Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Los Usos del Martillo
Eduardo García Gaspar
5 agosto 2010
Sección: LEYES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Contrario a lo pensado la ley tiene límites de acción.

Los problemas, que no son pequeños, surgen cuando a un instrumento se le dan usos que no puede realizar. Un destornillador no puede hacer las labores de un martillo, ni éste las de una pala. Y, sin embargo, esto es lo que sucede en demasiadas ocasiones cuando los legisladores creen que la ley es un factótum, y todo puede hacer.

Piense usted en esto. Los humanos sólo podemos hacer leyes sobre las cosas que podemos juzgar y todo lo que podemos juzgar es lo que percibimos. Por eso una ley que juzga intenciones lleva problemas en sí misma. Una ley puede juzgar un acto visible a todos, como un robo. Pero no puede obligar a, por ejemplo, tener una creencia, o a hacer las cosas con una cierta intención.

La ley tiene las mismas limitaciones que tenemos todos y sabemos que no todo lo podemos saber. No puede suponerse que la ley lo sabe todo ya que quien la aplicará tampoco lo sabe. Esto limita a la ley a juzgar sólo ciertos actos, como el conducir un acto habiendo consumido alcohol en demasía. O el recibir dinero a cambio de un favor de gobierno. Esas cosas las podemos conocer.

Pero imagine usted una ley que castigue la no creencia en cierta religión. Todo lo que esa ley podrá lograr es juzgar las acciones visibles de las personas, pero no sus conciencias. Aunque realicen todos los actos de culto legal, las personas podrán seguir sin creer. Es una limitación seria, al igual que otra: la ley tampoco puede hacerse responsable de evitar todos los males.

Es una opinión de muchos legisladores que la ley puede curar todos los males de nuestras vidas y creyendo eso, emiten leyes bien intencionadas que con la meta de lograr un mejor mundo lo convierten en pesadilla. La idea es curiosa: queriendo deshacernos de todos los males estaremos también evitando muchos bienes.

Por ejemplo, una ley puede perseguir la anulación de ganancias a las que considera excesivas. No es infrecuente ese caso, cuando los precios de algunos bienes se elevan repentinamente. Una ley de esas, sin embargo, afectará ganancias estándares y válidas, más posibilidades de inversión y, es cierto, distorsionan decisiones de compra.

O bien, un ejemplo aún más claro, el de las drogas, que el presidente mexicano sugirió debatir hace unos días. No cabe duda de que se trata de una ley con metas admirables, pero no es eso lo que importa, sino que se trata de una ley que va más allá de sus límites y produce efectos colaterales peores que la situación que intenta remediar.

El principio de esa limitación de la ley es muy razonable: las leyes no deben ir más allá del castigo a los males mayores, esos que en verdad deben ser evitados, como el robo y el asesinato. Querer evitar que las personas dejen los casinos, o que no beban alcohol, o no fumen, son leyes que rebasan sus límites con consecuencias indeseables.

El tema bien vale una segunda opinión para señalar que el activismo legislativo que padecen tantas naciones es contraproducente. Lo es sin remedio y lo sufren no sólo los legisladores. Muchas personas normales lo padecen, todos esos ciudadanos para los que el remedio de todo mal es una ley.

Entiendo la ceguera de los legisladores, que son como propietarios de martillos: por todos lados ven clavos. Y así creen que las leyes que fabrican son el remedio de todo mal social. No exagero: la reciente reforma legal financiera en los EEUU promete acabar con toda crisis económica futura. No lo hará. Quizá las facilite y, de seguro, frenará el desarrollo financiero.

Lo que no entiendo es la miopía del ciudadano. Tiene él todo que perder y nada que ganar cuando solicita leyes que rebasan sus límites. Cuando aplaude leyes contra el comercio de drogas, financia a organizaciones criminales. Cuando pide aumento de impuestos a bebidas alcohólicas, castiga a bebedores responsables. Cuando aprueba el retiro de papas fritas en las escuelas, quita responsabilidades paternales.

La extralimitación de las leyes es parte de otro fenómeno de nuestros días, el del gobierno exagerado. Funciona bajo el mismo supuesto, el de pensar que todo mal social puede ser resuelto por las decisiones de un grupo de burócratas. No es complicado el asunto. Es la misma cosa que aceptar que un martillo no puede hacer las veces de un destornillador.

Post Scriptum

Para esta columna, he tomado ideas de Budziszewski, J. (2009). The Line Through the Heart: Natural Law as Fact, Theory, and Sign of Contradiction. Intercollegiate Studies Institute, p. 77. Es en verdad una obra muy recomendable.

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