Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Anciana y el Tirano
Eduardo García Gaspar
4 junio 2010
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
Catalogado en:


La historia comienza hace siglos, en Siracusa. La ciudad era gobernada por un tirano, Dionisio. Todos lo odiaban. Impacientes, deseaban que muriera. El siguiente gobernante no podía ser peor. Los ciudadanos hubieran deseado darle muerte, pero no se atrevían.

Nadie había en Siracusa que no odiara a Dionisio y su despreciable gobierno. Nadie, excepto una anciana que oraba y hacía sacrificios religiosos rogando por Dionisio, para quien pedía a los dioses de la ciudad una muy larga vida. Tan excepcional era la conducta de la anciana que se convirtió en una celebridad. Todos hablaban de ella y su locura.

Tal fama alcanzó la anciana, que el mismo Dionisio llegó a oír hablar de ella. Sabía el tirano muy bien que todos en la ciudad deseaban su muerte pronta y sintió curiosidad por conocer a la única persona en la ciudad que pensaba lo opuesto. Fue así que a las pocas semanas de enterarse de su existencia, Dionisio mandó llamar a la anciana a su palacio.

Llegó la vieja al lugar y después de los saludos y ceremonias de rigor, enfrentó la pregunta que corroía la mente de Dionisio.

“Dime anciana venerable —dijo el tirano— cuál es la razón por la que a diario acudes al templo de la ciudad a rezar a los dioses para que me concedan una larga vida. Todos en la ciudad oran en sentido opuesto y tú, sin embargo, quieres que viva yo por muchos años más”.

La anciana permaneció en silencio unos instantes, moviendo los ojos de un lado a otro y sin atreverse a mirar a la cara al tirano. La conducta fue interpretada por Dionisio como un acto de preparación para dar la respuesta que él merecía. La anciana, entonces, miró a los ojos a Dionisio y le dijo:

“Hace muchos años, cuando yo era una pequeña niña, esta ciudad era gobernada por un malévolo gobernante que tiranizaba a todos. Igual que el resto de los ciudadanos, mis padres me llevaban al templo donde orábamos por su muerte pronta. Los dioses oyeron nuestros ruegos y el tirano fue asesinado. Su sucesor y asesino fue aún peor, tanto que mis padres llegaron a hablar con nostalgia del anterior”.

Dejo de hablar un momento la anciana recuperando así su aliento y continuó:

“Este nuevo tirano gobernó por muchos años, a pesar de que toda la ciudad rogaba por su muerte. Fue así que ya siendo una mujer madura, este tirano murió y le sucedió otro, que para sorpresa de todos, fue aún peor que los anteriores. Años después comenzó el gobierno de Dionisio, que fue todavía más tirano que todos los anteriores. Por lo que en mi sabiduría de anciana, ruego que Dionisio tenga larga vida y no sufra la ciudad un siguiente gobernante aún peor”.

La historia la narra Santo Tomás de Aquino (1225-1274) en una de sus obras, De Regimine Principum, una especie de tratado sobre los gobiernos. Está dentro de un capítulo que trata una idea fascinante: la de qué tanto debe tolerarse un mal gobierno. Para Aquino, el mejor gobierno es el de un sólo hombre, pero que tiene un riesgo, el de la tiranía.

¿Qué tanto debe soportarse un mal gobierno? La pregunta era importante en esos tiempos y, lo maravilloso es que lo sigue siendo. Sabiendo que los gobiernos son obra humana y que las obras humanas son imperfectas, podemos sacar una conclusión: no hay otro remedio que soportar gobiernos imperfectos. Buscar la perfección gubernamental es una locura.

¿Qué tanta imperfección debe soportarse? Una respuesta inspirada en Aquino propondría un fuerte uso de la prudencia: las consecuencias de deshacerse de un mal gobierno pueden ser peores que las de soportarlo. Es aquí donde resulta importante la historia de la anciana que oraba por Dionisio: en su experiencia todos los cambios de gobierno habían resultado en algo peor.

Lo que Aquino nos pone sobre la mesa bien vale una segunda opinión, dándonos ideas de gran sentido común. Primero, entender que querer un gobierno sin fallas es una misión imposible. Segundo, entender que cambiar de gobierno es una medida extrema, realmente extrema, que haría sospechoso a cualquier propuesta que eso pida.

La tercera idea que nos inspira es la de ver a la democracia como un mecanismo imperfecto para cambiar de gobierno por la vía pacífica, siempre que ese nuevo gobierno también pueda ser cambiado de la misma manera. Si no lo puede ser, entonces sí hay que hacerse la pregunta, ¿qué tanto soportar al que no puede cambiarse?


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2 Comentarios en “La Anciana y el Tirano”
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