Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ingenuidad del Intelectual
Eduardo García Gaspar
21 abril 2010
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Muchos lo podemos reconocer cuando lo vemos frente a frente. Estamos preparados para hacerlo y al detectarlo lo solemos rechazar. Su mismo nombre connota ideas negativas de política sucia y engañosa. Lo llamamos populismo.

Pero cuando se nos pide definirlo, empiezan las dificultades. No es tan fácil como debiera serlo. Vemos a, por ejemplo, Hugo Chávez y no tenemos duda del populismo que practica. Verlo es una gran ayuda académica para detectar un rasgo central del populismo: la creación de conflictos dentro de la sociedad.

Un buen populista siempre encuentra grupos enemigos. Obama lo ha practicado también. El populista crea grupos a los que califica con adjetivos conocidos: capitalistas, especuladores, enemigos del pueblo, intereses ocultos, fuerzas desestabilizadoras, comerciantes codiciosos, monopolistas, multinacionales, imperialistas y muchos otros más nombres.

Es un truco primitivo, pero suele funcionar bien dentro de un mecanismo mental simple: esos grupos malévolos por definición son los enemigos que el populista atacará como una misión personal sagrada que favorece a la gente común, a la mayoría, al pueblo, a los débiles, a los marginados. Toda la idea es que el populista obtenga apoyo mayoritario.

Una manifestación sensacional del populismo es Chávez y sus expropiaciones. Si los comerciantes elevan precios, los expropia. Si un campo de golf le parece excesivo, lo expropia. En una versión no menor, Obama ha hablado de las malas aseguradoras a las que les ha hecho la guerra en aras del bien de las mayorías.

Por supuesto, el populismo tiene otros rasgos, como el manejo descuidado de los recursos públicos, la elevación del populista a un nicho sagrado, concentración de poder, degradación del estado de derecho, eternización en el poder, culto a la personalidad. Pero lo que más importa es la razón por la que el populismo tiene éxito entre demasiados.

Sí, sabemos que el populismo es un viejo y sucio truco político que en realidad tiene como objetivo elevar y mantener a alguien en el poder, permitiéndole implantar sus ideas personales sin limitación. Pero la duda queda, ¿cómo es que sabiendo que se trata de un engaño aún así se sucumbe a él?

Me refiero a, por ejemplo, ciudadanos que votaron por candidatos claramente populistas.

Le pedí sugerencias a un amigo para que me ayudara a contestar esa pregunta.

Lo primero que me dijo usó palabras que no me atrevo a repetir, pero que se referían a la ingenuidad, al candor e inocencia de tantos ciudadanos. Se trata de una respuesta basada en la credulidad de la gente con escasa preparación y educación pobre.

Una gran masa de ciudadanos demasiado simples, siempre dispuestos a la llaneza de creer lo que un político les diga. Es una realidad dura y cruel, pero que no es nada con la otra explicación que me dio y que espero explicar con claridad en lo que sigue.

La anterior explicación del éxito del populismo se centra en la impreparación de un número importante de ciudadanos que pecan de inocentes y crédulos, y les convence la idea de que tienen enemigos muy poderosos de los que los librará el populista. Pero la siguiente explicación es que el populista también atrae a muchos de los más educados y preparados, a la elite del pensamiento.

Mi amigo expuso su breve análisis diciendo que el populismo atrae al escasamente educado, pero también al altamente educado porque ambos son muy parecidos en una cosa. Los dos, los no educados y los intelectuales, son extraordinariamente cándidos, crédulos e inocentes en lo que se refiere a cuestiones políticas. Creo que la idea tiene su originalidad.

Entiendo que personas con escasa educación sean engatusadas con facilidad por un populista que les engaña con promesas irrealizables y bienestar futuro fácil de lograr. Eso se comprende con facilidad. Pero que la elite de los más preparados también sea engañada por el populismo me costó trabajo entender.

“Los más educados, los de la elite intelectual”, me dijo, “también se tragan el cuento de la existencia de enemigos de los que nos librará el gobierno si se le permite actuar sin limitaciones al populista que se creen tiene metas sociales altruistas. Los únicos que se pueden salvar son los que tienen más sentido de la realidad, los que viven de su trabajo y conocen los males que los gobiernos producen”.

Toda la idea me sorprendió, pero, la verdad, también salí convencido de que mi amigo tenía un buen punto.

Según él, los intelectuales muy educados son igual de cándidos y simples que los de muy escasa educación. Los dos se tragan con notable inocencia el cuento de las buenas intenciones gubernamentales basado en una representación boba de la sociedad en la que existen enemigos ocultos. Los que no tienen esa candidez son los que conocen el mundo real y padecen en carne propia la realidad de un gobierno lleno de buenas intenciones.

Post Scriptum

En Viaje al Centro del Poder traté la explicación del método populista de dividir a la población fabricando conflictos que sólo él puede resolver.

La idea del intelectual cándido que también cree en la simpleza del conflicto artificial creado por el populista quizá pueda ser explicada por la fascinación que sobre los intelectuales ejercen las versiones populares de las ideas de Marx, pero sobre todo por los abusos de la razón (como lo señaló Hayek). No tienen los intelectuales la capacidad de entender procesos espontáneos sobre los que no se ejerce autoridad central.

Otro rasgo de los intelectuales es fascinante: su atracción por lo mal escrito y confuso, supongo, porque lo pueden interpretar como les da la gana. Véase Respeto Por lo Confuso.


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No hay comentarios en “Ingenuidad del Intelectual”
  1. Guillermo Rodríguez G. Dijo:

    Excelente artículo. Permítame comentarle que sin bien no creo que se le deba calificar de ingenuos por eso, parece evidente que la mayoría de aquellos que podemos calificar como intelectuales son personas escasamente educadas (excepto algunos y algún tema especializado) y por ello casi siempre incapaces de comprender procesos complejos a largo plazo. Pero son lo suficientemente educados como para pretender negar con argumentos simples y plausibles la existencia de aquello que no son capaces de entender. Y una vez que tales intelectuales niegan la existencia de un inabarcablemente complejo orden espontaneo evolutivo en la sociedad humana, es natural que concluyan que se puede modelar la sociedad a voluntad y más aún, que den su apoyo a los gobiernos que en tal desatino se embarcan.
    Por otro lado, hay otras dos razones por la que algunos otros intelectuales apoyan gobiernos populistas: Una es que aspiran a los privilegios de compartir el poder como sus propagandistas, cosa que algunos logran y otros no; otra es que hay una gran mercado de lectores y escuchas para tales mensajes, además de tupidas redes locales e internacionales de apoyo y promoción, que adicionalmente suelen realizar notables esfuerzos por excluir de los espacios académicos, literarios, periodísticos y en general comunicacionales a quienes no piensen como ellos, con éxito parcial y limitado, pero en todo caso efectivo en materia completar un escenario de incentivos económicos.

    Slds,

    G





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