Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Se Necesita el Deber
Selección de ContraPeso.info
17 septiembre 2010
Sección: ETICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Josep Miró i Ardèvol. Agradecemos a Análisis Digital el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es reconstruir la idea de la moralidad: no es algo separado de la vida diaria del ciudadano, al contrario.

Si hay dos palabras que tengan mal crédito en nuestra cultura seguro que moralidad y deber ocupan un lugar destacado. La idea que de ellas se trasmite es que expresan imperativos opresores.

La moralidad, en una intuición popular de matriz nietzscheana, es vista como una máscara dirigida a ocultar la verdad con afán de dominación y poder. La moralidad son las normas de las que se sirven para impedir la existencia de seres humanos libres, auténticos.

El deber, por su parte, nace de un conjunto de normas externas al individuo que le imponen unos determinados comportamientos que ahogan sus impulsos de vivir y ser él mismo. El deber, como lo opuesto al amor sin ataduras, que es lo veraz, lo mejor, en lugar del contrato público matrimonial, surgido de una imposición.

En la cultura -espuma superficial que todo lo impregna- ambos conceptos son atribuidos al cristianismo, a la Iglesia católica, a los calvinistas, a los reformadores ingleses huidos a los Estados Unidos, tanto da, y depende del contexto de sociedad en la que uno habite, aunque sin duda es el catolicismo, quizás por su universalidad, quien en esto se lleve la palma.

Pero la realidad es otra muy distinta. En las lenguas antiguas en las que se escribió sobre política, moral, filosofía y teleología, el griego clásico, el latín y las lenguas medievales, en definitiva la base lingüístico-cultural sobre la que se construyó el cristianismo, no hay ninguna palabra que sirva para traducir ‘moralidad’.

Se trata de un concepto modernizante. En el pensamiento del que somos teóricos herederos y que abarca desde Aristóteles a Santo Tomás de Aquino, hasta alcanzar nuestro tiempo, la moralidad no existe tal y como la interpretamos, porque no existen partes aisladas del todo.

La ética en el pensamiento aristotélico, que en gran medida recoge Santo Tomás, formaba parte de la política, es decir de la capacidad para procurar el bien (común en este caso, un concepto mas amplio que el de bien público, porque aquel también incorpora aspectos propios del bien personal). El bien necesariamente articulado en torno a la virtud.

De ahí que la participación en la vida de la polis necesite de ciudadanos virtuosos, quienes mediante su práctica alcanzan la felicidad individual. Y de ahí también que el olvido de lo que significa la política como exigencia virtuosa la haya dejado hecha unos zorros.

Fraccionar la ética -cuya máxima expresión son los incontables observatorios bioéticos- y de ella abstraer la moralidad es falsearla y hacerla progresivamente incomprensible, porque queda desarticulada de la concepción que la dota de sentido.

Esta tarea de desarticulación inconsciente la emprende la Ilustración, sobre todo el movimiento enciclopédico dirigido por Diderot y D’Alambert en Francia ; Robertson y Sidgwik en Inglaterra.

La idea de ‘moralidad’, al igual que la de ‘religión’ como un tiempo y unos actos específicos y segregados del resto de la vida humana, son creaciones de la Ilustración, y sólo existen en el pensamiento cristiano contemporáneo en la medida que personas y grupos han quedado contaminados por el paradigma ilustrado.

La ‘moralidad’ y sus normas negativas y generales, no existe en las antiguas comunidades donde los bienes están claramente identificados, en las que la persona solo alcanza su bien propio a través del logro del bien común. A su vez éste solo se logra si se realizan los bienes personales.

Es en este orden holístico, en este sistema integral, que se entiende la ética y la moral, y no como códigos aislados e individualistas de conducta (y por eso resulta tan difícil hoy educar, porque coexiste o resultan ininteligibles los bienes comunes).

Es en el alejamiento del sentido original por segregación del todo del que formaba parte que la moral se resiente. En este proceso surge, como materia degradada, la moralidad, es decir la aportación de la Ilustración. Al rechazarla no es al cristianismo a quien se está impugnando, sino a la modernidad, y en todo caso a lo cristiano contaminado por ella.

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