Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Neto, Neto, es Una Libertad
Leonardo Girondella Mora
25 febrero 2010
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


El tema del laicismo —que es un centro de discusión en muchas partes—, suele ser interpretado con demasiada superficialidad. Quiero, en lo que sigue, intentar profundizar sobre las sutilezas del asunto apuntando que el laicismo es al final de cuentas un asunto de libertades.

Más aún, quiero verlo desde la perspectiva de la libertad del creyente, de quien pertenece a alguna religión —la persona a la que puede considerarse con fe y la posibilidad de practicarla. Sobre esto, destaco los puntos siguientes.

• Como parte de sus libertades inherentes, el ser humano debe poder practicar su religión —lo que coloca en el gobierno la responsabilidad de respetar esa libertad, igual para todos. En esto existe una coincidencia notable: la existencia de un ambiente de paz, orden y estado de derecho que haga posible a las libertades, incluyendo las religiosas.

• La idea anterior contiene una idea subyacente que debe hacerse explícita: los gobiernos están limitados por la libertad de las personas —no pueden limitarlas, sea para la práctica de una religión u otra actividad, como abrir una empresa. Es decir, el laicismo no puede contener una idea de limitación de libertades.

• La persona religiosa tiene la obligación de respetar esa libertad de la que goza y que también posee el resto de ellas —es una condición de igualdad de libertades. Si acaso su religión llegase a ser prohibida o perseguida, el gobierno dejaría de cumplir con su laicidad y ya no sería una entidad que respete la libertad, el orden y la paz.

• La persona religiosa puede y seguramente debe orar por el buen desempeño de los gobernantes —porque ellos tengan la capacidad de crear y mantener las condiciones de libertad y estado de derecho que hace posible las libertades de todos. No es un rezo por el gobernante en lo personal, sino un rezo porque todos ellos tengan la capacidad de hacer lo que deben.

• Parte vital de esas condiciones de vida, propicias a la libertad de todos, es la libertad religiosa —la que hace posible la práctica de su religión para todos. Esto es un fundamento moral del gobierno, un requisito que todas sus leyes y decisiones deben respetar: las libertades humanas como una condición de justicia y paz.

• Si el laicismo manda respetar las creencias religiosas y sus prácticas —las religiones tienen ese mismo mandato, el del respeto a la libertad de otros que practican o no la religión de su elección. Los gobiernos no pueden ir contra esa libertad, pero tampoco las religiones. El laicismo, en su esencia misma, es una manera de expresar a la libertad humana en su manifestación religiosa y que contiene la imposibilidad de limitar esa libertad igual para todos.

• Es una posibilidad aceptable que un gobierno posea una religión oficial, mientras mantenga las libertades de las otras religiones. Es decir, el laicismo no tiene como condición esencial que el gobierno no tenga una religión oficial —la puede tener sin problemas, porque no es ése el problema que resuelve el laicismo, sino el de la libertad religiosa. Si acaso un gobierno limitara la libertad de expresión de una religion, ello sería una violación del laicismo, es decir, de la libertad religiosa.

• Consecuentemente, el laicismo no es nada más allá que una práctica de libertades humanas en el terreno de las religiones —una que plantea la limitación de los poderes gubernamentales para dejar libres a las prácticas religiosas en un medio ambiente de orden y ley.

• Con ese principio central, el laicismo es mejor entendido como un principio moral que obliga por igual a gobiernos e iglesias —ninguno de ellos debe actuar en contra de las libertades iguales para todos. Es, en el fondo y muy claramente, un supraprincipio, o metaprincipio. Algo que tienen en común las leyes gubernamentales y los mandatos religiosos.

• Ese metaprincipio se fundamenta en una serie de creencias sobre la naturaleza humana —ideas que sobre ella se tienen y que son la fuente de leyes y mandatos religiosos: valor de la vida, dignidad humana, razón, libertad. Es cuando hay un desacuerdo en esa naturaleza humana que surgen los conflictos iglesia-gobierno.

Para ilustrar esa fuente de desacuerdos, considero primero un acuerdo aceptado —la tortura de seres humanos y su encarcelamiento sin proceso legal es una violación de la idea que se tiene de la dignidad humana: hay una incongruencia entre sufrir tortura y la dignidad que se tiene. Quien realiza la tortura coloca a su persona por encima de la otra.

Sobre la misma base, de la dignidad humana, leyes y preceptos religiosos coinciden en prohibiciones de robos y asesinatos, así como de fraudes y engaños. Hay muchas coincidencias entre los preceptos religiosos y las leyes, pero existen ocasiones en las que no se dan esas coincidencias.

Un ejemplo muy actual y claro es el aborto. En concordancia con la dignidad de la persona humana, hay religiones que lo prohiben: el aborto supone colocar a una persona como superior a otra, tan superior que mata a otro. Hay leyes que permiten el aborto mostrando que no creen en la naturaleza humana del niño en el vientre materno.

Es decir, el origen de la diferencia de posiciones, aprobando y rechazando el aborto, tiene su origen en el metaprincipio de la dignidad humana, concretamente en la igualdad del valor de la vida para todos. En la superficie y erróneamente se entiende el problema como uno de derechos entre personas, capaz de solucionarse por medio del laicismo que no respeta el metaprincipio de la dignidad humana.

Si bien mi posición es opuesta al aborto, no he intentado sustentarla —lo que sí he intentado es encontrar el origen de la diferencia entre legislaciones que lo permiten y mandatos religiosos que lo prohiben. Ese origen está en diferentes entendimientos de la naturaleza humana y su valor.

Es en el fondo de las cosas, un esfuerzo gubernamental para quitarse las limitaciones que le impone el metaprincipio del valor humano, al que debería respetar por estar más allá de las leyes. El valor del ser humano no es posible de ser anulado ni modificado, ni por leyes gubernamentales ni por mandatos religiosos —obliga a todos por igual.

Los esfuerzos por resolver esos conflictos con medios democráticos —sean estudios de opinión pública o votaciones de legisladores—, son irrelevantes al problema: la naturaleza humana no está sujeta a mayorías. Incluso una votación mayoritaria que apoye un precepto acorde con la naturaleza humana sería una justificación inútil.

Si llega el caso de que un gobierno emita una ley que apruebe el aborto, al que se oponen una o más religiones, sería una violación del laicismo prohibir o limitar la libertad de oposición de esas iglesias —el laicismo en sí mismo incluye la libertad de oponerse aa decretos gubernamentales. Los gobierno no pueden sustentarse en ser laicos para así prohibir las libertades religiosas.

He examinado la idea del laicismo tratando de demostrar que ella está sustentada en un principio que obliga por igual a leyes y a iglesias —el de la dignidad humana y, por tanto, su libertad. Y que cuando la dignidad humana es ignorada, eso es lo que origina el mal uso del laicismo, para justificar violaciones a la humanidad valiosa de cada persona.


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