Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Elección del Insensato
Eduardo García Gaspar
2 diciembre 2010
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Las elecciones, dentro de una democracia, suelen ser un concurso de promesas en el que acostumbran ganar las más descabelladas, que presentan panaceas de corto plazo, utopías irrealizables y puestas en las frases más vagas posibles.

Especialmente allí donde la democracia es nueva y las elecciones son un festival de marketing costoso.

No es sorpresa, pues, que la elección de un gobernante cuerdo y juicioso sea un accidente más que una regla y que los electos sean más productos de una excelente campaña de marketing que representantes de buenas ideas.

Y es que mucho del electorado responde más ante imágenes de televisión y promesas inmediatas que ante asuntos de fondos y cuestiones de sentido común.

Es algo que afecta por igual a conservadores y a progresistas, a liberales y a socialistas, cuando enfrentan elecciones y compiten por ganar más votos un día cada varios años. La competencia sucede en al menos tres niveles fáciles de ver.

El el primer nivel, el más superficial, la gran variable es ser conocido nacionalmente por el mayor número de personas. De allí que desde el mismo puesto que ocupan, los gobernantes suelan realizar actividades de proyección nacional.

No importa que sólo sean, por ejemplo, gobernadores de un estado, ellos tratan de tener una proyección nacional lo más amplia posible.

En el segundo nivel, algo menos superficial, la gran variable es ser asociado con una imagen positiva, la de ser un buen gobernante, alguien que da resultados.

Pero sobre todo, alguien que es agradable de ver y atrae a la gente por cualidades supuestas de capacidad personal. Se trata de lograr estar asociado con connotaciones agradables al electorado.

En el tercer nivel, ya dentro de una campaña, están las promesas: esa larga lista de propuestas que comienzan con “si soy elegido, mi gobierno hará….”

Y el espacio en blanco es llenado por esas ofertas que están muy asociadas con creación de empleos y reparto de beneficios: subsidios a la empresa pequeña, pensiones a los mayores, ayudas escolares, lo que usted se le ocurra.

Esos tres niveles son fáciles de observar y en su superficialidad se mueven las campañas, que resultan al final de cuentas una serie de candidatos prometiendo lo imposible a un electorado que es en su mayoría crédulo e ingenuo.

A lo anterior quiero agregar otros dos niveles que también existen en toda campaña, pero que son mucho menos fáciles de observar. Allí están, pero suelen recibir poca atención, especialmente donde la democracia es nueva.

El cuarto nivel, mucho más profundo que los dos anteriores, es el de la orientación ideológica del gobernante. Me refiero a su inclinación a posturas socialistas o liberales, progresistas o conservadoras. En parte, los mismos candidatos suelen ocultarlas para no producir rechazo en el electorado ni material para críticas en los medios.

El quinto nivel es el más importante de todos y bien vale una segunda opinión. Ya no se trata de saber si el candidato es socialista o no, progresista o no.

Es el nivel de las virtudes y concretamente una de ellas, la prudencia. Esa habilidad producto de la inteligencia y la experiencia de años, que permite conocer las consecuencias futuras de las acciones presentes.

La prudencia no es una habilidad, no es una técnica, es realmente una virtud y un hábito, que vuelve pausada a la persona y la hace medida y circunspecta, muy poco propensa a hablar de más y a prometer lo que a la larga empeora el presente.

La moderación de la prudencia frena los sueños de sociedades utópicas. Es una cualidad de mesura que sólo se adquiere con la experiencia (de allí que sea una virtud poco común en los jóvenes).

En resumen, se tienen los tres niveles superficiales en los que se quedan las campañas electorales de demasiadas democracias, lo que las hace una especie de campo de batalla sin cuartel que es un bufete de promesas de pan y diversión circense.

Todo el espectáculo oculta a los otros dos niveles, los más profundos y de mayores consecuencias.

Elegir a un socialista o a un liberal, o bien a un progresista o a un conservador, será algo realmente de consecuencia. Pero los mayores efectos y las grandes secuelas de una elección vendrán de la diferencia que hace elegir a un insensato y temerario, o a un prudente y juicioso.

Post Scriptum

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