Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Otro Huracán, el Peor
Eduardo García Gaspar
14 julio 2010
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Si se ve como una obra de teatro, el primer acto muestra a una ciudad grande con más o menos buena calidad de vida. En el segundo acto, se presenta un huracán muy fuerte que hace llover el doble o triple de la precipitación anual en unos pocos días.

En el tercer acto, la ciudad aparece desquiciada, especialmente por la vialidad: calles, avenidas y vías rápidas han sido destruidas. Se entiende que sus bases no eran de buena calidad, incluso a pesar de la justificación de un huracán de tal efecto.

Para el cuarto acto, se tienen las opiniones del por qué de tanta destrucción. No había mucha calidad en la construcción vial, pero sobre todo no se respetaron asuntos naturales, como las caídas de agua: arroyos, riachuelos, cauces de agua fueron ignorados en la obra urbanizadora.

Es más o menos lo de siempre, después de que tales cosas suceden. Al cabo del tiempo, ellas se olvidan y la vida vuelve a lo normal, es decir, a cometer los mismos errores… al cabo que tales sucesos ocurren cada cien años, o al menos con varias décadas de diferencia.

Pero lo interesante es el quinto acto de la obra. Cuando varias sugerencias han surgido en la ciudad. Sugerencias que tienen en común un elemento, el de encargar la reconstrucción de lo destruido y la corrección de los errores a terceras personas, no al gobierno. Una de esas propuestas, por ejemplo, sugería seleccionar a una de dos personas para encabezar tales trabajos.

Las dos eran personas ajenas al gobierno, famosas por su reputación de logros en instituciones privadas. Otra propuesta explicaba la conveniencia de formar un organismo separado del gobierno, cuyos miembros serían ciudadanos privados con autoridad para realizar la reconstrucción. Es deslumbrante encontrar este tipo de propuesta.

Se trata de hacer algo simple: poner de lado al gobierno, quitarle la responsabilidad de las tareas de reconstrucción y darle esa responsabilidad a terceros, personas de buena reputación a las que se juzga con buenas habilidades administrativas. A éstas se les daría el poder y la responsabilidad. Todo lo que haría el gobierno es darles los fondos.

No es mala la idea, nada mala. Al contrario, resulta muy atractiva. Ella parte de una hipótesis callada, pero real: los gobernantes son ineficientes y la situación es lo suficientemente grave como para quitarlos de en medio. Puede soportarse la ineficiencia gubernamental en la vida diaria, pero no cuando la ocasión es realmente seria, como ahora.

Estoy refiriéndome en este caso a Monterrey, en México, y lo que en la ciudad ha sucedido. Se sufrió un huracán que dejó daños graves, según he escuchado, los más graves en un siglo. Muy bien, eso no puede evitarse, pero las propuestas a las que me refiero son remedios contra otro huracán que sí puede evitarse: el dejar la reconstrucción en manos de los gobernantes.

El tema bien vale una segunda opinión para poner sobre la mesa esa hipótesis callada, la de que sería mejor hacer de lado a los gobernantes y poner a cargo de la reconstrucción a gente con capacidad probada. Recuerda esto la historia de Cincinato, por allá del siglo 5 AC, en Roma, un político lleno de virtudes que se había retirado a una granja y que fue llamado a ser dictador por una urgencia, y una vez resuelta, regresó a su posición privada.

Y es que parece haber situaciones en las que el político estándar no cumple con los requisitos necesarios para gobernar. Ese quinto acto al que me refiero es el de Cincinato y su aplicación universal: existen momentos en los que el gobierno no necesita políticos, sino gente con virtudes y habilidades probadas: rectitud, honradez, integridad, habilidad administrativa, pero sobre todo una total carencia de ambición política.

Al final de cuentas, las propuestas de asignar las tareas de reconstrucción a gente fuera del gobierno desentierra uno de los secretos mejor guardados del político, su ambición política y la tendencia a sacrificar lo que sea en aras de esa ambición. El punto es de consecuencia larga.

Si los gobiernos, podemos concluir, no fueran formados por gente con ambición política, ellos funcionarían mejor, mucho mejor. Porque eso es precisamente lo que echa a perder al político, su ambición de más poder personal. Este es el real huracán que daña y puede evitarse.

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