de estar abierta a todo y, por eso, ignorar el todo.

Tarde o temprano volverá la idea de regresar a lo básico, de aceptar que lo que el monje explicaba tenía razón. Las opiniones diferentes dependían de la filosofía que se tiene sobre la luz. Se perdió la oportunidad de tener una discusión iluminada. Se tuvo que discutir todo a oscuras.

Conclusión

Chesterton es un autor indispensable por su frescura, estilo y amenidad, pero más que nada por su enorme capacidad para expresar lo que es más difícil del ver para quien está ocupado con lo cotidiano y acepta, por facilidad, las nociones de moda.

Por ejemplo, razona que quienes atacan a la familia, tanto como quienes la defienden, están equivocados. Quienes creen que es imprescindible yerran, la familia se necesita precisamente por ser prescindible, por no ser un refugio de tranquilidad y sosiego.

El libro usado en este resumen es muy aconsejable para entender a este autor. Y de sus narraciones, quizá Chesterton, G. K (2006). Manalive, sea el más aconsejable.

El mencionado en el texto, La Esfera y La Cruz, narra las aventuras de un duelo que desean tener un ateo y un cristiano, por sus diferentes creencias, pero que les es impedido por una sociedad en la que esas cosas no son importantes.

Más sobre el peligro de la mente abierta a todo.

El peligro o síndrome de la mente abierta

Por Leonardo Girondella Mora

Una columna sobre temas de televisión —que no tuve la precaución de guardar—, afirmaba que en una cierta telenovela se mostraban escenas de cama que eran excesivas.

Al respecto, su autor comentó algo como, «no es que sea mojigato y me asusten las escenas de cama…».

La mente abierta, el síndrome

Ese caso me recordó lo que pienso que es un síndrome en muchas personas —consiste es expresar una opinión que contiene un elemento básico, el de decir que la persona no se asusta con algo, típicamente acciones consideradas inmorales.

En en el fondo una exaltación de las mentes abiertas a todo.

Otro ejemplo ayudará a tener una idea más clara de lo que digo —el caso es real, una persona afirmó: «no soy mojigata, ni me asusto con cualquier cosa, tampoco soy una fanática moralista, tengo la mente abierta a todo, la película de los vaqueros homosexuales, está muy bien hecha y deben verla todos».

Lo que quiero examinar es ese síndrome, el de expresar que «no soy moralista, ni mojigato, y tengo la mente abierta…». Una expresión que sin duda debe ser considerada como superior a su contraria, la de ser moralista y mojigato. Explorar el tema, requiere primero definir términos.

Comprender significados

La Real Academia en España, define mojigato como «beato hazañero que hace escrúpulo de todo” —y hazañería es «demostración o expresión afectada con que alguien da a entender que teme, se admira o siente entusiasmo, no teniendo motivo para ello».

Moralista, por otra parte, es alguien que es respetuoso de las reglas morales a las que toma en serio.

Creo que en resumen, la posición de «no soy moralista, ni mojigato, mi mente está abierta» expresa el rechazo a una posición extrema de respeto a la moral y que es falsa y afectada.

No tengo problema con esto en sentido estricto —pero sí lo tengo cuando decir eso se interpreta como el rechazo a la moral y que lleva a la aceptación de todo justificada en la superioridad de una mente abierta a lo que sea, un real peligro.

Precisiones

A lo que voy es a señalar un seguro efecto de ese síndrome, el de la superioridad del que presume de una mente abierta a todo.

Y que se muestra en otro ejemplo real, el de una exposición de dibujos obscenos hechos por un pintor famoso y que una persona justificó hablando de que «se necesita una mente abierta para apreciar como arte esos dibujos que los mojigatos no entenderán».

Si bien, en su sentido estricto, mojigato es quien adopta una posición moralista petulante —el de la mente abierta no deja de ser otra posición igualmente petulante, que acepta todo sin discriminación.

Posiciones iguales

Y esta es mi tesis: si la posición del mojigato es reprobable por falsa y afectada, de los mismos defectos sufre la posición del que se precia de ser una mente abierta a todo. Los dos cometen el mismo error.

Un mojigato comete un error de mente cerrada y poco sustentada. Y quien presume de mente abierta, comete un error de aceptación indiscriminada y también poco sólida.

Son errores de extremos y por eso son iguales. Ninguno de los dos usa la razón.

Unos rechazan todo y otros lo aceptan todo —por eso son extremos indebidos, porque no usan la mente.

En la mente del que está abierto a todo y no se asusta de nada, se introducirá todo por igual, no importa que sea algo bueno o algo malo, que es lo que ahora quiero explorar.

El peligro de la mente abierta a todo

Parto de un principio que me parece razonable —los actos de autocontrol hacen a la persona más fuerte y disciplinada. Las acciones opuestas, las de cesión a todo acto, las hacen débiles.

El ejemplo de las dietas puede mostrar esto: los actos de disciplina personal para cumplir una dieta van reforzando a la persona, mientras que las acciones que la violan, la van debilitando.

Y esto es un peligro que quiero señalar —una mente abierta a todo pertenece a una persona que tenderá a ceder en las ocasiones en las que sería mejor ejercer autocontrol.

Es decir, la mente abierta, propongo, debilitará la fuerza de voluntad personal, al aceptar todo sin juicio. Para esa mente todo, absolutamente todo es aceptable y, por eso, precisamente, termina por importarle nada.

Aunque repruebo la posición del mojigato petulante y falso, repruebo aún más la posición de las mentes abiertas a todo.

La razón es obvia: una mente que todo lo acepta sin juicio, es una mente que se acostumbra a ceder y se debilita. Y es una mente que estará dispuesta a llamar mojigata a toda persona que no tenga una mente tan poco pensante como la suya.

El síndrome y peligro que apunto es por tanto, el de la «mente abierta» —y que se manifiesta por expresar “no soy un mojigato ni un moralista, tengo la mente abierta a todo”.

Conduce a una posición de debilidad personal y sin autocontrol, que acepta todo sin pensarlo.

Entre la petulancia del mojigato y la del de mente abierta, existe una posición mejor.

La posición de la mente que es capaz de hacer distinciones entre lo debido y lo indebido, entre lo que debe ser aceptado y lo que debe ser rechazado.

[La columna fue actualizada en 2019-10]