Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Estímulo Supremo
Eduardo García Gaspar
5 abril 2010
Sección: ECONOMIA, RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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Los economistas suelen hablar de incentivos, esos estímulos que nos mueven a actuar de cierta manera. Es lo que lleva a alguien a dedicarse al contrabando cuando existe el incentivo de la prohibición de importaciones.

O lo que eleva las inversiones cuando los impuestos son bajos y las regulaciones simples. Y también, lo que mueve a personas a dedicarse a la venta de drogas porque ellas producen una gran ganancia al estar prohibidas. Igual, es lo que mueve a un inventor a trabajar por tener el incentivo de una buena protección de patentes intelectuales.

Los incentivos, por lo visto, son razones de conductas humanas. Pero esas conductas pueden ser reprobables o no. Una legislación que facilite realizar donaciones producirá más actos de caridad y eso es bueno. Pero un mal servicio de policía creará impunidad y ella será un incentivo a acciones reprobables.

Los incentivos son estímulos a acciones de todos tipos, buenas y malas. Eso es una buena indicación de que pensamos y decidimos, de que podemos razonar y escoger una acción entre varias: la que pensamos es la mejor para nosotros. Un cubano que huye de su país en busca de libertad, bien muestra el incentivo que lo mueve.

Pero la Economía se detiene allí. No es una ciencia que nos dice lo que debe o no debe hacerse. Simplemente estudia esos incentivos y razona sobre lo que ellos producirán pensando en un ser humano que actúa con cierta lógica. Comparto con usted esta idea sencilla porque una persona con la que conversé dijo algo realmente notable.

Según ella, quien actúa pensando en que ella tendrá una vida eterna posterior a esta, lo hará de manera muy distinta a quien no cree en esa vida. Más aún, dijo, quien piensa que tendrá esa vida eterna estará casi liberado de deseos y pasiones desordenadas, o al menos las comprenderá mejor. Para él, no tendrá mucho sentido la codicia, ni los gozos inmediatos. Verá a la vida actual como una etapa breve llena de esfuerzos que lleva a otra vida, eterna, de gozo indecible.

En mi primitiva mente no pude sino reducir eso a un asunto de incentivos: el estímulo de una vida eterna de gozo, sin duda, es el mayor incentivo posible. Es un incentivo infinito. Pero tiene un costo, el de una vida terrenal de libertad en la que se decide hacer lo que lleva a esa vida eterna. Es un costo muy pequeño, infinitamente pequeño. Tendría todo el sentido del mundo seguir esa lógica.

Al estar escribiendo esto, me di cuenta de que era, en otras palabras, la apuesta célebre de Blas Pascal. Pero más sorprendente aún fue otra cosa. Los incentivos importan por supuesto, son tomados por las personas y aprovechados por ellas en su beneficio, que puede ser reprobable o no. Eso lo sabemos de sobra, pero no resuelve el problema de las conductas negativas.

El incentivo de la impunidad legal puede hacer que algunas personas se vuelvan criminales y dañen a otros, algo negativo. Pero el incentivo de bajos impuestos y regulaciones simples, mueve a invertir y crea empleos y aumenta productividad y eleva sueldos y aumenta el bienestar, algo positivo.

¿Qué hacer para que las personas seleccionen consistentemente buenas acciones a pesar de tener incentivos que promuevan acciones malas? Es eso que estimule a la persona a hacer el bien a pesar de tener otro incentivo que lo mueva a hacer el mal. La respuesta es muy simple: un incentivo mayor para hacer el bien.

Por supuesto, ése, el de la vida eterna futura de felicidad total. Pero hay un problema difícil. No puede demostrarse la existencia de ese incentivo supremo por medios irrefutables, en cambio sí hay pruebas tangibles del beneficio inmediato que, por ejemplo, produce el dinero que se obtiene por medio de un fraude.

Y esto da un panorama que hace entender a nuestras vidas como unas de decisiones libres propias. Decido o no creer en esa vida infinita de gozo: un asunto de fe. Decido o no usar mi libertad para el bien o para el mal. Esto explica en buena parte el fenómeno de la libertad mal usada, de las injusticias en contra de otros.

Pero también explica otra cosa más interesante, el cómo la fe en esa vida eterna ayuda a hacer de este mundo algo mejor. Ella es como un llamado a actuar con libertad bien usada considerando lo que está en riesgo si hacemos lo opuesto. Al final de cuentas, se trata de nuestra libertad y entenderla como una responsabilidad propia y de nadie más.

Post Scriptum

Poco después de escribir esto, recordé ideas muy parecidas en la obra de Benedicto XVI. (2006). Values in a Time of Upheaval. The Crossroad Publishing Company, pp. 119 y ss. Donde se menciona algo valioso: “No importa lo que el mal pueda hacer, el mundo pertenece a Dios, no al mal, y esta certeza es de hecho una parte decisiva de las imágenes apocalípticas”.

Quizá deba añadir una realidad que hasta el ateo más activista deberá reconocer. La fe en la existencia de una vida eterna dependiente de las buenas acciones propias produce un mejor mundo terrenal. Por lo que atacar la idea de esa vida eterna, empeora las condiciones de este mundo. La idea de que al morir, uno desaparece en la nada debe producir una cierta desesperanza.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.





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