Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No, no Vendo la Casa
Eduardo García Gaspar
9 abril 2010
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Hay valor en las cosas que suceden a nuestro alrededor. De ellas podemos aprender, si es que nos ponemos a usar las células grises, que es lo que al final de cuentas debemos hacer todos los humanos. Comparto con usted una de esas cosas.

O mejor dicho, dos. En una de las calles por las que circulo que cierta frecuencia, alguien construyó una casa que puso de inmediato en venta. Ella tiene colgada una manta que lo anuncia y el teléfono al que llamar en caso de estar interesado. Lleva en ese estado cerca de uno año. No se ha vendido.

El otro caso, es el de un amigo que puso en venta su coche. Un automóvil de hace unos cinco años, en buen estado. Tenía cierta prisa en venderlo para aprovechar la oferta de una reducción de precios en otro coche, uno nuevo. Hasta donde sé, aún no lo ha vendido.

Son dos casos similares que en una primera impresión se perciben como un fracaso en ventas. Ninguno de los dos ha tenido éxito. Su objetivo no ha sido alcanzado. Una observación de poco mayor profundidad nos diría que existen dos bienes ociosos, sin usar, muy claro en el caso de la casa.

Podría argumentarse que se trata de dos casos indeseables porque dos bienes se encuentran sin uso: la casa está desocupada pudiendo ser usada por alguna familia y el auto nuevo ha dejado de ser comprado dejando libre al usado que podía ser de utilidad a alguien. No es una apariencia agradable.

Sin embargo, si vemos el asunto con mayor perspicacia, veremos algo muy instructivo. Sí, al parecer hay desperdicio, pero lo importante es saber lo que lo causa. No es difícil de encontrar esa causa: mi amigo no ha encontrado aún a quien quiera pagar el precio que él pide. Él ha decidido mantenerse en una situación que es, según él, mejor que la de vender al auto a un precio menor al que desea.

Lo mismo le sucede al dueño de la casa en venta. Lo más probable es que no haya encontrado a quien quiera pagarle lo que él espera. Los dos propietarios han tomado una decisión libre: según ellos están en una mejor posición al no vender su propiedad. Cualquiera sabe que reduciendo el precio facilitarían la venta y si no lo hacen, ellos son los que lo han decidido.

Es posible sacar de esto una pequeña lección: si un recurso o un bien está ocioso es porque su dueño lo ha decidido así. Y esa decisión es la mejor según él. Claro que según yo, es preferible vender una casa más rápido a precio más bajo, pero yo no soy su dueño y sólo puedo opinar. Es su propietario el que asumirá las consecuencias de su decisión.

Más aún, es posible proyectar esa lección a otros casos. Uno de ellos es interesante: un ejecutivo de más o menos alto nivel que fue separado de la empresa donde trabajaba y lleva unos meses buscando trabajo. Es un caso de talento desperdiciado, capacidad de trabajo que permanece ociosa.

Pero él es el dueño de esa capacidad de trabajo y por decisión propia ha decidido permanecer desempleado. Varias causas pueden existir: no quiere reducir su ingreso con un puesto de menor paga, o en una empresa que no le agrada. En este caso como en los anteriores, se trata de una decisión personal… que no es diferente a la de quien guarda su dinero bajo el colchón.

Lo fascinante de esos tres casos es el mostrar que los propietarios dan a sus bienes el mejor uso que ellos piensan que pueda obtenerse en un momento dado y bajo ciertas circunstancias. Es decir, su bienestar es mayor en la situación presente que en otra, como la de vender la casa a un precio menor, o la de trabajar en una empresa con un sueldo menor.

Si alguien entrara a forzar otra decisión, ellos reducirían su bienestar inevitablemente. Suponga usted que el gobierno emitiera una ley que obligara a vender una casa después de seis meses de ser ofertada y no vendida. Eso lastimaría a su propietario. Y sabemos que lo lastimaría porque hasta ahora no la ha vendido. El gobierno estaría obligando al propietario una decisión contraria a lo que él juzga es mejor.

Mi punto es muy sencillo. Por supuesto, lo que decidan hacer con sus propiedades sus dueños es por definición lo que más beneficio les produce. La suma de todos esos beneficios en toda la gente significa el mayor bienestar posible en ese momento. Pero si alguien los obliga a dar otro uso a sus propiedades, no hay duda de que el bienestar disminuiría. El mayor bienestar posible sólo puede venir de decisiones personales libres.

Post Scriptum

La clave del tema es comprender que si la persona decide con libertad, ella decidirá lo que considera mejor y será más feliz así que de otra manera. Esto es un axioma en sí mismo que no necesita demostración. La persona podrá equivocarse o ser considerada tonta por parte de otros, pero su decisión estuvo motivada por sus propios intereses.

Si esa decisión es alterada por alguien, el bienestar de la persona disminuye sin remedio, poco o mucho. Es por esto que no tiene sentido práctico la intervención estatal. Si ella fuerza a las personas a tomar decisiones diferentes a las que hubieran tomado libremente, el bienestar disminuye… y si las fuerza a tomar las mismas decisiones que con libertad hubieran tomado, la intervención es redundante.

Argumentar que intervenir en las decisiones personales es de beneficio público es, por tanto, absurdo. El bienestar de una comunidad es la suma de los bienestares personales que provienen de decisiones tomadas en libertad.


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