La persona hablaba del combate al narcotráfico en México y lo hacía con más emoción que racionalidad. Se quejaba de las muertes, la inseguridad, las víctimas. En un punto dijo algo que me llamó la atención y se convirtió en una tentación.

Hay tentaciones que son irresistibles. Son situaciones en las que es difícil detenerse y no tratarlas. Hay algo en ellas de incontenible y, sin remedio se sucumbe. Muchas de esas tentaciones toman la forma de un clisé: frases e ideas repetidas una y otra vez y que despiertan la pasión al cuestionarlas.

Fue lo que esa persona, quejándose de la inseguridad en el país, dijo: “la violencia sólo engendra más violencia”.

No me negará usted que lo ha escuchado una y otra vez. Esta frase cumple con los requisitos del clisé: es repetida sin cansancio, es usada como argumento suficiente para ganar discusiones, es lo suficientemente breve para ser recordada y lo suficientemente vaga para ser interpretada de maneras alternas.

Pero, ¿es cierta? Examinemos eso.

Comienzo con lo obvio: la ausencia de violencia es mejor alternativa. No hay duda de eso. Es mejor que en una cámara de diputados no se agarren a golpes, que en una ciudad no existan robos ni asesinatos, que en una familia no se golpeen, que no existan atentados terroristas, que los gobiernos no ataquen a otros países.

De eso estamos seguros y podemos sacar una regla general: cometer actos de violencia es reprobable. Lo es por una razón lógica: los humanos tenemos todos una igual dignidad, lo que hace que el atacar a uno de ellos sea ir en contra de esa dignidad. La violencia es negativa por causa de la esencia o naturaleza humana.

Pero hay algo indeterminado en eso de que “la violencia sólo engendra más violencia”. ¿Es una regla absoluta e inamovible? Decir que sí es absoluta lleva a conclusiones inevitables que harían moralmente reprobable el usar la fuerza para repeler un ataque: sería malo que un padre de familia golpeara a quien ataca a sus hijos; habría sido malo detener la invasión nazi en Europa.

Lo que podemos concluir es que el decir que “la violencia sólo engendra más violencia” tiene excepciones claras. No es una regla absoluta, pues llegaría a absurdos como prohibir detener a criminales y ponerlos en la cárcel. Daría pie a permanecer pasivo ante todo acto de violencia, el que sea. No tiene sentido, por tanto, decir que “la violencia sólo engendra más violencia”.

Hay ocasiones en las que de hecho es conveniente usarla, como cuando se actúa en defensa propia, como un medio para detener la agresión. La frase al final de cuentas en un clisé sin aplicación realista. Quien la repite en realidad no sabe lo que dice. En verdad, la violencia puede detener a la violencia y ser buena. Pero eso no es lo importante, sino el saber la razón.

Si la violencia no es en sí misma reprobable en toda ocasión sin excepciones, pero sí es vista como indeseable en general, debe satisfacerse la curiosidad de por qué. Creo que es relativamente fácil de explicar.

Lo único que podemos considerar como absoluto es el valor de la vida humana y esto efectivamente no tiene excepciones. Es éste valor o regla absoluta lo que domina el uso de la violencia, pudiendo llegar a hacerla deseable. Es obvio, por ejemplo, que un atentado terrorista como el de Atocha en Madrid es un caso de violencia reprobable. Lo es porque se atacó el valor de la persona, se provocó la muerte intencional de muchos.

Pero el mismo valor de la persona puede en ocasiones justificar violencia, como cuando se responde al ataque que hace una persona a otra. El uso de la violencia, por tanto, está condicionada a otro valor que sí es absoluto, el valor de la persona. La reprobación universal del uso de la violencia no puede ser una regla sin excepciones.

Repetir creyendo cierto eso de que “la violencia sólo engendra más violencia” es un error fácilmente demostrable. A pesar de serlo, y esto es realmente curioso, es repetido una y otra vez como si fuera una verdad revelada e incuestionable. No puedo explicármelo. Ignoro la razón de su popularidad y aceptación.

Un amigo tiene una explicación a este tipo de creencias sin base, repetidas una y otra vez: pereza mental. Según él, muchas personas han renunciado a pensar y se limitan a repetir frases contagiosas.


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