Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Son Razones, es Mentalidad
Eduardo García Gaspar
21 mayo 2010
Sección: LEYES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La pregunta data de hace muchos siglos, al menos del siglo 13. Ella pone sobre la mesa una duda. ¿Hasta qué punto debe llegar la ley? ¿Debe ella reprimir todos los vicios y fallas humanas? Es una pregunta sabia.

Y seguimos aún tratando de contestarla hoy. Por ejemplo, no hace mucho que un grupo de amigos se reunieron para cenar y tomar unos tragos. Varios de ellos fuman. Otros no. Los que fuman tuvieron que salir al exterior para poder hacerlo porque un reglamento prohibe fumar en restaurantes.

¿Es una ley con sentido común? Las opiniones estaban divididas. Los que apoyaban la ley decían que así el gobierno protegía la salud de los que no fuman, evitándoles el humo secundario. Era una medida válida porque, dijeron, un restaurante es un sitio público. La medida no podría imponerse en lugares privados.

Los que reprobaban la medida, entre los que había no fumadores, decían que era una intromisión en los derechos de propiedad del dueño del restaurante y una anulación de libertad de sus clientes. Ellos apoyaban la libertad para que el propietario decidiera si en su establecimiento se fume o no.

No es la única medida gubernamental de ese tipo. Hay gobiernos que, por ejemplo en Nueva York, prohiben que los restaurantes usen ciertos tipos de grasas. El punto central de quienes apoyan esas medidas es la aceptación del papel del gobierno para cuidar a los ciudadanos prohibiendo, por ejemplo, la prostitución, los alimentos chatarra, o cualquier otra cosa considerada negativa.

Es la misma pregunta del siglo 13. ¿Debe una ley suprimir vicios? Me refiero a vicios como el fumar. No hay duda de que es mejor no fumar que hacerlo, pero no es ése el punto. El meollo es si una ley debe ir hasta el punto de prohibir fumar en un restaurante o un un bar que son propiedad privada.

La pregunta la planteó Tomás de Aquino en ese siglo y si nos inspiramos en su respuesta, contestaremos que no, que el gobierno no debe ir a esos extremos. Tomás incluso cita a San Agustín: “Prohíbase la prostitución y el mundo se desharía en lujuria”. La ley, en otras palabras, no debe intentar imponer la virtud en todos las personas, pero sí prohibir sus más grandes vicios.

Más, en nuestros tiempos, se añadiría otro factor: el de la libertad personal. El propietario del restaurante debe decidir por sí mismo lo que hace dentro de su propiedad y correr esos riesgos. Si allí deja fumar o no, ésa debe ser su decisión y sus clientes decidirán ir o no a comer allí.

Esta decisión de señalar límites a la ley, me parece, es de más sentido común y con más lógica. Y, sin embargo, llama la atención que se haya impuesto una posición de menor lógica y sin tanto fundamento. ¿Por qué?

Los amigos que defendían la prohibición de fumar en restaurantes y bares dieron una respuesta que es preocupante: ellos aceptaban con gusto que el gobierno tomara decisiones que guiaran a las personas a un mayor bienestar. Estaban contentas y satisfechas con esa autoridad que imponía leyes que atacaban vicios y de ellos protegían a la gente.

Contra esa visión ya no valieron los argumentos anteriores. Por mucha lógica que tuvieran, no fueron aceptados. Ellos querían que el gobierno implantara medidas como ésa porque era buena en sí misma y no había otra manera de implantarlas que por la fuerza gubernamental. Conocer esto es extraordinariamente valioso.

Valioso porque muestra con claridad una mentalidad que aqueja a nuestros días: sin que medien argumentos y razones, existe un grupo de personas que da la bienvenida a lo que ordena un gobierno. Para estas personas no existen valores a defender, sino objetivos a lograr por el medio que sea efectivo… y el más efectivo de todos es el de la fuerza gubernamental.

Todo empezó con una amigable y ordenada discusión sobre la ley que prohibe fumar en restaurantes. No hubo agresiones, al contrario, la conversación fue ordenada y tranquila. No hubo al final acuerdo alguno. Nadie cambió de opinión, que es lo normal, pero aún así, yo salí de allí con tres sabrosos vodkas, un par de cigarros fumados en el exterior y una idea más clara de la realidad.

Santo Tomás, en su pregunta del siglo 13, dio una respuesta que es sólida y razonable, a pesar de lo que es rechazada no por mejores razones, sino por la existencia de una mentalidad desafortunada: querer con ansia algo, lo que sea, y hacer que el gobierno la imponga en el resto. Revelador sin duda.

Post Scriptum

Obviamente defiendo la libertad de que el propietario decida si en su restaurante se fuma o no. Lo hago porque defiendo la libertad del propietario y la del cliente. Si algún lector va a criticar mi posición, por favor ni acuda a la desgastada idea de que sostengo esa opinión porque fumo y quiero buscar razones a lo que hago (sería una crítica demasiado débil).

El punto central es simple: la supresión de valores y normas, que son sacrificados en aras de un objetivo. Se sacrifica a la libertad del cliente y del propietario con tal de alcanzar un objetivo, el de minimizar un vicio. ¿Vale la pena? No lo creo. Prefiero un mundo en el que hay libertad y se fuma, a un mundo en el que hay menos libertad y no se fuma. Es decir, prefiero al mundo en el que se bebe al mundo que se tuvo durante la Prohibición.


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