Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Opiniones Sin Costo
Eduardo García Gaspar
22 diciembre 2010
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Fue un evento como muchos otros. Una reunión de personas que celebraron esta época del año. Nada extraordinario. Se bebieron algunos tragos. Se comieron algunos platillos. Se dieron algunos regalos. Se dieron mutuas felicitaciones.

Pero dentro de esa rutina, hubo algo que debe ser apuntado. Varias personas se dedicaron a intercambiar ideas sobre el tema de la prohibición de fumar en algunos restaurantes. Se opinó a favor. Se opinó en contra. Fue una buena discusión. Más razonable de lo que ellas suelen ser.

Y eso fue lo realmente llamativo. Lo fue porque en la inmensa mayoría de las ocasiones, las opiniones y creencias expresadas no suelen ser buenas. Están mal justificadas, contienen contradicciones, ignoran información y están mal planteadas.

En pocas palabras, las más de las opiniones son malas.

Si son correctas, lo son por casualidad, aunque la gran mayoría de las veces son erróneas en alguno de sus aspectos. La razón de esto es lo que me intriga. En el caso de esta reunión de Navidad se tuvo una excepción notable, pero en la mayoría de los casos los intercambios de opiniones son más un escenario de terquedades personales que de uso de la razón.

Lo intrigante es por qué las opiniones que expresamos la mayoría de las veces son malas, es decir, tienen defectos que las anulan. Una de las razones que imagino es el fenómeno de repetición, el síndrome del perico: demasiados toman opiniones ajenas y las reproducen sin ton ni son.

Es cierto. Esta es la causa, por ejemplo, por la que subsisten ideas como la lucha de clases. Se ha repetido en tal proporción que se toma como una verdad revelada que se acepta sin mucha conciencia. Pero hay más razones.

Una de ellas es particularmente atractiva.

La mayoría de las opiniones expresadas son malas porque ellas no tienen consecuencias personales. Si alguien opina que nunca hubo en realidad un aterrizaje lunar, su creencia tiene cero consecuencias, o casi cero (quizá lo único que puede sucederle es que sus amigos lo vean de momento como trastornado).

Lo mismo sucede con quien opina que el déficit comercial con China debe ser corregido prohibiendo importaciones de ese país. Su opinión tiene cero consecuencias en su vida en la casi totalidad de los casos.

Se trata de un costo casi de cero. Y a un costo o precio tan bajo, todo puede opinarse.

Tomemos un caso opuesto, el de opiniones con alto costo. Suponga usted que está planeando la compra de un coche. El gasto será considerable y usted o yo nos veremos motivados a investigar hasta desarrollar una opinión sobre diversas marcas y modelos. Tenemos incentivos para llegar a unan opinión lo más sólida posible.

Pero si se nos pregunta nuestra opinión sobre el uso de las reservas petroleras del país, de inmediato podemos arrojar una opinión cualquiera, así sea la más alocada o la más razonable.

Lo podemos hacer porque dar esa opinión tiene un costo de cero, o casi cero para nosotros. Estar equivocados no nos cuesta. Y si estamos en lo correcto no ganamos nada, o muy poco.

La idea del costo de las opiniones, le digo, es llamativa y contiene una buena dosis de verdad. Pero hay más. Postulo que tener opiniones, las que sean, es percibido como positivo y lo opuesto, no tener opiniones es visto como negativo. Dicho de otra manera, alguien que no tiene opiniones es visto con extrañeza, lo que no es deseable.

Por ejemplo. Alguien expresa su opinión sobre la necesidad de más gasto de gobierno para reanimar a la economía y otro opina lo contrario. Se enfrascan los dos en una acalorada discusión en la que a nada se llega, pero se pasa un rato agradable.

En cambio, si una de esas dos personas dice que no puede opinar porque nada sabe del tema, podría vérsele como un aburrido poco interesante.

De acuerdo con todo lo anterior, resulta natural que abunden las opiniones sobre todos los temas, independientemente del nivel de conocimiento de quien opina. Con un costo igual a cero, las opiniones abundan. Ellas no cuestan.

Por esto es que cualquiera tiene un remedio para el malestar del amigo y una receta para el desarrollo económico.

Con algo adicional. Según un amigo, cuando menos se conoce del tema la opinión expresada será más defendida y sostenida, incluso a pesar y por encima de cualquier evidencia que la niegue.

Post Scriptum

Más de un lector pensará sobre el costo personal que tiene una columna que se llama Una Segunda Opinión. De acuerdo con las ideas del texto anterior, las opiniones que yo tenga no tienen costo y puedo escribir las cosas más alocadas y tontas.

¿Tienen un costo las opiniones de quien escribe una columna de opinión? Creo que sí. Escribir tiene incentivos que llevan a cuidar las opiniones vertidas, a justificarlas y razonarlas, evitando contradicciones y malos razonamientos.

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