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En los tiempos que corren, son raras las ocasiones en que Washington se substrae de un área atinente a los asuntos domésticos. El 5 de diciembre se cumplió el septuagésimo sexto aniversario de la Enmienda 21, que derogó la prohibición del alcohol. Una de las causas políticas más enérgicas a finales del siglo 19 y principios del 20 fue la del movimiento de la “temperancia”, que tenía por objeto la prohibición de las bebidas alcohólicas. El movimiento incluía a conservadores religiosos, nativistas que deseaban reprimir a los inmigrantes y las minorías, y progresistas, que definían su época por su dedicación a la justicia preventiva y su ambicioso objetivo de crear un nuevo y refinado hombre estadounidense, a través de la fuerza de la planificación centralizada y el poder del gobierno federal. Los movimientos progresistas y prohibicionistas predominaron después de la Primera Guerra Mundial, cuando la propaganda anti-alemana contribuyó a un tabú estadounidense contra la cerveza y cuando el espectáculo de la desenfrenada borrachera de los soldados estadounidenses en las bases militares proporcionaba la excusa que faltaba para intentar el “noble experimento” de la prohibición. En 1919, la Enmienda 18ª y la Ley Volstead declaró ilegal al alcohol a nivel nacional, una droga utilizada por las civilizaciones durante miles de años. Las violaciones a dicha norma dominaron rápidamente el sistema de justicia penal.
Hoy día, decenas de millones de estadounidenses que bebemos con moderación, difícilmente podamos imaginar que tal comportamiento se encontraba prohibido a nivel federal no hace mucho tiempo. Cuando observamos los problemas irresueltos relacionados con el alcohol, debemos luchar contra el deseo de revivir el experimento social de la prohibición que pudrió totalmente a nuestras instituciones y plagó nuestras calles con contrabandistas y tiroteos. Sin embargo, gran parte del legado prohibicionista se mantiene. Cuatro años después de la Enmienda 21, Franklin Roosevelt promulgó la Ley del Impuesto a la Marihuana, prohibiendo la droga. Mientras que una vez los políticos habían respetado lo suficiente a la Constitución como para reconocer que debía ser legalmente enmendada a fin de prohibir el alcohol a nivel federal, la guerra contra otras drogas persiste sin ninguna justificación constitucional. La actual guerra contra las drogas es mucho peor de lo que era la prohibición del alcohol. Tenemos medio millón de personas en la cárcel, un sistema judicial abrumado, una aplicación de la ley militarizada, ataques a las libertades civiles, una política exterior distorsionada por los objetivos de la guerra contra las drogas y, según muchos economistas, cerca del doble de los homicidios que podrían esperarse si las drogas fuesen legales. Todos los problemas con la prohibición del alcohol persisten en relación con las drogas ilícitas de la actualidad, excepto que a mayor escala. La mentalidad puritana detrás de la prohibición del alcohol persiste. La exigencia de tener una edad determinada para poder beber, las leyes sobre el consumo en botellas abiertas, las reglamentaciones sobre la distribución del alcohol a nivel estatal y las leyes sobre la conducción de vehículos estando alcoholizado, se han vuelto cada vez más draconianas, llevando a cárceles superpobladas, la erosión de las libertades individuales, la cruel perturbación de la vida de individuos pacíficos, y dudosos resultados respecto de hacer en verdad que nuestras carreteras y ciudades sean más seguras. Las bebidas alcohólicas con cafeína pueden pronto ser prohibidas por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA es su sigla en inglés). Mientras tanto, los fumadores de cigarrillos están en la mira y los políticos amenazan con legislación contra las grasas trans y otros alimentos supuestamente no saludables. Fue un gran día cuando la prohibición del alcohol fue levantada y la libertad para beber fue restaurada para la república estadounidense. Pero la gente nunca comprendió plenamente la relevancia de la prohibición como una usurpación gubernamental de la elección individual y la vida familiar y comunitaria. La prohibición del alcohol terminó, gracias a Dios. Pero la brutalidad de los más grandes experimentos sociales de los progresistas subsiste actualmente bajo la bandera de otras cruzadas—con los mismos predecibles resultados . Nota del Editor Si bien los resultados de La Prohibición son conocidos, el autor de la columna tiene un mérito doble. Por un lado, ofrece un recordatorio necesario de una medida fracasada que es igual a otra que ahora mismo se sufre. Por otro lado, aún mejor, el autor coloca a la Prohibición como una medida que pertenece a un tipo general de acción gubernamental, la que se orienta a prohibir o dificultar el uso o consumo de lo que se juzga es dañino: alimentos chatarra, tabaco, alcohol, drogas. Y hacerlo sin considerar los efectos colaterales de tales medidas y que se crean por la alteración de libertades que quieren ser constreñidas con ideales utópicos.
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