lecciones globales

Las lecciones de Nueva Zelandia. Cosas que son material de aprendizaje para el resto del mundo. Experiencias derivadas de cambios en el sistema educativo y en los subsidios al campo y la ganadería.

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Lecciones de Nueva Zelandia: educación

Lo que quiero hacer es presentar primero una experiencia educativa —la de Nueva Zelandia, según fue resumida en un documento de la The Lone Star Foundation Conference a finales de diciembre de 2000.

Su autor fue el Hon. Maurice P. McTigue Q.S.O., Distinguished Visiting Fellow en el Mercatus Center de la George Mason University. Lo allí explicado es un punto de referencia que puede servir de inspiración a acciones de mejora educativa.

Lo presento de manera puntual en lo que sigue —a lo que añado comentarios míos.

Filosofía

El punto de partida de Nueva Zelandia y las lecciones que ofrece es uno filosófico. En ese país se presupone que el papel del gobierno es ofrecer a los ciudadanos la mejor calidad de servicios al menor costo y la máxima disponibilidad.

Y más aún, se cree que cada infante, por ley, tiene derecho a una educación gratuita hasta después de completar su educación secundaria. Posterior a eso, se hacen pagos parciales por la educación, de entre 10 y 15% del costo.

Financiamiento educativo

La educación se financia usando recursos que vienen de impuestos generales y de consumo —lo que significa una contribución general de todos los ciudadanos.

Todas las escuelas públicas y privadas reciben recursos dependiendo del número de estudiantes que tienen.

Los padres tienen la libertad de cambiar de escuela —esta posibilidad de cambiar de escuela a los hijos es la principal causa que las escuelas tienen para elevar su calidad.

Para recibir fondos gubernamentales, las escuelas privadas hacen una solicitud y cumplen con requisitos gubernamentales —un 20% de las escuelas son privadas y el 90% de ellas recibe esos fondos.

Esa ayuda gubernamental les obliga a seguir un currículum básico —pero mantienen independencia para educación moral y religiosa.

El viejo sistema educativo

En el antiguo sistema, la educación era responsabilidad de una estructura burocrática en todo el país —ponía reglas, controlaba gastos y tomaba las principales decisiones.

Fijaba el currículum, el modo de su enseñanza y los parámetros para medir desempeño. Igualmente tomaba las decisiones de financiamiento para cada escuela, con escasa intervención de ellas.

El sistema no respondía a necesidades de los padres y sus niveles de calidad eran apenas aceptables. No se tenía responsabilidad por desempeño y la burocracia consumía la gran mayoría de los recursos, un 70%.

El nuevo sistema educativo

En el nuevo sistema se juzga que los padres son los más interesados en la educación de los hijos y, por eso, deben tener el control de los recursos educativos.

Con el nuevo sistema se eliminaron estructuras burocráticas y se crearon organismos en las escuelas con los padres controlando los recursos de la escuela y teniendo responsabilidad total.

El ministerio de educación da consejos de política educativa y otorga los recursos a las escuelas, pudiendo auditarlas —redujo en la mitad su personal.

Las escuelas reciben los fondos de acuerdo con una fórmula que considera al número de alumnos y consideraciones como necesidades especiales y nivel socioeconómico.

Con el nuevo sistema, se buscó dar a los padres el derecho a educar a sus hijos seleccionado la escuela que ellos quisieran —como consecuencia, las escuelas mejores tendrían más estudiantes y recibirían más ayudas, y viceversa.

El presupuesto educativo no fue reducido —los ahorros producidos por menos personal burocrático se destinaron a financiar las escuelas, lo que produjo entre otras cosas la reducción de alumnos a 20 por clase.

Conclusiones

Con ese panorama general, ahora pueden hacerse observaciones generales.

Los incentivos funcionan

Primero, es necesario reconocer el efecto de un cambio de incentivos económicos.

Bajo el sistema antiguo, la escuela está orientada a cumplir con los dictados de quien le da recursos, es decir, el ministerio de educación: la calidad educativa ocupa un lugar claramente secundario.

Con un incentivo distinto, la escuela responde de otra manera —si la causa del recibir fondos es la preferencia de los padres, se orientará a ese fin.

Es decir, mejorar la calidad percibida de la educación que brinda. Los padres son los que pasan a ser el comprador de la educación.

Los enemigos del cambio

Segundo, es necesario reconocer que el nuevo sistema tiene enemigos fuertes —los burócratas con riesgo de perder su trabajo y los sindicatos de maestros con deseos de mantener privilegios no basados en desempeño.

Claramente ellos serán afectados por el cambio de incentivos y harán todo lo posible por mantener el viejo sistema que les permite un modo de vida más cómodo.

Un malentendido

Tercero y el más importante, esta idea general de cambio en el financiamiento de la educación ha sido entendido como una medida liberal.

No lo es porque el gobierno sigue manteniendo un dominio enorme sobre la educación. Todo lo que el nuevo sistema de vouchers, como se le conoce, ha sido volverse más eficiente debido al cambio de incentivos.

Es un cambio notable en verdad, pero no congruente con el principio liberal que mandaría al gobierno a mantenerse fuera de las labores educativas, dejándolas en manos particulares solamente.

No es un sistema ideal

Debo hacer notar el vicio interno escondido tras el cambio de incentivos —las escuelas aún siguen siendo dependientes de decisiones gubernamentales en, por ejemplo, el currículum de materias sin garantía de que la escuela sea libre de mejorarlo de acuerdo con deseos de los padres.

La aprobación de envío de fondos a las escuelas aún depende de criterios gubernamentales que pueden convertirse en amenazas a escuelas que la autoridad no desee.

Hay mejoras posibles

Los vouchers educativos, o este sistema en Nueva Zelandia, son parte de lecciones económicas aprovechables en dos sentidos.

Por un lado, muestran los efectos de un cambio en los incentivos —un cambio con buenos resultados que mejora resultados en calidad educativa.

Pero del otro lado, muestran la habilidad gubernamental para mantenerse al mando de la actividad educativa —de la decisión gubernamental aún depende la existencia de las escuelas, una situación indeseable dentro de un régimen realmente liberal.

El sistema de ese país es un paso en la dirección correcta al cambiar los incentivos de la calidad de servicio, pero aún carece del nivel ideal al que debe llegarse, que es el de la total independencia de las escuelas.

Lecciones económicas de Nueva Zelandia

La historia es la siguiente, según la narra Kristyn Birrell —y vale la pena conocerla.

El gobierno de ese país gobierno tomó una decisión, la de quitarse de encima a las ayudas y subsidios agrícolas —lo que causó lo obvio, reclamos y gritos de protesta.

Lo normal que en todo país habría sucedido. Esos programas de ayuda al campo llevaban más de 20 años y habían llegado a ser un tercio de la producción agrícola total.

Transición

De un plumazo, por decreto de gobierno, los subsidios desaparecieron —con una transición, dice Birrel, que no fue simple y tomó 6 años.

Los cálculos fueron de hasta 10% de quiebras en las granjas, pero en realidad fue 10 veces menor. Hubo ayudas para quienes salían de la actividad.

Eso cambia las cosas y lo hace drásticamente —antes, las decisiones de producción eran tomadas de acuerdo con los subsidios: gracias a ellos, en ese país, se tuvo un exceso de 6 millones de corderos que terminaron como fertilizante porque sobraban.

Ahora, las decisiones de los agricultores y ganaderos están orientadas por los que los consumidores quieren —decreció el número de ovejas, aumentó el de vacas, se diversificaron los cultivos y comenzaron proyectos de turismo rural.

Cambios

Es un caso claro de leyes económicas, o mejor dicho, de incentivos.

El fertilizante, si es dado con subsidio, va a ser usado de manera menos eficiente que si es comprado por el agricultor a precios de mercado. Los borregos van a ser criados si eso es lo que sirve para obtener subsidios, aunque nadie los quiera.

Una de las claras lecciones económicas de Nueva Zelandia. Sin subsidios, los estímulos cambian y las personas reaccionan con lógica para dar al consumidor lo que desea, ya no lo que incentiva el burócrata. La competencia pone estímulos a la innovación y por eso eleva la productividad.

Birrel dice que la productividad del trabajo se duplicó. La de la tierra se elevó 85%. Fue el sector de mayor crecimiento de productividad en ese país.

El 90% de la producción de este tipo se exporta y los productores pueden competir con los agricultores de países que mantienen sus subsidios. La población agrícola es de igual tamaño que antes y sus tierras han aumentado de valor.

Si antes de retirar los subsidios se hubiera hecho caso a la opinión convencional, ellos seguirían existiendo, allá en Nueva Zelandia —muy pocos habrían opinado sobre las ventajas de hacer eso: agricultores, ganaderos, intelectuales, burócratas, casi todos se habrían opuesto a ese retiro.

Pero se hizo y resultó bueno, mucho mejor que la situación anterior. Tanto, que los mismos afectados piensan que lo mejor que pudo haber pasado es que se les quitaran esos programas de ayuda.

Más específicamente, Birrel dice que,

«En 1985, Nueva Zelandia eliminó permanentemente 30 diferentes subsidios a la producción agrícola e incentivos a la exportación. En los últimos 20 años, a medida que las granjas de Nueva Zelandia florecieron sin ayuda, el costo de oportunidad para los consumidores estadounidenses y los contribuyentes de los programas agrícolas de los EE. UU. ascendió a más de $ 1.7 billones. Con la Ley Agrícola de 2007, el gobierno [de EE. UU.] Tiene la oportunidad de realizar reformas muy necesarias a la política agrícola. Podríamos hacer algo peor que mirar la historia política de Nueva Zelandia como guía. Como cualquier buen cuento de hadas, hay más que tomar de su experiencia que solamente la historia». Ibídem.

Aprender de las lecciones de Nueva Zelandia

Las lecciones a aprender:

• Sí es posible retirar esos subsidios y quitarse de encima las distorsiones que causan en la producción. Es posible, entonces, cambiar los incentivos y con eso lograr mejoras sustanciales, como sucedió con la educación también.

• Los resultados de ese cambio crearán una situación mejor que la original —mejor para todos: los mismos afectados vivirán mejor después.

• Existe una etapa de transición que no es sencilla y requiere planes de ayuda específica y temporal. No son inmediatos los resultados. Toman varios años. Es el precio del desmantelamiento de los sistemas viejos y que tendrán oposición sustancial.

• Necesita voluntad política e ir en contra de la sabiduría convencional que aborrece el cambio —y este es el real problema que se tiene.


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[Actualización última: 2020-08]