Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Observaciones de un Ateo
Eduardo García Gaspar
19 abril 2010
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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La persona a la que escuché, debo reconocerlo, tenía el mérito de tomar el tema con seriedad por considerarlo importante. Actuaba totalmente en contra de lo políticamente correcto, es decir, no ignoraba ni ponía de lado las cosas que son de gran consecuencia que es lo que al final de cuentas produce la corrección política.

La persona hablaba con lujo de crítica en contra de las creencias religiosas, de todas ellas. Una persona políticamente correcta no hubiera hecho eso: lo que habría hecho es dejar el tema, abandonarlo considerándolo irrelevante, o bien, repetir clisés sin mucho pensarlo y creyendo que ha dicho grandes verdades.

Ya es en sí mismo meritorio tomar el tema religioso y discutirlo abiertamente, así sea con críticas duras y algunas veces muy justificadas. Lo que considero absurdo es dejar de tratarlo, dejándolo en un cajón de cosas supuestamente inservibles. Las creencias religiosas tienen demasiadas consecuencias en nuestras vidas como para ignorarlas.

Una de las críticas que esa persona hizo es más o menos estándar. Es parte del repertorio que se escucha con frecuencia y que para mí presentó un reto intelectual, de esos que me es imposible resistir. Los clisés que por repetición adquieren cierta respetabilidad, son imposibles de ignorar.

Dijo la persona que las religiones, muy especialmente las cristianas, deben explicar qué sucede con los paganos que nunca tuvieron la oportunidad de escucharlas.

Es un caso válido e interesante. Imagine usted a un maya, o a un inca antes de la llegada de los europeos a América. La persona señaló un problema fascinante: la salvación de esa persona, dijo, será imposible si no fue evangelizada cristianamente. Lo mismo le sucedería a todos los nacidos antes de Cristo, e incluso a los nacidos en el siglo 20 que nunca oyeron de él.

La cuestión planteada así es incompleta. Comprensible, pero incompleta porque falta la contrapartida de ese caso: los paganos que nunca tuvieron la oportunidad de escuchar el evangelio cristiano deben examinarse a la luz de los que sí han tenido esa oportunidad y no la han aceptado. Es una situación que también debe examinarse y que es en esencia doble:

La persona que por causas ajenas a su voluntad jamás escuchó ningún mensaje Cristiano, como el aborigen australiano del siglo 15, o el nativo de Nepal donde nunca llegó un misionero. Son los casos a los que hizo referencia el ateo del que hablo.

La persona que, conociendo las creencias Cristianas las ha abandonado por decisión voluntaria, como un mexicano en el siglo 19, o un francés de este siglo, o el mismo ateo que hablaba.

Son dos casos muy diferentes, que se distinguen por la diferencia entre lo voluntario y lo involuntario.

¿Qué sucede con los que nunca escucharon el llamado de esa religión? Muy claramente no tienen una culpa propia, como sí la tendrían quienes sí han escuchado ese llamado y han decidido ignorarlo o incluso ir contra él. En este último caso sí podemos asignar responsabilidad y culpa.

No pretendo persuadirlo de que usted acepte un llamado religioso, ésa es su decisión, pero sí intento examinar una situación con la mayor lógica posible. Imagine usted a un juez justo y compasivo que evalúa la situación de alguien que nunca ha escuchado el llamado religioso adecuado. No sería realista esperar un fallo condenatorio por esa razón.

Pero sí sería realista esperarlo en los casos en los que la persona no puede alegar ignorancia porque sí ha tenido la oportunidad de escuchar el llamado religioso de ese juez. La persona conoció ese llamado y lo rechazó abiertamente o lo ignoró. El juez supremo lo tratará diferente.

Mi punto es mostrar antes que nada que estos asuntos merecen ser tratados y discutidos, así sea para ir en contra de las religiones. No son temas que deben ignorarse por las consecuencias que tienen y que son enormes. Pero también quiero mostrar que estos asuntos son posibles de tratar razonadamente… que fue el mérito de la persona con la que inicié esta columna.

Menciono una de las consecuencias. No creo que exista persona más o menos razonable que niegue la existencia de la dignidad humana, de la que nacen los derechos que tenemos, como el de vivir. Un cristiano justifica esa dignidad directamente: somos criaturas hechas por Dios a su semejanza.

Quienes no tienen esa creencia en Dios deben encontrar otra razón última que justifique tales derechos. Su tarea no es fácil. En México, por ejemplo, tales derechos son dados por el gobierno, un fundamento extraordinariamente débil. Otros piensan que los humanos tienen derechos porque ellos son reconocidos por la ONU, otro razonamiento débil. El dador de derechos es ambiguo y podría retirarlos.

La persona de la que hablé y que emitió tantas críticas a todas las religiones era razonable y con ella podía hablarse. Fue un placer conversar con ella porque ambos estábamos guiados por la búsqueda de la verdad y ninguno fue terco. No recuerdo una conversación reciente más placentera que ésta.


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