virtudes y vicios

Ideas sobre embriones, células madre y otros asuntos del Padre Tadeusz Pacholczyk quien hizo su doctorado en neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral en la Universidad de Harvard. Es Sacerdote para la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y se desempeña como Director de Educación en el Centro Nacional Católico de Bioética en Philadelphia, que nos otorga el permiso de reproducción. La traducción de sus columnas es de María Elena Rodríguez.


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Ética Más Que Eficiencia

En su intento por defender la más noble de las causas, es decir, la vida de los más débiles y los que bebés en gestación, muchas personas pro vida bien intencionadas recurren a veces, sin darse cuenta, a argumentos imprecisos o insuficientes.

En cuanto al debate sobre las células madre humanas, por ejemplo, es común encontrar manifestaciones como éstas:

La experimentación con células madre de embriones está mal porque ya existen nuevos tratamientos médicos a base de células madre adultas exclusivamente, no embrionarias.  Todos los tratamientos que han tenido éxito hasta el momento han sido aquellos con células madre adultas, mientras que las células madre embrionarias no han producido todavía ninguna cura.
Las células madre adultas funcionan, las embrionarias no, y seguir trabajando en algo que no funciona significa desperdiciar recursos.  Por lo tanto, los científicos harían bien en dejar su euforia sobre las células madre embrionarias  pues todas las únicas curas reales han sido con células madre adultas.

Argumentos como estos tienen varias debilidades.

Primero, parecen presuponer que el único indicador de “éxito” de los tratamientos con células madre embrionarias está en los beneficios que aporten a los pacientes con ciertas enfermedades o padecimientos.

A este razonamiento los científicos pueden responder que existen muchas otras razones para experimentar con células madre de embriones. 

Por ejemplo, investigaciones de esta naturaleza son definitivamente valiosas pues arrojan más luz sobre los mecanismos celulares subyacentes en el desarrollo de un organismo, proporcionando así claves importantes en cuanto a cómo se forma un animal a partir de una célula inicial llamada cigoto.

Por otra parte, el trabajo científico que recurre a células embrionarias no humanas (por ejemplo de ratones, ratas o monos) puede responder a estas interrogantes de una forma responsable y que desde luego merece ser financiada y promovida.  Este tipo de investigación no presenta conflicto ético y es, de hecho, loable.

En segundo lugar, el argumento de que las células madre adultas sí están ayudando a los pacientes mientras las embrionarias no  —y que por lo tanto trabajar con las adultas es «más ético»— pareciera que reduce el debate sobre la ética de usar células madre a una simple determinación de lo que «funciona mejor» o es «más eficiente».

Sin embargo, el hecho es que los problemas éticos tienen poco o nada que ver con la eficiencia científica pero sí,  y mucho, con que los científicos transgreden y destruyen seres humanos en desarrollo (en fase embrionaria) para obtener sus células madre.

Por otra parte, quizá es solo cuestión de tiempo antes que las curas con células madre de embriones se conviertan ya en una realidad.  Tal vez pronto nos sorprendan titulares noticiosos anunciando dramáticos «éxitos», como por ejemplo un trasplante de células madre embrionarias que permite ya a los diabéticos dejar atrás las inyecciones de insulina, o a los pacientes paralíticos caminar.

Un «éxito» así, sin embargo, no cambiaría en nada las objeciones morales a la destrucción de embriones  ni convertiría en aceptable un acto que es en sí moralmente malo, aunque sí haría más poderosa la tentación de cruzar esa objetiva frontera ética.

Puesto simple y llanamente: aunque todas las enfermedades humanas conocidas pudiesen curarse ya mediante la explotación (y por lo tanto la muerte) de un solo embrión humano, esto nunca sería ético.

No podemos optar por el mal para hacer posible el bien, ni podemos transgredir líneas éticas hasta el grado de desconocer la sagrada humanidad del embrión, esa pequeña creatura que todos y cada uno de nosotros fuimos en algún momento de nuestra vida. Tratar a nuestros congéneres, por más pequeños que estén, como medios y no como fines, viola sus derechos humanos más elementales.

De hecho, dar muerte directa a otros humanos, pequeños y embrionarios o ancianos y en fase final de su vida, se conoce propiamente como un mal intrínseco, lo cual significa que en cualquier circunstancia está mal, y no debiera ser una opción de acto humano.  Los males intrínsecos nunca admiten excepciones.

Una vez que reconocemos concretamente el carácter inmoral de una acción prohibida sin excepciones por una norma, el único acto éticamente aceptable es cumplir con los requisitos de la ley moral y alejarnos de las acciones que la misma prohibe.

El bioeticista Paul Ramsey lo plantea muy bien al decir que, cuando de ética se trata,  cualquier persona de conciencia recta llega inevitablemente a la conclusión de que “Hay cosas que quizá nunca debiésemos hacer.  Las cosas buenas que el hombre hace sólo logran su plenitud por las cosas que se niega a hacer”.

Como científicos, negarnos a destruir embriones humanos no implica necesariamente estar en contra de la ciencia en sí misma, sino solamente  oponernos a la ciencia contraria a la ética, aquella ciencia que, como las inversiones financieras y la medicina carentes de ética, daña invariablemente a la sociedad.

La buena ciencia es necesariamente una ciencia ética; jamás debe reducirse a una mera ciencia «eficiente», dedicada a  “resolver problemas” a costa de los demás.

Quienes nos esforzamos por salvaguardar la vida humana  debemos examinar cuidadosamente nuestras premisas cuando aboguemos por una ciencia ética.  Así evitaremos caer en presuposiciones débiles o cuestionables que podrían quitarle solidez a nuestros argumentos.


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Transformar lo «Inútil»

22 enero, 2010

Los seres humanos, por propia naturaleza, evadimos el dolor y el sufrimiento. Por instinto reaccionamos, por ejemplo, evitando el objeto punzante que puede herirnos.

Cuando identificamos que quien nos está llamando por teléfono es un vecino indeseable, no contestamos.  Nuestra reacción inmediata, al igual que la de la mayoría de los animales, es evitar los estímulos nocivos y el dolor.

No obstante, también somos capaces de responder conscientemente y en formas que nos diferencian de manera radical del resto del reino animal.

Por ejemplo, podemos decidir enfrentar y soportar el dolor por razones más elevadas.  Así, sabiendo que la jeringa nos lastima, decidimos no mover el brazo durante una inyección porque el poder de la razón nos dice que con ella mejorará nuestra salud.

Sabemos que es desagradable platicar con ese vecino difícil, pero con tal de cultivar la paz en nuestro barrio, decidimos enfrentar el reto y lo superamos.

Sin embargo, movidos por la preocupación y el miedo, también podemos responder al dolor y al sufrimiento de una manera insensata.

Por ejemplo, cuando sufrimos debido a una relación difícil, podemos voltear a las drogas, al alcohol o a malos hábitos alimenticios.

Si la perspectiva de tener que continuar un embarazo nos hace sufrir, podemos responder acabando con la vida de nuestro bebé mediante el aborto. Cuando sufrimos por el dolor de un cáncer, podemos hacer corto circuito a todo y recurrir al suicidio con ayuda del médico.

Reaccionar al sufrimiento de una manera racional o irracional es una de las decisiones humanas más importantes.

Para muchas personas en nuestra sociedad, el sufrimiento se ha convertido en un mal que hay que evitar a toda costa, llevándolas a tomar muchas decisiones irracionales y destructivas.

Si bien es cierto que el dolor físico está presente en todo en el reino animal en general, la diferencia en cuanto a los seres humanos es que nosotros somos conscientes de nuestro sufrimiento y nos preguntamos el por qué;  y mucho más sufrimos cuando no encontramos una respuesta satisfactoria; necesitamos saber si nuestro sufrimiento tiene un sentido.

Desde una cama de hospital o una silla de ruedas es difícil evitar la dolorosa pregunta «¿por qué?», cuando la enfermedad grave o la debilidad nos hace sentir inútiles o una carga para los demás.

Sin embargo, analizándolo, ningún sufrimiento es «inútil», aunque efectivamente mucho de él se pierde y desperdicia cuando lo rechazamos y nos negamos a aceptar su sentido profundo.  El Papa Juan Pablo II nos recordaba constantemente que la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento Dios se la dio al hombre en la Cruz de Jesucristo.

El tema del sufrimiento siempre está presente en el campo de la atención médica católica, y aunque los profesionales de la salud luchan con dedicación por disminuir el sufrimiento y el dolor, no han logrado eliminarlos completamente.

La Conferencia Estadounidense de Obispos Católicos (The U.S. Conference of Catholic Bishops), en un importante documento titulado Directrices Éticas y Religiosas para los Servicios de Atención Médica Católicos (Ethical and Religious Directives for Catholic Health Care Services), nos recuerda que “los pacientes que experimentan un sufrimiento no mitigable deberán recibir ayuda para comprender el significado cristiano del sufrimiento redentor”.

El solo concepto de «sufrimiento redentor» ya deja ver que el sufrimiento humano es mucho más de lo que vemos a simple vista, y no solamente un mal que hay que rehuir instintivamente.

Más bien, es una fuerza incomprensible que puede moldearnos en formas importantes y hacernos madurar; una fuerza con la que tenemos que aprender a colaborar y aceptar como parte del viaje y destino del ser humano.

En el sufrimiento y el dolor, todos y cada uno de nosotros podemos hacernos partícipes del sufrimiento redentor de Cristo.  Desde que éramos niños quizá ya se nos enseñaba la frase «¡Ofrécelo al Señor!».

Estas sencillas palabras nos recordaban que el sufrimiento puede beneficiarnos no sólo a nosotros mismos sino a todos a nuestro alrededor, dentro del misterio de la comunión humana. 

Al estar inmovilizados en nuestra cama de hospital nos hacemos como Cristo, inmovilizado en el madero de la Cruz, y si aceptamos y acogemos nuestra propia situación en unión con Él, se abren para nosotros momentos redentores poderosos.

Gracias al amor personal que el Señor nos tiene, podemos cooperar con Su plan de Salvación al unir nuestro sufrimiento con Su Cruz salvadora, como lo hace una mamá cuando deja que su niña le ayude a preparar un pastel añadiendo los huevos, la harina y la sal.

La mamá puede hacerlo sola pero la ayuda de la niña es real y significativa pues el amor de la madre encuentra la cooperación de la hija para crear algo nuevo y maravilloso.

De igual forma, Dios permite nuestro sufrimiento  y nosotros se lo ofrecemos, dejando así una marca imborrable en Su trabajo de Salvación.  Esta transformación de lo «inútil» de nuestro sufrimiento en algo con significado profundo, se convierte así en una fuente de gozo espiritual en aquellos que lo viven.

Para quienes están en Cristo, el sufrimiento y la muerte representan el dolor de parto hacia una creación nueva y redimida. Nuestros sufrimientos, aunque nunca deseables en sí mismos, siempre apuntan hacia posibilidades trascendentes, si es que no los rehuimos por miedo.


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Dos madres, un padre

14 octubre, 2009

Las mitocondrias son unas estructuras pequeñas y alargadas que se encuentran dentro de una célula y que producen energía.  Estas «baterías celulares» contienen su propio material genético (ADN), independiente del que se halla en el núcleo de la célula.

Los defectos o mutaciones en este ADN mitocondrial pueden originar diversos padecimientos.  En casos severos, puede ser la causa de que los bebés nazcan con ceguera, epilepsia, incapacidad para gatear, presentar retardo neurológico severo y morir a corta edad.

Más allá de tratar los síntomas, no existen terapias reales para la mayoría de los problemas mitocondriales. Científicos en Oregon, EEUU, sin embargo, anunciaron recientemente una técnica para reemplazar las mitocondrias defectuosas de un óvulo con mitocondrias sanas de otro.

Esta técnica se asemeja a la clonación ya que implica transferir el núcleo del óvulo defectuoso a un óvulo sano, al que se le ha extraído su propio núcleo.  El óvulo recién «reconstruido» contendrá ahora únicamente las mitocondrias de este segundo óvulo y ninguna del óvulo original.

Después de esto, el óvulo reconstruido puede ya fertilizarse mediante la técnica de fertilización in vitro (FIV) y crear así un embrión libre de mutaciones o defectos mitocondriales.

Este método de reemplazo mitocondrial, seguido por la FIV [fertilización in vitro], se ha estado usando con éxito en el laboratorio con óvulos de macacos y se han logrado nacimientos libres de padecimientos.  Los científicos especulan que quizá pronto las mujeres podrán recurrir a esta técnica para evitar la transmisión genética de trastornos mitocondriales a sus hijos.

Sin embargo, la utilización de este método en humanos podría presentar por lo menos dos objeciones éticas serias.

La primera objeción es que esto promovería la FIV como un medio de producción de vida humana.  Aunque esta técnica ya se ha vuelto cosa común en nuestra sociedad para engendrar hijos, ésta sigue siendo una aproximación inherentemente antiética a la reproducción humana.

La FIV no sólo refrenda la manipulación, el congelamiento y la destrucción de embriones humanos, sino que también viola el sentido intrínseco de la procreación humana al reducirla a un acto de manufactura o producción.

Dicho llanamente, nuestros niños tienen el derecho a ser procreados, no fabricados; tienen el derecho a venir al mundo dentro de la donación marital amorosa de sus padres, no en el frío e impersonal espacio de vidrio de un tubo de ensayo o de una caja de Petri;  tienen el derecho a estar vinculados de manera única, exclusiva y directa con su madre y su padre que los traen al mundo.

La fertilización in vitro no reconoce al hijo todos estos derechos.

La segunda objeción al reemplazo mitocondrial en humanos está en que introduciría una disolución de la paternidad al crear niños que heredan material genético de tres progenitores.  Mientras la madre y el padre contribuirían con la mayor parte del material genético del óvulo y el esperma, una pequeña parte provendría de una segunda madre que dona mitocondrias sanas de sus propios óvulos.

En otras palabras, el procedimiento diluye la paternidad al introducir otro progenitor, otra madre, en la procreación del hijo.

Es importante notar que bajo el esquema del reemplazo mitocondrial no sólo se transfieren las mitocondrias sanas sino que de hecho todas las otras estructuras celulares también provienen del óvulo de la segunda mujer (excepto el núcleo y sus cromosomas).

Dicho de otra forma, una mujer proporciona el ADN de sus propios cromosomas, mientras que otra mujer proporciona todo lo demás: toda la maquinaria subcelular del óvulo, incluyendo las mitocondrias.  Por lo tanto, en resumen, no estamos solamente “reparando” un óvulo defectuoso sino construyendo uno nuevo, otro, claramente diferente, con las aportaciones de dos mujeres por separado.

El nuevo óvulo no corresponde realmente a ninguna de las dos, de manera que las manipulaciones tecnológicas introducen así una desvinculación entre el hijo concebido a partir del óvulo manufacturado y las dos «madres».  El hijo resulta «distanciado» o «huérfano» de ambas madres involucradas en el proceso.

«Curar» de manera ética los defectos mitocondriales en los niños de la siguiente generación será posible el día que los científicos logren corregir directamente en el ADN mitocondrial las secuencias genéticas mutadas, quizá con el óvulo aún dentro del ovario, de manera que con la ovulación la pareja logre la concepción y el embarazo en la relación marital normal.

No está de más recordar que nuestras células sexuales, tanto esperma como óvulo, contienen y expresan de manera única nuestra individualidad y nuestra identidad, así como los caracteres paternos y maternos.  Evidentemente, estas células no deberían traspasarse o venderse, ni íntegras ni en partes, a otras personas para producir hijos.

Particularmente, la decisión de una mujer de donar a otra mujer sus óvulos, o parte significativa de ellos, viola la exclusividad inscrita en su cuerpo y en su sistema reproductivo.

Por lo tanto, y contrario a la creencia popular, la tecnología del reemplazo mitocondrial no es un ejemplo auténtico de «cura» o «corrección» de un padecimiento. 

Se trata de un medio para establecer un sistema alternativo, completamente diferente, para hacer un bebé, y que, invariablemente, va en contra del orden auténtico de la procreación humana en el matrimonio.


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¿Qué hacer con ellos?

7 julio, 2009

Cuando doy pláticas sobre la investigación con células madre o sobre la fertilización in vitro, invariablemente la gente me pregunta, «¿Qué se debe hacer con todos los embriones congelados?».

Generalmente la pregunta es en sentido urgente, casi desesperada, reflexionando en el destino de los cientos de miles de embriones humanos crioconservados en nitrógeno líquido en clínicas de fertilidad.

La respuesta es simplemente que en un futuro próximo poco podemos hacer éticamente con estos embriones, excepto mantenerlos congelados. No parece haber alguna otra opción moralmente aceptable.

Qué hacer con los embriones congelados, le recuerdo a mi auditorio, no es la pregunta más sería que enfrentamos. Mucho más urgente es cómo detener la producción y congelación de embriones, realizada diaria y sistemáticamente, con la regularidad de un horario de trabajo, en todas las ciudades grandes de EEUU.

La industria de la infertilidad se ha convertido en una línea de producción masiva de embriones, virtualmente sin supervisión legal o legislación a nivel nacional. Se trata de un negocio de muchos billones de dólares, que bien ha sido descrita como “el salvaje Oeste de la infertilidad”, hecho para satisfacer los fuertes deseos de paternidad.

Para empezar a poner freno a esto, necesitamos urgentemente leyes y normas como las que tienen Alemania e Italia. En esos países no se pueden producir más de tres embriones en cada tratamiento de infertilidad, y estos tres embriones tienen que ser implantados en su madre.

No se permite producir o congelar embriones adicionales; resultado de esto es que en las clínicas de fertilidad de Alemania e Italia prácticamente no existen embriones almacenados.

Respecto a los embriones que terminan abandonados en nitrógeno líquido, frecuentemente surge esta pregunta: ¿Sería moralmente permisible darlos en adopción a otras parejas para implantarlos, gestarlos y criarlos como hijos propios? El debate sobre este asunto continúa entre teólogos católicos de recta formación, y técnicamente el tema sigue abierto.

Un reciente documento vaticano, Dignitas Personae (Dignidad de la Persona), manifestó serias reservas morales sobre esta aproximación, aunque sin condenarla explícitamente como inmoral. Pero es fácil ver algunas razones por las que sería imprudente promover la adopción de embriones.

En el clima actual que prevalece en la industria de la fertilidad, donde predomina una enorme ausencia de reglamentación, si la adopción de embriones se convirtiese en una práctica estándar, lo que se estimularía en realidad sería la producción de más embriones; los encargados de las clínicas de fertilización in vitro estarían más a sus anchas pensando: «No tenemos de qué preocuparnos si producimos embriones adicionales pues siempre habrá alguien dispuesto a adoptar los sobrantes».

Esto daría a las clínicas un pretexto más para continuar, e incluso expandir, sus actuales prácticas inmorales.

Hay quienes sugieren que quizá una solución moralmente aceptable para el problema de los embriones congelados podría estar en la aplicación del principio de que no es obligado recurrir a medios «extraordinarios» para prolongar la vida humana.

Sostienen que mantener la vida de un embrión en estado criogénico es usar un medio extraordinario y que no hay obligación de hacerlo.

Sin embargo, de hecho, la decisión de continuar crioconservando un embrión en nitrógeno líquido quizá no sea recurrir a medios extraordinarios, ya que la carga y los costos que implica el cuidar de esta manera a los bebés en embrión son mínimos.

Cuando tenemos hijos, tenemos el deber de vestirlos, alimentarlos, cuidarlos y educarlos, todo lo cual cuesta mucho dinero. Cuando nuestros hijos están congelados, no hay necesidad de vestirlos, alimentarlos o educarlos; cuidamos de ellos únicamente pagando el recibo mensual para reabastecer el nitrógeno líquido en los tanques de almacenamiento.

Esta forma de cuidar a nuestros bebés es obviamente inusual, pero no parece moralmente extraordinaria en términos de hacer posible el fin de salvaguardar su integridad física.

En mi opinión, los padres están obligados a cuidar a sus hijos de esta forma hasta que se tenga otra opción en el futuro (quizá una sofisticada «incubadora de embriones» o un «útero artificial» o algo así), o hasta que tengamos una certeza razonable de que han fallecido por propio deterioro o por «quemadura por congelamiento», que puede presentarse cuando los embriones permanecen congelados por periodos largos.

Quizá después de algunos cientos de años todos los embriones congelados habrán fallecido, y podrán finalmente ser descongelados y recibir una sepultura digna. Por esta vía no nos involucramos en la elección directa de acabar con sus vidas retirándoles el nitrógeno líquido que los mantiene vivos.

Sin lugar a dudas, los embriones congelados nunca deberán ser donados a la ciencia. Tal decisión significaría entregar, no cadáveres, sino seres humanos vivos, para ser desmembrados por las manos de científicos que investigan con células madre. Esto sería una falta rotunda de los padres en cuanto a su deber de proteger y cuidar a sus hijos.

Estas consideraciones nos hacen ver lo difícil que es contestar la pregunta de qué hacer con los embriones humanos congelados. Nos recuerdan también que las decisiones pecaminosas tienen consecuencias, y que la decisión primera de violar la ley moral recurriendo a la fertilización in vitro invariablemente trae consecuencias graves, como los predicamentos aquí considerados, y para los cuales parece no existir solución moral.


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Ingeniería verbal

21 mayo, 2009

A través de los años hemos visto que algunas leyes injustas se han ido sustituyendo con leyes más justas.  Las leyes que prohíben la esclavitud, por ejemplo, han sido un paso decisivo en la promoción de la justicia y los derechos humanos fundamentales en nuestra sociedad.

Sin embargo, en años recientes y cada vez con más frecuencia, particularmente en lo referente a la moralidad sexual, la bioética y la reproducción humana, hemos visto lo contrario cuando leyes sólidas y razonables se han reemplazado con leyes injustas e inmorales.

Reversiones así nos obligan a analizar si existe o no coherencia moral en estos cambios tan cruciales.

La preocupación por la coherencia moral siempre ha sido de influencia al momento de elaborar nuevas leyes, como lo fue en 1879, cuando el Estado de Connecticut (Estados Unidos) ratificó una legislación muy firme que prohibía la anticoncepción, especificada como el uso de «cualquier sustancia, artefacto médico o instrumento con el fin de impedir la concepción».

Esta ley, al igual que las leyes anti-anticoncepción de otros estados, había estado vigente por casi 90 años. Con ella se ponía en código el dictado de la conciencia pública de que la anticoncepción dañaba a la sociedad pues promovía la promiscuidad, el adulterio y otros males.

Partía del razonamiento casi universal de que los niños deben considerarse como un apoyo y una bendición para la sociedad y de que, citando a Joseph Sobran, «una sociedad sana, aunque tolerante en los márgenes, debe fundamentarse en el entendimiento de que el sexo es en esencia procreativo y que su lugar está en una familia amorosa».

Este entendimiento estuvo arraigado profundamente en la sociedad occidental durante milenios, y es de notar que hasta 1930 todas las denominaciones protestantes coincidían con las enseñanzas católicas que condenaban la anticoncepción.

No fue sino hasta la Conferencia Lambeth en 1930 que la Iglesia Anglicana, persuadida por la creciente presión social, declaró que la anticoncepción sería permisible en algunas circunstancias.  Al poco tiempo cedió por completo permitiendo totalmente la anticoncepción.

Desde entonces todas las denominaciones protestantes se adhirieron a esto a pesar de que sus fundadores, incluyendo Lutero, Calvino y Wesley, condenaban sin reservas la anticoncepción afirmando que viola el orden correcto de la sexualidad y el matrimonio. Actualmente la Iglesia Católica es la única que predica esta perspectiva tradicional.

¿A qué se debe tan impresionante reversión de aquella percepción clara de que la anticoncepción es moralmente inaceptable?

¿A qué se debe que hoy estemos viendo una interminable corriente de actividad legislativa que promueve la anticoncepción en casi todos los países grandes del mundo con iniciativas subsidiadas con fondos gubernamentales exorbitantes; con los contribuyentes de impuestos estadounidenses aportando, por ejemplo, más de 260 millones de dólares del presupuesto total asignado a Planeación de la Familia (Planned Parenthood) en 2004?

¿Será posible que algo entendido como malo casi universalmente en el pasado se convierta repentinamente en bueno? ¿No será que esa reversión legislativa es un indicador de la mala aplicación de la ley y de una pérdida de la conciencia pública nunca antes vista?

Una ingeniería social de tal magnitud siempre va precedida, invariablemente, de una astuta ingeniería verbal.  Monseñor William Smith, fallecido recientemente, decía que el debate sobre la anticoncepción se acabó cuando la sociedad moderna incorporó a su vocabulario la engañosa frase «control de la natalidad».

«Imaginemos –decía – qué habría sido si en su lugar hubiésemos incorporado “evitación de la vida».

El gran Gilbert Keith Chesterton lo planteaba así:  «Insisten en hablar de Control de la Natalidad cuando lo que eso significa es menos nacimientos y nada de control», y  «Control de la Natalidad es el nombre que se le da a una serie de métodos mediante los cuales es posible quitarle lo gozoso a un proceso natural al mismo tiempo que, de manera  violenta y antinatural, se frustra  el proceso mismo».

Después de estos sísmicos cambios culturales vendría una legislación aún más radical sobre la anticoncepción, que daría paso al aborto a la orden.  Desde principios de los años 70 esta ley ha permitido matar quirúrgicamente, en la paz del vientre materno, a mil millones de seres humanos en el mundo.

La ingeniería verbal aquí también fue necesaria pues, lógicamente, no era fácil que la ética del aborto se abriera paso con un «Matemos a los Niños». Muchas cosas simplemente no se pueden conseguir cuando la realidad de lo que sucede es tan clara; confundir es esencial.

El niño que crecía en el vientre materno pasó a llamarse «masa de tejido» o «conjunto de células». El procedimiento mismo del aborto se describiría ahora como «eliminación del producto de la concepción», «terminación del embarazo», o simplemente «el procedimiento».

Aquellos «a favor de la elección personal» (pro-choice) no vieron claramente lo que estaban eligiendo.  Como alguien comentara, «creo que una frase más realista sería “a favor de matar bebés”».

Usar un lenguaje engañoso tiene, desde luego, su razón de ser.  Encubre aquello que tememos; es de naturaleza defensiva; suaviza los términos tabú, y deja fuera del vocabulario los temas que no se quieren enfrentar directamente.

Un proceso legislativo sano, sin embargo, se abstiene de la ambigüedad y del disimulo; se fundamenta en la verdad y en la coherencia moral; protege y promueve una conciencia pública elevada, especialmente al momento de elaborar leyes relacionadas con realidades humanas fundamentales como son la moralidad sexual, la bioética y la protección de la vida humana.


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Nuestras creencias en los otros

29 enero, 2009

Muchos temas candentes se están debatiendo actualmente en nuestras legislaturas [en EEUU], temas de enorme importancia ética y bioética y que van desde la anticoncepción de emergencia hasta el matrimonio homosexual.

Estos debates tienen mucho que ver con el futuro de nuestra sociedad.  Los legisladores enfrentan una atemorizante tarea de tomar decisiones sobre lo que debe o no debe permitir la ley dentro de una sociedad sensata.

Recientemente me invitaron a participar en una audiencia legislativa en Virginia, EEUU. sobre la investigación con células madre embrionarias. Después que terminé mi testimonio, uno de los senadores me dirigió una pregunta.

«Padre Tad, ¿no se da cuenta de que, cuando argumenta contra la investigación con células madre embrionarias, está tratando de imponer sus creencias sobre los demás, y de que nosotros como legisladores electos debemos evitar imponer un estrecho punto de vista religioso sobre el resto de la sociedad?»

La pregunta del Senador es una muestra del pensamiento mal enfocado que se ha convertido en lugar común desde hace unos años dentro de muchas legislaturas estatales y entre muchos de quienes elaboran las leyes. Encontramos dos grandes errores en la pregunta del Senador.

Primero, él no logra reconocer el hecho de que la ley es, fundamentalmente, la imposición de un punto de vista de alguien sobre los demás. Se trata, efectivamente, de una imposición.

La naturaleza propia de la ley es imponer perspectivas particulares sobre personas que no quieren que se les impongan dichas perspectivas. Los ladrones de autos no quieren que se les impongan leyes que les prohiban robarlos. Los traficantes de drogas no quieren que se les impongan leyes que hacen ilegal la venta de drogas.

Sin embargo, nuestros legisladores se eligen siempre, precisamente, para que elaboren dichas leyes y las impongan. Así que la pregunta no es sobre si se impone o no algo a las personas.  La pregunta es, más bien, si lo que se va a imponer es razonable, justo y bueno para la sociedad y para quienes la integramos.

El segundo error de lógica del senador es suponer que dado que la religión mantiene una perspectiva particular eso implica que dicha perspectiva nunca debe ser tomada en cuenta o nunca llegar a ser convertida en ley.

La religión enseña muy claramente que robar es inmoral.  ¿Será entonces que si yo apoyo leyes en contra de robar estoy imponiendo sobre la sociedad mi estrecho punto de vista religioso? 

Obviamente no.  Por el contrario, el tema del robo es tan importante para el orden de una sociedad que la religión también se siente obligada a hablar al respecto.

La religión enseña muchas cosas que son entendidas como verdaderas aun por personas que no son religiosas en lo absoluto.   Tanto ateos como católicos comprenden perfectamente que robar está mal y, si son vecinos, tanto unos como otros se molestan igual si alguien entra a sus casas a robar. 

Lo importante no es si la ley que se está proponiendo la enseñanza de una religión o no, sino si dicha ley es justa, correcta y buena para la sociedad y sus integrantes.

Para ser más coherente, por supuesto, el senador debió haber optado por hacer referencia a la substancia de mi testimonio en lugar de hablar de imposición de perspectivas religiosas.  El argumento que yo expuse, curiosamente, no derivaba de ningún dogma religioso en lo absoluto.

Derivaba más bien de un importante dogma científico, a saber, que todos los humanos procedemos de humanos embriónicos.  El declarar que yo fui en algún momento un embrión es declarar sobre un tema de embriología, no de teología.

Dado que todos los humanos fuimos embriones en un momento dado, se hace evidente por qué la investigación que destruye embriones es una actividad inmoral. 

Explotar a los débiles y a los que aún no nacen con el fin de satisfacer los intereses de los poderosos y de los bien parados no debe ser permitido en una sociedad civilizada.  Este argumento es claro para ateos también, no sólo para católicos.

Durante mi testimonio, hice notar cómo en EEUU hemos fortalecido leyes federales para, por ejemplo, proteger no sólo al águila calva, nuestra ave nacional, sino también a sus huevos.

Si llegásemos a estar cerca de un nido de esas aves y destruyésemos sus huevos, estaríamos cometiendo un delito.  A fuerza de la ley, reconocemos que el huevo del águila calva, es decir, el águila en embrión dentro de ese huevo, es la misma criatura que aquella gloriosa ave que vemos volar en las alturas.

Es por eso que aprobamos leyes que protegen no sólo al adulto sino también al más pequeño miembro de esa especie.  No se trata de un asunto religioso en lo absoluto. Las personas ateas también reconocen que los huevos de un águila deben ser protegidos.

Lo problemático está en cómo sí somos capaces de entender la importancia de proteger el estado más temprano de una vida animal pero, cuando se trata de la vida humana, sufrimos de una desconexión mental. Nuestro juicio moral se hace vago e impreciso cuando intentamos hacer cosas que no están bien, como por ejemplo, realizar abortos o destruir seres humanos en embrión para obtener sus células madre.

Así es que, cuando nos topemos con un legislador que intenta insinuar que un argumento en defensa de una moral sólida no es más que la imposición de un punto de vista religioso, necesitamos poner más atención para captar realmente lo que tenemos enfrente.

Puede ser que ese legislador no esté tan preocupado por evitar la imposición de una perspectiva particular sobre los demás. Lo más probable es que esté intentando imponer su propio punto de vista, un punto de vista mucho menos sostenible y defendible en términos de un pensamiento moral sólido.

Lo que busca, por lo tanto, es hacer corto-circuito en el debate poniendo el énfasis en una animosidad religiosa y en la imposición, sin siquiera enfrentar el argumento ético o bioético substancial.

Una vez que la baraja de la imposición religiosa se ha puesto en juego, y una vez que a los legisladores cristianos les tiemblan las rodillas cuando se trata de defender la vida y una moral firme, el oponente se siente libre para hacer su imposición y sin hacer gran esfuerzo por confrontar la esencia del debate moral en sí mismo.


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Alemania e Italia, ya

19 enero, 2009

EEUU tiene actualmente casi 500,000 embriones humanos almacenados en tanques con nitrógeno líquido en clínicas de fertilidad, un número comparable a la población total de ciudades como Cleveland o Tucson.

Alemania, en contraste, tiene en todo el país sólo unos cuantos embriones congelados y almacenados.  La razón de esta notable diferencia es que Alemania emitió en la década de los noventa una Ley de Protección al Embrión que prohibe el congelamiento de embriones humanos.

Italia tiene en vigencia una ley similar. Ambos países reglamentan muy estrictamente los tratamientos de fertilización in vitro, no permiten la producción de más de tres embriones a la vez y todos tienen que ser implantados en su madre. Estos dos países prohíben también la producción de embriones excedentes, así como la experimentación, la clonación y las pruebas genéticas con embriones.

EEUU ha fracasado rotundamente al no establecer un marco legislativo o ético razonable para reglamentar su multibillonaria industria de la fertilización, dando lugar así a lo que se describe muy bien como «El Salvaje Oeste de la Infertilidad», la tierra de nadie donde todo se vale, hasta la congelación rutinaria de una gran cantidad de seres humanos en estado embrionario.

Ciertamente, esta práctica constituye una de las más grandes tragedias humanas de nuestro tiempo. No se necesita mucha reflexión ética para darse cuenta de la grave injusticia que se comete al congelar a un ser humano.

El congelamiento y descongelamiento somete a los embriones a un alto riesgo y hasta un 50% de ellos no sobrevive al proceso. En muchos casos estos embriones quedan finalmente abandonados por sus padres, condenados a un estado estático a perpetuidad, atrapados en el tiempo, en la cruel desolación de los orfanatos de nitrógeno líquido.

A raíz de esto muchos padres y madres enfrentan después dilemas atormentadores respecto a qué hacer con sus hijos en animación suspendida.  Una vez impuesta esta injusticia vienen otros a argumentar a favor de una ofensa aún más flagrante contra la dignidad de estos embriones, esto es, destruirlos con tal de extraer sus células madre.

El argumento de que los embriones «se tirarán de todos modos» ha sido muy eficaz para convencer a legisladores y políticos para que favorezcan a los científicos interesados en usarlos en la experimentación.

Fruto del pragmatismo estadounidense que busca «maximizar los rendimientos de la inversión», la subyugación de los embriones es casi total en nuestra sociedad al reducirlos a simples «cosas», objetos que se pueden manipular, valiosos por lo que pueden aportar a los intereses y deseos de los demás.

Recurriendo al argumento de que los embriones se tirarán de todas formas, el Dr. Chi Dang, profesor de medicina en la Escuela Médica de la Universidad Johns Hopkins, dijo en una entrevista reciente:

«La pregunta es: ¿Es éticamente más aceptable destruir estos embriones echándoles ácido encima, o reorganizar estas células aglomeradas y así crear nuevas líneas celulares que podrían beneficiarnos en el futuro?»

Cuando empezamos a promover este tipo de falsas dicotomías y a construir una ética de castillos de arena, es que ya estamos cayendo en la complacencia, en una especie de letargo moral respecto a nuestros deberes elementales para con los humanos más débiles y más pequeños.

Gary Rosen escribía en una ocasión en el New York Times que un curso de Ética para Principiantes bastaría para hacernos ver cuál es el problema aquí, es decir, que no debemos tratar a otras personas como medios para nuestros propios fines sino como fines en sí mismos.

Sin embargo, hasta la ética más básica parece difícil de cuadrar con las frías y bien estructuradas discusiones clínicas sobre «aprovechamiento de embriones» y «reorganización de células aglomeradas». 

Aunque el vocabulario de los científicos investigadores de células madre y quienes los apoyan se mantenga completamente académico, no por eso deja de tener, en palabras de Rosen, «un inconfundible olor a canibalismo».

En EEUU necesitamos urgentemente una Ley de Protección al Embrión. La tentación de negar la humanidad de nuestros propios hermanos sigue presente y nos trae resonancias de tiempos pasados, cuando con fines de representación en el congreso los esclavos equivalían a sólo tres quintas partes de una persona.

Tratar al ser humano como si no valiera ni una quinta parte de una persona es una violación, más deplorable aún, de los derechos humanos. Los integrantes más pequeños de nuestra familia humana merecen protección legal.

Leyes como las de Alemania e Italia, aunque no podrían detener todas las injusticias contra los embriones, sí impedirían que se llegue aún más lejos con otras formas de barbarie en el laboratorio y de explotación humana, evitando así que esto se convierta en la norma.


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¡Fuego en la clínica!

15 enero, 2009

Un argumento al que frecuentemente se recurre para justificar la destrucción de embriones humanos empieza así:

Supongamos que se incendia una clínica para la fertilidad. Usted es el único adulto presente, hay un bebé recién nacido y 5000 embriones congelados en un tanque de nitrógeno líquido. Usted sólo puede salvar a uno de todos ellos antes de que el fuego consuma el edificio. ¿A quién elegiría usted?

De acuerdo con este argumento, sólo el extremista más apasionado y radical elegiría el contenedor con los embriones en lugar del bebé recién nacido.

Y con esto parece demostrarse lo que los defensores de la experimentación con células madre embrionarias han estado diciendo todo el tiempo, esto es, que todos hacemos una distinción moral entre embriones y niños, y que matar embriones no puede estar en el mismo nivel moral que matar niños.

La destrucción de embriones, ellos concluyen, no plantea ningún problema moral real si estos son destruidos durante la experimentación para beneficio de otros.

Es claro, sin embargo, que este argumento no logra justificar lo que propone. Si cambiamos ligeramente la historia veremos dónde está la falla.

Imaginemos a tres hermosas hermanitas recién nacidas durmiendo juntas en una cama de hospital. En otra cama al lado de las bebés, está la madre, inconsciente y recuperándose de la cirugía.

El papá de esas niñas se encuentra en una sala de espera al fondo del pasillo y es la única persona presente en el área cuando, repentinamente, se origina un gran incendio.

Él corre por el pasillo para salvar a su familia pero sólo podrá arrastrar una sola cama para sacarla del cuarto antes de que el fuego haga imposible rescatar a nadie más. Si elige rescatar a su esposa en lugar de sus hijas, ¿significa eso que hace una distinción moral entre su esposa y sus hijas?

¿Significa, de alguna manera, que él aceptaría que científicos investigadores experimenten con las bebés o que las sacrifiquen en aras de la ciencia? Es claro que no —de su acción nunca se podría llegar a tales conclusiones.

El elegir salvar a su esposa no indica que concede a sus tres hijas menos valor que a su esposa, o que las ve como “menos humanas” que ella. Indica, más bien, que debido a que él ha convivido mucho con ella a través de los años, está emocionalmente más apegado a ella, que reconoció su voz, y que en un nivel emocional inmediato él respondió a esa continua amistad con ella.

Dicha decisión no dice nada, ni siquiera al propio padre, de qué tan valiosas en realidad son para él sus hijas. Lo mismo sucede respecto a los embriones que pudieran quedarse atrás en el caso del congelador: salvar al recién nacido no dice nada en relación al valor y la dignidad intrínsecos del embrión ya que es probable que el rescatador esté reaccionando de forma inmediata a lo que le es más familiar, es decir, al bebé recién nacido.

Como sacerdote y bioeticista, frecuentemente se me hace la difícil pregunta de qué deben hacer los padres con sus embriones «sobrantes» que resultan de la fertilización in vitro.

En esas conversaciones es casi palpable la angustia y la culpa de los padres en su esfuerzo por encontrar una forma de liberar a sus hijos atrapados en esos congelados orfanatos.

Después de haber conocido personalmente a muchos padres y madres en esa situación, estoy convencido de que si tuvieran que «enfrentarse al fuego», algunos de ellos bien podrían elegir a sus embriones en lugar del recién nacido de otros padres.

Los lazos familiares son muy poderosos, y he conversado con hombres que han manifestado que si tuvieran que elegir entre sus tres hijas o su esposa, ellos permanecerían en la clínica tratando de salvar a toda la familia, aún y cuando esto significase morir en las llamas.

El caso hipotético del incendio en la clínica, donde se tiene que tomar una decisión instantánea, pierde de vista la cuestión esencial de cuáles son nuestras obligaciones morales reales hacia el embrión humano.

Lo que hace un caso así es, realmente, enfrentarnos a una priorización de emergencia en una situación desesperada, artificial y poco probable, lo cual nunca será una base legítima para determinar o deducir principios morales.

En un momento de temor o dificultad de esa magnitud lo que se necesita es una decisión inmediata, no un calmado razonamiento basado en principios morales. Cuando tenemos que tomar una decisión tan difícil como la anterior es posible que sintamos instintivamente que el bebé recién nacido ya está en camino de ser un miembro adulto de la sociedad.

El salvar al recién nacido contribuye, por lo tanto, a un resultado razonablemente cierto en el futuro —mientras que salvar a los embriones no ofrece esa certeza práctica respecto a su futuro o a su destino final.

Algunos de los embriones de ese contenedor tal vez lleguen a ser implantados en la matriz de su madre, pero aún así pueden morir o ser sometidos a una «reducción selectiva»; algunos otros tal vez sean destruidos si los encargados de la clínica los consideran «inadecuados»; otros tal vez sean cedidos a investigadores para experimentos que implican la destrucción de embriones; muchos tal vez permanecerán en el profundo congelamiento por tiempo indefinido.

Si yo eligiera salvar del fuego al recién nacido, esa acción no indicaría nada significativo respecto a lo que pienso del valor moral de los embriones humanos atrapados en el congelador. Indicaría, más bien, el juicio instantáneo que hago en una situación de crisis o de urgente priorización y basado en resultados previsibles.

Estos escenarios hipotéticos nos recuerdan que el tomar decisiones morales complejas bajo presión no es cosa fácil, y que dependerá, necesariamente, de muchos factores —las circunstancias particulares, las relaciones familiares, los resultados probables que se prevén, así como los aspectos emocionales del caso.

También nos recuerdan que el proceso para llegar a los juicios éticos correctos no depende, en última instancia, de imaginarnos escenarios exasperantes y poco realistas para justificar determinadas conclusiones.

El caso imaginario del incendio en la clínica sí nos hace ver, sin embargo, que no estamos familiarizados con los embriones y por lo tanto es probable que reaccionemos hacia ellos de una forma diferente a como lo hacemos hacia un bebé completamente formado.

Pero también debe servirnos para recordar cómo no debemos familiarizarnos con ellos, es decir, que para empezar, los embriones no se supone que deban estar en congeladores, sino únicamente en la seguridad del vientre materno.

El clásico ejemplo hipotético del incendio en la clínica al que se recurre como argumento pierde de vista la cuestión central del valor inestimable de cada uno de esos embriones humanos y nos induce, con una maniobra distractora, a dar una respuesta emocional basada en lo que en un momento de crisis nos es más familiar.

En nuestro aquí y ahora, la clínica no se está quemando y tampoco estamos en la situación de tomar una decisión salomónica entre salvar humanos embrionarios o humanos de más edad. Lo que tenemos que hacer, más bien, es esforzarnos por construir una sociedad que se preocupe igualmente tanto por unos como por otros y que los proteja a ambos por igual.