grandes ideas

El uso político de falacias económicas. El aprovechamiento gubernamental de mentiras económicas, explicables por ignorancia personal del gobernante y la gente.

Introducción

El tema general de este resumen es el de los mitos económicos y su capitalización por parte del gobernante. Falacias y creencias falsas que son de utilidad al gobernante.

Es una gran idea hacer disponible una lista de «falacias económicas seductoras», como el autor llama a ese capítulo.

Conocerlas permitirá tener una mayor perspicacia al ciudadano que escucha al político y sus propuestas. Estas falacias, parece mentira, aparecen en cada nueva elección en todo país.

La fue encontrada en la obra de Masaki Flynn, Sean, Economía para dummies. Bogotá. Norma, pp. 381-389.

Punto de partida

El autor califica estas falacias como ideas que son atractivas, que son convincentes y que al mismo tiempo son falsas por dos errores de pensamiento.

Uno es el no considerar a la totalidad de la situación y el otro es un razonamiento económico erróneo.

Pero no importa que tengan esas fallas, hay falacias económicas que son de uso político frecuente. Ellas ayudan a los gobernantes a ser elegidos, a mantenerse en el poder y a ser populares.

1. Falacia económica: la masa laboral

Esta falacia, de la masa laboral, consiste en creer que si la jornada de trabajo se reduce en cierta proporción eso obligará a las empresas a contratar más trabajadores en esa proporción.

Si esto fuera cierto, una jornada laboral de 40 horas reducida por decreto gubernamental a la mitad obligaría a los empleadores a contratar en total al doble de trabajadores.

En Francia esto fue aplicado (véase abajo). No funcionó por cuestiones obvias.

Contratar a un trabajador para la jornada completa es más eficiente que contratar a dos trabajadores, cada uno con la mitad de la jornada. Esos dos trabajadores, en suma más caros, no producen más que uno solo la jornada completa.

Y si llegaran a contratarse en doble de trabajadores, eso significaría al final que todos ellos estarían subempleados.

2. Falacia económica: sobrepoblación

Esta otra de las falacias económicas de uso político, es la de la sobrepoblación.

Es el mito nacido el siglo 18 con Malthus: la población creciendo llegaría a un punto en el que rebasaría la capacidad de producción y se retornaría a niveles de subsistencia.

La idea ha sido negada por la realidad y, más aún, ha surgido el problema contrario, el crecimiento insuficiente de la población.

El crecimiento de la población en sí mismo ha sido dejado de ver como causa de pobreza y sus causan se entienden ahora mismo como las provenientes de políticas gubernamentales equivocadas. (Véase Tener o no tener hijos)

3. Falacia económica: secuencialidad es causalidad

Esta falacia es la de la confusión de ‘causa’ con ‘secuencia’. Se le conoce como falacia del paraguas o más técnicamente como post hoc ergo propter hoc.

Consiste en creer que si un evento sucede en el tiempo después de otro, el primero es causa del segundo. Si después de A sucede B, entonces se afirma que A es la causa de B.

Las culpas entre gobernantes usan esta falacia. Un gobernante es elegido y a pocos meses de su elección inicia una recesión. El candidato perdedor culpará al ganador de esa recesión diciendo que de haber sido él el elegido, la recesión no habría sucedido.

Poco a poco comienza a revelarse la riqueza de la idea de Masaki Flynn: una gran utilidad para el ciudadano escéptico que desea ver más allá de las palabras agradables de un gobernante.

4. Falacia económica: proteccionismo

Y un gran ejemplo las falacias económicas con uso político es la del proteccionismo.

El argumento de esta falacia sostiene que será de beneficio para el país crear barreras comerciales y poner impuestos a las importaciones porque estas medidas protegen a los trabajadores nacionales y a sus empresas.

El error de pensar así está en el no considerar integralmente lo que sucede.

Esas medidas, dice el autor, protegen a los empleos específicos que tienen como objetivo cuidar, pero producen con frecuencia la falta de creación de otros empleos.

Una industria protegida, por ejemplo, el carbón, evita importaciones más baratas, por lo que la economía en su totalidad sufre de precios más altos de energía y los bienes serán más caros en esa proporción. La falacia ignora que los trabajadores son al mismo tiempo consumidores.

El proteccionismo desvía recursos al mantenimiento de empresas que de otra manera no subsistirían y esos recursos no podrán usarse en el desarrollo de otras industrias nuevas y mejores.

Desde luego, los empleos perdidos podrán lastimar a los trabajadores que no puedan trasladarse a las nuevas industrias, un problema que tiene solución.

5. Falacia económica: no considerar costos

Esta falacia es la de ir a los extremos sin importar costos. El ejemplo que usa Masaki Flynn es el de la seguridad en los vuelos aéreos.

Es el gobernante que reclama que no importa el costo, los aviones deben hacerse lo más seguros que sea posible. El problema es uno de costo. Hacer los aviones tan seguros hará que el volar tenga un costo prohibitivo.

El principio económico ignorado es el del marginalismo: deben examinarse los beneficios marginales con los costos marginales. Cada una de las innovaciones posibles de seguridad aérea tiene una adición y un costo.

Las primeras adiciones contribuyen a la seguridad con costos aceptables, pero más y más medidas de seguridad representarán adiciones pequeñas y de gran costo.

El gran principio en este terreno es el de cuidarse de las afirmaciones extremas que apelan a la totalidad con independencia de lo que cueste. Programas como el de todo niño asegurado o con escuela pueden crear situaciones insostenibles.

6. Falacia económica: mercados inestables

La de las falacias económicas con uso político se refiere a la acusación que reciben los mercados libres. Se les acusa de ser inestables, sufrir cambios imprevistos y estar continuamente en cambio.

Quien no desea cambios y solicita pasividad, no se da cuenta de que los cambios que tiene un mercado libre son una ventaja muy superior a la escasa capacidad de reacción que tiene la burocracia para ajustarse a cambios con facilidad.

No son mercados inestables, son mercados sensibles, dice el autor. Son mercados dinámicos.

7. Falacia económica: competencia por salarios bajos

La séptima de las falacias tiene que ver con el comercio internacional. Es la que asegura que los salarios bajos de los países pobres hacen imposible que los países ricos compitan con ellos.

La falacia es común y la creen cierta gobernantes y gobernados, lo que les hace recelosos del libre comercio.

La comparación que se hace para demostrar que la falacia es verdadera es comparar salarios entre dos países. En uno el salario es de 4 dólares al día, en el otro es de 5 dólares la hora. Usando esta base, cualquiera concluiría que la competencia es imposible.

El problema es que la base es incorrecta.

Lo que debe considerarse es el costo laboral por unidad producida y no por tiempo trabajado. Es una medida de productividad la que vale, no la de costo por tiempo. El trabajador que más gana puede resultar el más barato si produce proporcionalmente más que el que gana menos.

Un trabajador con ingresos bajo casi siempre tiende a ser menos productivo. Pero puede todo esto ser alterado por decisiones gubernamentales que manejen la paridad de las monedas.

8. Falacia económica: impuestos no son incentivos

Un buen uso político de las falacias económicas es la que supone que las tasas fiscales no tienen efecto en el esfuerzo de las personas. Es una creencia sostenida por muchos gobernantes que quieren hacerse de más fondos para gastar.

La realidad es que sí existe un punto de tasas de impuesto, más allá del cual las personas prefieren trabajar menos que tener mayores ingresos, lo que ocasiona un monto recolectado de impuestos menor al esperado.

9. Falacia económica: ignorar efectos no intencionales

La novena de las falacias es una a la que Contrapeso.info ha dedicado gran tiempo, la de la ley de los efectos no intencionales (la colección de artículos puede ser encontrada en Contrapeso.info:  Efectos no Intencionales).

El autor usa un ejemplo. Un gobierno establece una tarifa para el acero importado. El objetivo es proteger a esa industria y sus empleos.

La medida logrará su objetivo, pero no es esa toda la historia. Se perderán empleos en la industria de automóviles porque los coches serán más caros debido al acero más caro.

Las personas comprarán menos autos y la competencia tendrá mejores costos.

Resumen

Masaki Flynn termina con una advertencia al lector, la de tener cuidado la siguiente vez que se escuche a un político.

Seguramente el gobernante estará contando un lado de la historia, la parte buena para impresionar a los electores. Es posible que él jamás haya pensado que hay otra parte en esa historia.

La gran idea de Masaki Flynn es tener esa lista fácilmente accesible a otros y hacerlos más sabios y experimentados cuando se vean frente a un gobernante que pretenda convencerlos de sus grandes ideas y propuestas.

Sí, existen falacias económicas que son fácilmente creídas y aprovechadas por el político que les da un uso en beneficio propio. El político aprovecha la ignorancia económica de las personas o es él un ignorante también.

Y unas cosas más…

Véase también Guía Contra Propaganda Política. Otra falacia debe mencionarse, la del culpable favorito, de gran provecho político.

Más sobre el uso político de engaños y falacias económicas.

Un Búmerang Francés

Por Eduardo García Gaspar –   28 marzo, 2003

El caso de Francia puede ser una lección interesante en el uso político de falacias económicas.

Los datos que encontré son los siguientes, vistos muy brevemente. Es 1999 y el gobierno francés emite una ley que reduce la jornada de trabajo. Ahora se trabajará menos, 35 horas en lugar de 39, pero se mantendrá la misma paga. El trabajo de horas extras se castiga severamente.

¿Se creará más empleo?

Desde luego, toda la idea es tener otro intento de remediar el desempleo sistemático del país, cantando alabanzas a la iniciativa del gobierno socialista. La noción que fundamenta la acción parece ser obvia.

Si para producir algo se necesitan cien personas trabajando tiempo completo, eso quiere decir que doscientas personas trabajando medio tiempo producirán lo mismo.

La decisión gubernamental francesa, se pronosticó, crearía unos 700 mil empleos. Lo que remediaría la falta de creación de empleos producida por la falta de dinamismo de la economía.

No ver lo importante

La verdad es que se cometió el mismo error que otro francés, Federico Bastiat, previó, que es el entender que hay cosas que se ven y cosas que no se ven.

Podían verse con facilidad los pronósticos de nuevos empleos, pero no se vería tan fácil el error de razonamiento. Veamos.

Si usted reduce la jornada de trabajo semanal en cuatro horas y crea 700 mil empleos, debe ser cierto que cada hora reducida produce 175 mil nuevos empleos.

Por tanto, si usted baja la jornada laboral de 39 a 29 horas, se crearían 1 millón 750 mil nuevos empleos. Vaya, Francia podría verse en el caso de tener que llamar a gente de otras partes para llenar las plazas de reciente creación.

Peor aún, el costo de lo producido así se elevará por dos razones. Es probable que se produzca menos que antes y es seguro que costará más. La menor oferta tenderá a elevar los precios y esos precios subirán por un mayor costo de la mano de obra.

Estas son las cosas que no se vieron en esa medida francesa, que a la larga todos padecerán una vida peor gracias a una medida que intentaba lograr una vida mejor.

En pocas palabras, esto es un uso político de falacias económicas.

La mano de obra barata no es la clave, sino la productividad del trabajo, para elevar los ingresos de las personas.

[La columna se actualizó en 2019-10]