Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Interés Propio es Bueno
Leonardo Girondella Mora
9 septiembre 2010
Sección: ETICA, Sección: Análisis, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Quiero destacar un punto central de una columna de Jordan Ballor (Acton Institute, 16 marzo 2010) —el del fondo de muchas de las críticas que buscan culpables de la crisis iniciada a finales de 2008, la burbuja hipotecaria y sus consecuencias, más las dudosas conductas de muchas personas.

Ballor toma como punto de arranque algo dicho por Brian Griffiths, consultor internacional de Goldman Sachs —fue reportado que dijo que “La advertencia de Jesús de amar a otros como a nosotros mismos, es un apoyo al interés propio” y a eso añadió “tenemos que tolerar la desigualdad como una manera de lograr mayor prosperidad y oportunidad para todos”.

Frases como ésas son bienvenidas, como pocas cosas, por los analistas superficiales, que suelen elevar grandes lamentaciones sin gran sustancia —un marxista de bolsillo, por ejemplo, brincará criticando lo que pueda de declaraciones tan transparentes. Quiero pasar de este plano vanilocuente a otro de mayor trascendencia, incluso ignorando que lo dicho por Griffiths no fue reportado con exactitud.

Una situación como ésta pone sobre la mesa de nuevo una oportunidad perdida muchas veces antes —la de tratar el tema racionalmente, iniciando con eso de interés propio. De manera simple se entiende como eso que es de beneficio y conveniencia a la persona. La persona A realiza una acción cualquiera, como comprar una manzana o votar en una elección, porque lo considera de interés propio.

De lo contrario no lo haría —nadie hace cosas que no son de su interés propio, absolutamente nadie. Muy sorprendente es, para muchos, que el Cristianismo tiene entre sus mandatos el amor a uno mismo, lo que hace del interés propio algo meritorio. No hay duda.

Lo que me propongo explorar, en parte con la ayuda de la columna de Ballor, es la razón por la que existe esa costumbre de criticar como malo e inmoral al interés propio y alabar sin límites la conducta altruista definida siempre con la condición sine qua non de sacrificio personal: si no existe un daño personal no puede haber altruismo, según la opinión estándar.

Pero eso presenta un problema insoluble: la persona A realizó una acción cualquiera que le representó un sacrificio —como el dar una cantidad de dinero a una obra de caridad, o donar sangre, o dar clases de lectura a niños pobres sin recibir sueldo— y, sin embargo, la realizó. La única explicación posible es la de aceptar que la persona decidió hacer eso porque lo pensó conveniente. Creyó que era lo mejor que podía hacer en esas circunstancias.

En su interés propio, la persona creyó que así era bueno y conveniente. Lo hizo porque concluyó que terminaría en una situación mejor. El Cristianismo puede explicar esto: el mandato es amar al prójimo como a ti mismo es aceptar que el interés propio incluye el considerar a los demás. La noción es ahora transparente: el interés propio no es malo en sí mismo y sólo lo puede ser cuando el interés propio significa un daño directo y consciente en los demás.

Es mi creencia que todo se debe a una confusión en el uso de los términos —la causa central de la improductividad de tantas discusiones. Para unos, el interés propio está definido estrechamente como equivalente a codicia, egoísmo e inevitable daño en los demás —pero para otros, está definido de manera amplia y no necesariamente contiene egoísmo, ni codicia, ni daño a terceros.

Quizá pueda entenderse todo de una mejor manera aceptando que una conducta realizada en interés propio personal nunca significa por definición una acción mala, egoísta ni codiciosa. Es perfectamente posible, real y común, que actos humanos que busquen en bienestar propio sean también acciones de beneficio ajeno.

Sin embargo, es cierto que una porción de actos realizados en beneficio propio sean negativos en el sentido que dañan a los demás como consecuencia directa. Los ejemplos siguientes ayudan a entender esto:

• La conducta de un ladrón es realizada por interés del propio ladrón, pero ella tiene una consecuencia directa dañina en la persona que sufre el robo —por lo que el acto bien puede ser calificado de moralmente reprobable: codicioso, egoísta.

• La conducta de una persona que funda un restaurante es realizada por interés propio sin duda alguna: persigue obtener ingresos para con ellos vivir. Esta conducta no tiene una consecuencia dañina directa en persona alguna —en realidad, al contrario, es de beneficio para las personas que deciden acudir al restaurante.

• La conducta de una persona que paga la beca de estudios de un estudiante pobre lo hace por decisión propia, lo que debe hacer concluir que es de interés personal hacerlo. Esta conducta tiene un muy claro beneficiario y es la que suele considerarse altruista porque en la superficie se percibe de inmediato un acto que es interpretado como sacrificio personal.

La realidad es que las tres conductas fueron motivadas por el interés propio, es decir, por una decisión personal sustentada en la creencia de que ese acto produciría un estado personal mejor. Comprender esto es clave para poder hacer la distinción que sí vale, la de los criterios que la persona incluyó en su decisión.

El ladrón logró una mejor situación personal a costa de un daño claro e identificable en otra persona. Pero ninguna de las otras dos acciones significó un daño claro y notorio en terceros —todo lo contrario, significó beneficios para el resto: los clientes del restaurante decidieron comer en él porque era de beneficio para ellos y el estudiante pudo estudiar a pesar de no tener recursos.

En esas tres acciones, existe, sin embargo, una posibilidad de reclamar daños. La víctima del robo tiene un reclamo válido. En las otras dos acciones, los propietarios de otros restaurantes podrían reclamar una pérdida de clientes y otros estudiantes pobres podrían quejarse de no haber sido elegidos —ninguno de estos reclamos significa un daño directo e intencional, por lo que no son válidos.

Lo que he querido mostrar es que, primero, las personas actúan por interés propio: ellas creen que la acción que realizan les hará mejorar su situación y nada malo existe en esto, al contrario, puede existir una gran cantidad de acciones moralmente admirables.

Segundo, es erróneo suponer que toda acción realizada por interés propio es moralmente reprobable y calificarla de egoísta o codiciosa. Toda conducta humana, al final de cuentas, es motivada por el interés propio.

Tercero, el interés propio no es malo en sí mismo, pero algunas de las conductas que así son motivadas sí pueden ser moralmente reprobables —y lo son cuando ellas producen un daño directo e identificable en otros, como el acto de robar, o de matar para conseguir una herencia.

Cuarto, lo más importante: determinar si una acción es egoísta o altruista puede hacerse considerando los criterios usados por la persona para realizarla. De nuevo acudo al principio cristiano que es de enorme ayuda para entender esto: amar al prójimo como a ti mismo. Si la persona respeta ese mandato, su interés propio será positivo, y lo opuesto.

Termino con una advertencia: considerar que todo acto que no signifique un daño personal es egoísta y que sólo los actos que lastiman a la persona que los realiza pueden ser altruistas, es cometer un error grave. Amar a otros como a nosotros mismos es un principio que hace comprender con gran simpleza un fenómeno humano muy complejo.

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