Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Lo Legal Como Pretexto
Eduardo García Gaspar
1 julio 2010
Sección: LEYES, Sección: Una Segunda Opinión
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Muchas de las discusiones sobre temas de la conducta humana podrían hacerse más productivas si se pone a la ley en su plano correcto. Una ley es una disposición gubernamental obligatoria emitida por una autoridad legítima y hecha pública, para el bienestar de la comunidad.

Lo sorprendente de una definición así es que establece el origen de la ley en el bienestar de la gente dentro de una comunidad. Esa es su justificación última, la causa final que tiene la ley. La cuestión es sorprendente porque resalta muy calladamente que la justificación de las leyes es un asunto externo a ellas.

En otras palabras, las leyes no pueden justificarse a sí mismas. Tienen que usar un criterio anterior a ellas: el bienestar de la gente. Y esto es lo que hace imposible el razonamiento que usan muchos y que dice que si lo que hacen es legal esa acción es por definición buena. No necesariamente.

Por dos razones. Una, la ley puede estar en contra del bien de las personas. Otra, el bienestar de las personas no sólo está contenido en las leyes. Ellas son una parte solamente de los mandatos que requiere el bien de la comunidad. Es decir, afirmar que mi conducta es buena porque está dentro de la ley es un razonamiento erróneo. Totalmente erróneo.

Para poder decir que mi conducta es buena necesito justificarla como congruente con el bien mío y del resto, y que también está de acuerdo con los otros mandatos que no son legales. Por ejemplo, un banquero que realiza actos en estricto apego a la ley, no necesariamente actúa en bien suyo y de la gente, ni tampoco de acuerdo con los mandatos que no están dentro de la ley.

Supongamos un caso extremo para ilustrar mejor lo anterior. En un cierto país se promulga una ley que hace legal el encarcelamiento de personas de cierta raza para luego ser ofrecidas en sacrificios humanos propicios al bienestar de la comunidad. Quien encarcele, esclavice y asesine a miembros de ese grupo estará actuando de manera perfectamente legal, pero será muy difícil justificar esa conducta con un criterio externo a la ley misma.

La realidad es más astuta que los ejemplos extremos y sus detalles oscurecen las luces de un buen razonamiento. Tome usted, por ejemplo, una discusión de nuestros días, la del aborto, o la del matrimonio de personas del mismo sexo, o la de la libertad de expresión de las iglesias.

Lo que sea que la ley decrete no será legítimo porque la ley lo dice. Si una ley dice que el aborto está prohibido y otra ley en otra parte dice que está permitido, ninguna de ellas puede justificarse a sí misma. Nadie podrá decir en ninguno de esos casos que abortar es bueno o malo porque es legal o ilegal.

En este sentido todo lo que puede hacer una ley es a aspirar ser un fiel reflejo de otra cosa externa a ella. Y esa otra cosa externa a ella se le conoce como bienestar de la comunidad, una expresión demasiado vaga que requiere explicaciones.

El bienestar de la comunidad es la suma del bienestar de cada persona, pero puede conducir a errores. Un ejemplo extremo: suponga que el bienestar de la comunidad requiere el sacrificio de la vida de veinte personas. Podría justificarse esto si los beneficiados fueran miles o millones. Pero aquí hay algo que está mal.

El bienestar de la comunidad es el de cada una de las personas y ninguna de ellas puede ser sacrificada en aras de nadie más. Nadie puede ser lastimado aunque con eso se beneficiara a millones. La razón de esto es el valor de la persona humana, una por una. Y este es el origen de la ley, ese criterio externo del que ella parte y su justificación misma.

Todo lo que he querido hacer es señalar un razonamiento falaz y engañoso, el de creer que cumpliendo con lo que establecen las leyes puedo estar seguro de que he actuado correctamente. Definitivamente no, actuar correctamente es hacerlo en concordancia con mi bienestar, el de los demás y aceptando otros mandatos deseables que no cubre la ley.

Es decir, al final de cuentas, si vamos a discutir sobre el aborto o los matrimonios homosexuales (o cualquier otros tema difícil), no usemos a la ley para justificar nuestra posición. Pensemos si es o no congruente con el bien personal, con el bien de los demás y si existen otros mandatos no legales que ayuden a la discusión.


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