Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Igualdad, Pasión Desordenada
Eduardo García Gaspar
13 agosto 2010
Sección: DERECHOS, Sección: Una Segunda Opinión
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Desde mucho tiempo atrás, poco a poco, durante siglos, ha surgido la idea de la igualdad humana. Esa atrevida noción de que somos iguales y que, en su esencia contiene el Cristianismo: si todos somos hijos de Dios, todos somos iguales, todos, desde el rey hasta el último de los campesinos.

Es revolucionario pensar así, ya que la experiencia cotidiana es otra, una de desigualdades, diferencias y categorías. Sí, hay diferencias visibles y notables en las personas, pero pensar que eso no importa y que todas valen mucho y lo mismo, eso es notable como pocas cosas. Lo que para nosotros es obvio y aceptamos sin pensar, en otros tiempos podía ser contrario a la lógica.

La idea de la igualdad, en nuestros tiempos, tomada ya como algo aceptado y deseable, nos ha llevado, sin embargo, a extremos que pueden también ser opuestos a la razón. En un plano político, la igualdad tiene un significado sencillo: todos tenemos los mismos derechos, esos que corresponden a nuestra naturaleza digna. Claro que podía haber otra forma de igualdad.

En donde ninguna persona tuviera derecho alguno, allí también reinaría la igualdad. Sería contrario a la noción que tenemos de la dignidad humana, pero aún así habría igualdad. Esto es lo crucial, el poner sobre la mesa que la igualdad por sí misma poco significa. Debe ella ser entendida en conjunto con esa dignidad humana esencial.

El tema puede parecer abstracto, pero bien vale una segunda opinión. La obsesión de nuestros tiempos por la igualdad a toda costa, tiene sus consecuencias no deseables. Por ejemplo, no hace mucho el rector del TEC habló de incorporar a la universidad que dirige la meta de “reducir la brecha” entre ricos y pobres. Esta es la obsesión de la que hablo.

La meta debería ser otra, la de resolver el problema de la pobreza, no la diferencia entre unos y otros. Diferencias siempre existirán, brechas siempre habrá. Y es que la pasión por la igualdad, que tiene sus aspectos loables, se ha convertido en una obsesión igualitaria. Tocqueville (1805-1859) lo ha descrito bien.

Escribió que, “… hay también en el corazón humano un gusto depravado por la igualdad que lleva a los débiles a querer rebajar a los fuertes a su nivel y que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la servidumbre que a la desigualdad en la libertad”. Hay en estas palabras tanta sabiduría como perspicacia.

No, la igualdad no es mala, al contrario, es deseable mientras no se torne en esa delirio incondicional que nada respeta y todo confunde, sin darse cuenta que por medio de la igualdad se justifica la degradación de la dignidad humana. Es a lo que temo, a esa igualdad que se fundamenta en creer que todos somos iguales, porque nadie tiene dignidad. El rector del TEC no ha sido diferente a otros al hablar de la brecha de ingresos y las palabras de todos ellos tienen esa semilla de una igualdad sin dignidad que al final abre la puerta a la sociedad de siervos iguales.

El error es poco mencionado y debe ser claro ahora. Consiste en hablar de igualdad olvidando la dignidad humana. Somos iguales, sí, pero iguales en dignidad y valor. La igualdad sin dignidad, no es igualdad sino esclavitud. En esto, el Cristianismo ha hecho una aportación mucho mejor: somos iguales por ser creación de Dios, pero también somos criaturas libres que pueden razonar y eso es parte de nuestra dignidad.

Somos iguales porque somos libres y, no hay remedio, esa libertad igual para todos produce diferencias, esas brechas que se pretende borrar. La única manera de borrarlas es la igualdad de todos en la servidumbre. O, peor aún, la creación de seres inferiores y superiores, en una sociedad en la que los inferiores pueden ser sacrificados en beneficio de otros.

La igualdad humana es una idea compleja y de gran sutileza. Es más un bisturí que un hacha para árboles. De ser un concepto revolucionario en el sentido más profundo del término ha pasado a ser una pasión desordenada e irracional que en todo ve brechas que deben desaparecer en aras de esa igualdad. Ignora que siendo igualmente libres, las personas no podemos ser iguales en muchas otras cosas.

Ver brechas y diferencias es un síntoma de esa pasión desordenada por una igualdad tosca, ilógica y cruel, que sólo por la fuerza puede ser lograda entre esclavos. La igualdad, de ser una idea admirable, ha sido convertida en una obsesión por encontrar brechas y diferencias que deben ser anuladas sin razón ni sentido.

ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.



1 comentario en “Igualdad, Pasión Desordenada”
  1. Andrés Alonso González Dijo:

    … me parece oportuna tu cita de Tocqueville como antídoto de la pasión por la igualdad. Pero el hecho de que hoy en día se dé por establecida la igualdad de todos los hombres, no puede hacerla válida sin más, sobre todo teniendo en cuenta que los clásicos griegos no estaban de acuerdo con ella. Tu hablas de la necesidad de colocar al lado de la igualdad la idea cristiana de igualdad en dignidad, pero esa idea tampoco parecen haberla compartido los clasicos medievales del cristianismo, ya que no llegaron a la conclusión que se da por buena hoy en día. Y en definitiva ¿de dónde ha surgido esa pasión por la igualdad o la igualación, si no es de la idea de que todos somos iguales en dignidad y que todos valemos mucho y lo mismo?





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