Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Impunidad Momentánea
Eduardo García Gaspar
1 febrero 2010
Sección: CRIMEN, Sección: Una Segunda Opinión
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La noticia fue espeluznante. Las autoridades capturaron a un narcotraficante principal. Uno al que la DEA consideraba uno de los más altos operadores del crimen organizado. Una cualidad, sin embargo, separó a esta noticia de otras capturas similares: en las noticias se le hacía responsable directo de 300 muertes al menos. En otros reportes, la cifra fue mayor, de 600.

Más allá de la noticia en sí misma y su espectacularidad, la información es terrible: un ser humano al que se presume responsable de asesinar a cientos de personas. Aún creyendo en cifras exageradas e inexactas, eso no deja de crear una impresión durable en cualquier persona razonable.

Situaciones como esta abren la puerta a pensamientos a los que muchos suelen temer. ¿Qué castigo merece una persona así? Pero la palabra castigo no tiene mucho sentido sin considerar que un castigo tiene dos dimensiones muy diferentes.

La primera se refiere a nosotros mismos y nuestro deber de justicia: debemos enfrentar una decisión de justicia en el castigo a casos de ese tipo. Es el castigo adecuado según nuestras leyes. Es la vieja discusión de la pena de muerte para casos extremos, como éste. En mi opinión, perfectamente justificada si los datos son correctos.

Pero no entro en esta discusión de la pena de muerte aplicada por la ley humana. Quiero ir a otro terreno.

A una segunda dimensión que va mucho más allá de la humana. Cuando se conocen casos extremos de maldad personal, innegable y clara, intencional y consciente, los castigos humanos parecen fuera de escala. Buscar un castigo proporcional a ese número de asesinatos, o a la colocación de una bomba que mata viajeros en un avión, es un reto intelectual para nuestras leyes.

O, peor aún, el caso más estremecedor de todos, aún más que el de esas personas terroristas y criminales: el caso del malvado  intencional y voluntario que pasa sin ser castigado y al contrario, lleva una vida más placentera que las personas bondadosas.

Me refiero a casos como el de asesinos que nunca son capturados, o de políticos corruptos que acumulan riquezas inmensas dañando el bienestar de millones… pero que no son castigados por nuestras leyes. Lejos de eso, su existencia está rodeada de lujos y resulta envidiable.

Es justificable rebelarse contra eso porque al mismo tiempo gente buena lleva una vida incluso miserable. ¿Cómo enfrentar esa realidad?

Quizá debamos aceptarla porque después de todo nuestro mundo no es perfecto, lo que muy bien se percibe con eso mismo: la buena vida de muchos malos y la pobre vida de muchos buenos. Quizá exista esa otra dimensión de castigo y que ya no es humana. Yo creo que sí existe. Tiene que existir.

Sería una especie de tribunal último e inapelable, que trabaja con un conocimiento perfecto de cada persona y no tiene necesidad de evidencias, ni testigos, pues conoce a la perfección al sentado en el banquillo. El ese tribunal último se dicta sentencia perfecta y el criminal no puede evadir su condena. Al final, su impunidad será momentánea.

Es un consuelo notable creer en esto y altera nuestra manera de pensar y conducirnos. Quien no cree en la existencia del tribunal último tendrá una conducta notablemente diferente a quien sí tiene esa creencia. Porque ese tribunal último tiene una cualidad que no tienen los juicios humanos: no sólo castiga al culpable, también premia al inocente.

No puedo imaginarme los detalles del último tribunal, pero quizá sí sea posible especular sobre los casos extremos de maldad, como el que usé al principio de la columna. O como el que más claro se percibe, el del nazismo y el asesinato intencional de inocentes, igual que se hizo en la URSS con Stalin.

No creo que esas personas extremas en su maldad queden impunes. Sería un problema grave de justicia, lo que me manda a otra especulación: la justicia necesita de otro mundo diferente al nuestro. Si en este mundo mucha maldad queda impune, eso significaría que la impunidad se conservaría al no existir otro mundo en el que se castiga y premia.

Esta es una de las cosas que me parecen lógicas en el Cristianismo: su idea del Juicio Final es congruente con nuestra noción de justicia que premia al bueno y castiga al malo. No me meto en las complicaciones del juicio final de personas comunes con una mezcla de cosas buenas y cosas malas.

Pero sí es posible tratar los casos extremos de bondad y maldad, donde nuestra imaginación se mueve más fácilmente. Y aquí es donde encontramos consuelo y lógica: al final, en algún momento futuro, el malvado extremo, intencional y consciente, encontrará un veredicto absoluto y justo y perfecto. Todo porque sí existe un juez perfecto que todo lo conoce.

La impunidad de los malvados será tan solo momentánea.

Post Scriptum

La noción central radica en reconocer una diferencia enorme entre dos posturas. La moral o el conjunto de reglas de conducta variarán dependiendo de si se cree o no en la existencia de un tribunal último.

Kant creyó que la moral sufriría mucho sin la creencia en el Juicio Final y Kant se quedó muy corto en esa apreciación (esta observación es de Budziszewski, J. (2009). The Line Through the Heart: Natural Law as Fact, Theory, and Sign of Contradiction. Intercollegiate Studies Institute. p. 37).

La diferencia extraordinaria que produce esa creencia es explicada así: si yo no creo que exista ese Juicio Final perfecto por parte de Dios, intentaré realizarlo yo mismo antes y suplantaré a Dios. Es decir, debo creerme Dios para realizarlo y lo haré sin posibilidad de perfección, es decir, en aras de la justicia cometeré acciones injustas que permitan castigar al que es culpable en mi opinión.

Quizá sea éste el problema fundamental de las propuestas utópicas de regímenes sociales que persiguen la perfección: necesariamente suponen que sus gobernantes son perfectos, capaces de emitir juicios sin fallas, lo que les permite llamar justicia a lo que es injusto.


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