Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Soberbia y Una Bomba
Eduardo García Gaspar
6 septiembre 2010
Sección: CIENCIA, Sección: Una Segunda Opinión
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La noticia pertenece al género de las curiosidades. En las oficinas centrales del Discovery Channel en Maryland, EEUU, la policía mató a un hombre que había tomado rehenes en protesta por parte de la programación de esa cadena de televisión.

En algunos programas, según el hombre, se promovía el crecimiento poblacional y sus programas ambientales hacían poco para salvar al planeta. Total que, descontento en extremo, se armó con mecanismos explosivos y tomó cuatro rehenes. El hombre había antes participado en al menos una protesta ambientalista.

Pretendía que la cadena televisiva cambiara su programación y promoviera la esterilización de los humanos y su infertilidad. Antes había él escrito que los humanos eran las criaturas “más destructivas, sucias, contaminantes que existen y están destruyendo lo que queda del planeta con sus falsas morales y sus culturas reproductivas”.

Total, otro caso de eventos que al conocerse son puestos en el cajón de “locuras que suceden” y se olvidan a las pocas horas. Mi punto es que sucesos como éste contienen lecciones de utilidad. Por ejemplo, concluir que siempre existirán locos, extremistas, o como les quiera usted llamar.

No es algo nuevo. Es algo que hemos tenido durante siglos y siglos. No siendo novedad el fenómeno, lo que sí es nuevo, es la causa de sus trastornos. Hace más de mil años, por ejemplo, se dieron los locos que pensaban en el fin del mundo el año mil. Usaron ideas cristianas, las transformaron, y sacaron sus conclusiones.

Ahora, mucho de esa locura se ha canalizado por otra vía, casi religiosa, la del cuidado del medio ambiente. Tomando ideas serias y científicas en su origen, las han transformado en creencias que también hablan del fin del mundo, lo que quizá pruebe el tremendo atractivo que tienen las visiones apocalípticas. Y, en algunos casos, llegan a extremos como el de este hombre.

Pero hay otro aspecto a examinar en este tipo de sucesos, el del equilibrio entre la razón y la fe. La razón es un proveedor de sentido común, como una especie de llamado al escepticismo sano que solicita pruebas, evidencias, razones, explicaciones y teorías. La fe, por su lado, es otro proveedor, uno de confianza en la verdad de algo que aún no se puede probar, ni se conoce bien. Cuando se pierde el equilibrio entre razón y fe, entramos en problemas.

La razón por sí misma, sin fe, limita el conocimiento y tiende a reducirlo a lo que es capaz de ser probado cuantitativamente por medios científicos. Descuida a la intuición, a la imaginación, al sentimiento. La fe, cuando se toma sin la razón, también presenta problemas al descuidar la realidad y fomentar la terquedad fanática, como en el caso de este hombre: habría sido imposible discutir con él la posibilidad de que estuviera equivocado y que no se necesitara desaparecer a los humanos para salvar a la tierra.

Llego ahora a mi punto que creo que bien vale una segunda opinión. Reconocemos con facilidad al fanatismo ocasionado por una fe desencaminada que ignora el uso de la razón. Lo podemos detectar en casos como éste y similares, como las mutilaciones genitales de mujeres. Tenemos una gran sensibilidad para detectar situaciones de fe extraviada.

Pero, mucho me temo, no tenemos tanta habilidad para detectar las situaciones opuestas. Esas es las que sólo empleamos la razón y en ella confiamos ciegamente. Creyendo que la falla está en la fe extraviada se llega a pensar que el acierto se encuentra en la razón extrema, sin pensar en la posibilidad que ella también se extravía.

A lo que temo es al extravío de los dos extremos, de la fe y de la razón, porque nuestra naturaleza necesita ambas. Somos seres que viven en el equilibrio de las dos. Cuando se pierde ese balance cometemos la peor de las fallas, la de la soberbia. Tan soberbio fue ese loco como es el racional extremo que ve la verdad absoluta en su particular campo de estudio.

Pero si ese equilibrio se mantiene, ello tiene un efecto benéfico. Nos produce una actitud humilde, la de reconocer que aún nos falta mucho por saber. Una actitud optimista, la de sentir que tenemos capacidad para saber más. Y una actitud de trabajo, la de saber que el camino a la verdad es laborioso.

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